Apocalípticos e integrados 2.0

Verónica Chiaravalli
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5 de octubre de 2012  

Acaba de aparecer, con el sello Debolsillo, una reimpresión de Apocalípticos e integrados , libro de Umberto Eco que reúne diversos ensayos sobre la cultura de masas. La obra fue publicada por primera vez a mediados de los años sesenta, y el genial eslogan que le da título se refiere a las posiciones dominantes frente al fenómeno. Los apocalípticos serían quienes sufren el advenimiento de la cultura de masas como la derrota de un mundo de elevados valores intelectuales, estéticos y éticos. Integrados, en cambio, serían los que aceptan el fenómeno con entusiasmo, porque ven en él una democratización de esos mismos valores y acaso la posibilidad de producir otros nuevos. Casi cincuenta años después, y a la luz de los avances tecnológicos propios de fines del siglo XX y comienzos del XXI -y de esa especie de síntesis que clausuró la discusión entre cultura alta y cultura baja, derivada del apogeo del posmodernismo-, la lectura del libro propone un ejercicio estimulante. Por un lado, Internet ha rizado el rizo de la masividad. Como vehículo de emisiones televisivas y radiales, por ejemplo, volvió hipermasivo lo que ya era masivo. Por otro, su sola existencia invita a replantearse los parámetros de la masividad (las novelas y el diario impresos en papel, emblemas de la ampliación del campo cultural en el siglo XVIII, ¿cuán masivos pueden considerarse hoy, en relación con el volumen de información disponible en la Red, si además se acepta como uno de los elementos de la masividad, no sólo la extensión del alcance sino también la rapidez con que se establece el contacto?).

Probablemente Eco haya sido uno de los últimos intelectuales que llamaron la atención sobre la contradicción implícita en el concepto "industria cultural". Aceptadas actualmente las industrias culturales como fuente genuina y noble de riquezas para los pueblos, Apocalípticos e integrados nos recuerda: "Nada tan dispar a la idea de cultura (que implica un sutil y especial contacto de almas) como la industria (que evoca montajes, reproducción en serie, circulación extensa y comercio de objetos convertidos en mercancía)". Pero como a la vez, seguramente, preveía la naturalización del concepto en su versión benéfica, Eco mira esperanzado la participación de "hombres de la cultura" en ciertas industrias, porque pueden operar como "productores de cultura" que admiten el sistema de la industria "para fines que la desbordan".

Por último -hay muchísimo más en el libro, conviene leerlo o releerlo-, el análisis que Eco hace en "Estructura del mal gusto" permite una deriva paradójica. Heredero de los griegos, señala como rasgo de mal gusto la ausencia de medida en un sentido amplio: una correcta imitación de Miguel Ángel en el siglo XX es una desmesura histórica. En esa misma desmesura temporal caería entonces quien hoy rechazara en bloque las expresiones culturales masivamente aceptadas. Como dice Eco: "Cada sociedad cultural tiene las novedades que se merece".

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