
La desesperada búsqueda de uno mismo
Antes de que se inventaran los espejos, ¿cómo hacía la gente para verse? ¿Se miraba en otra persona, en su propia sombra? ¿Le pedían a alguien que los describiera? Quizá no era necesario: era una vida muy básica y nadie necesitaba el yo. Ni había necesidad de alguien que confirmara nuestra existencia.
Pero éstos son tiempos de egos gordos y vacilantes. Entre los navegantes de Internet se habla de una nueva compulsión llamada egosurfing. El egosurfer practica un ritual diario: el de tipear su nombre en Google, en Facebook o en Twitter, para ver cuántas veces aparece citado. Trata de medir su popularidad por su número de apariciones. Descubre (con envidia) que hay gente con su mismo nombre, pero con más menciones. No es nuevo buscarse, pero sí la obsesión con que se revisan los rastros.
Los gurúes, los psicólogos, los libros de autoayuda, los héroes de las películas, nos repiten el mismo mantra –"Tengo que encontrarme a mí mismo"– y terminamos por creerlo. Hoy somos egonautas, exploradores de nuestro yo. Pero encontrarnos a nosotros mismos es algo tan difícil como mirar nuestra propia nuca. Por eso nunca nos descubriremos.





