
La arrogancia del poder que irrita al “simple ciudadano”
Anatomía de una frase: cuando Adorni descalifica a alguien por ser “apenas un periodista” revela una concepción que menosprecia al hombre común y asimila poder con privilegio
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Pasan los días y las semanas, y a pesar de que se multiplican las noticias de alto impacto (desde los avatares de la guerra en Medio Oriente hasta un fallo histórico a favor del país por YPF, una tragedia escolar que shockea a la sociedad y, como si fuera poco, un nuevo viaje a la Luna), dos frases espontáneas de un encumbrado funcionario, como Manuel Adorni, siguen dominando la conversación pública: “Me estoy deslomando en Nueva York” y “vos no sos juez, sos apenas un periodista”. Son afirmaciones que exceden lo anecdótico y que adquieren un significado que habilita interrogantes de fondo: ¿por qué han calado tan hondo en el ciudadano común? ¿Qué fibras sensibles han tocado en la opinión pública? ¿Qué cuerda han irritado de la sensibilidad social? ¿Por qué provocan, según algunas encuestas, un rechazo aún más fuerte que las inconsistencias patrimoniales y los viajes de privilegio de ese mismo funcionario? Las respuestas exigen una exploración política, pero también sociológica.
Las frases son rústicas y breves; apenas un puñado de palabras pronunciadas con altanería y nerviosismo. Sin embargo, condensan, quizá con más nitidez que un tratado de ciencias políticas, una concepción del poder. En la idea de “deslomarse” subyace una mirada del sacrificio y el esfuerzo propios (si es que existieran) por encima del que realiza el trabajador común y corriente. Como si el funcionario sintiera que la sociedad le debe una compensación, sin comprender que es exactamente al revés: el servidor público no es acreedor, sino deudor de la ciudadanía.
En una sociedad que lidia con las consecuencias de un severo ajuste económico, y que atraviesa una transformación muy costosa y muy desafiante de su matriz productiva, que el funcionario se ubique en el lugar del “sacrificado” hace crujir un contrato tácito entre el gobierno y la sociedad. Muestra, además, una desconexión entre el palacio y la calle. “Si alguien se está deslomando, soy yo”, piensan el repartidor, el albañil y el taxista. Esperan que el funcionario se ponga en su lugar e interprete sus desventuras; no que les hable de lo pesado que es el trabajo en una excursión oficial a Manhattan.
Pero tal vez sea la frase que apuntó a descalificar la pregunta de la prensa la que ha provocado un efecto más chocante en la sociedad. No tanto por la bravuconada contra un periodista, que en definitiva es un atropello más y apunta contra profesionales que, en general, tienen el cuero duro y hasta están de alguna forma acostumbrados al maltrato del poder, sino porque ubica al “simple ciudadano” en una situación de inferioridad. Traduce, por supuesto, una confusión conceptual que obliga a recordar lo obvio: el periodista no pregunta para satisfacer una curiosidad personal, sino para informar a la opinión pública. Cuando el funcionario se niega a responder a la prensa, se niega a darle respuestas a la ciudadanía.
Pero detrás de la frase “sos apenas un periodista” asoman con claridad dos ideas complementarias: “No tenés suficiente entidad” y “no estás a la altura necesaria para pedirme una explicación a mí”. Es una frase que desafía algo muy arraigado en nuestra sociedad y que ha retratado con notable claridad y profundidad el sociólogo Juan Carlos Torre en un ensayo titulado “Naides es más que naides”: se trata del igualitarismo social y cultural, “esa actitud que tienen los argentinos de ser y sentirse iguales”.
Más allá de sus propiedades inexplicadas y de sus viajes en avión privado, para entender la irritación social que reflejan las encuestas alrededor de este episodio, tal vez haya que pedirle auxilio a la sociología. Torre dice, por ejemplo, que por encima de los antagonismos políticos que dividieron una y otra vez la vida pública, “la música de fondo que animó la trayectoria histórica del país fue la pasión por la igualdad”. Esa noción, que de algún modo define la idiosincrasia y la identidad argentinas, es la que parece haber desafiado el ministro más importante del gobierno mileísta.
El jefe de Gabinete pronuncia la frase desde un atril, un objeto que parece subirse a la cabeza de los funcionarios para ubicarlos en un pedestal imaginario; un pedestal, además, al que no se asciende por concurso ni por mérito, sino por el dedo del príncipe. Desde esa altura deja de reconocer algo básico: que él es “apenas un servidor público”. Pero, aparentemente mareado por los humos del poder, también olvida lo esencial: todos somos “apenas” lo que somos. O, como lo dijo Borges con ese genio inigualable, “ya somos el olvido que seremos”. Ponerse por encima y adjudicarse el derecho de no dar explicaciones es concebir el poder como privilegio, no como obligación ni servicio. Con esa frase, el jefe de Gabinete ha desnudado la inconsistencia de un relato político que, supuestamente, estaba anclado en la lucha contra toda idea de impunidad asociada a la política y a la administración del Estado. Pero, al mismo tiempo, devalúa y menosprecia, en los ecos de esa frase, al “simple votante”, al “simple vecino”, que son los actores vertebrales de la sociedad democrática. Produce una fisura en la narrativa libertaria, que tal vez genere un costo difícil de mensurar.
El impulso igualitario, según nos recuerda Torre, hunde sus raíces en la época del Virreinato. Por eso rescata un párrafo de Bartolomé Mitre en un texto clásico de 1876: “Solo las provincias del Río de la Plata estaban en un marco en el que, por derecho, todos sus habitantes se consideraban iguales. Sin nobles ni mayorazgos, despreciando por instinto los títulos de nobleza y animados por un espíritu de igualdad nativa, forjaron una democracia rudimentaria, turbulenta, en la que la fuerza y la opinión tuvieron una eficacia mayor que en el resto de América”. Torre remarca que “esa igualdad nativa de la que nos habla Mitre estuvo en las antípodas del universo mental de la sociedad jerárquica”.
Hoy, en pleno siglo XXI, un funcionario de alto rango viene a proponer, con altanería y arrogancia, esa idea de “sociedad jerárquica” y estratificada, donde el poder está por encima del “simple ciudadano”. Cuando lo miramos desde esa perspectiva, se entiende que los altos índices de rechazo que hoy genera el jefe de Gabinete no se explican por la mera indignación ni por los vaivenes coyunturales del humor social, sino por algo más profundo y más intangible: el rechazo visceral a la idea de que el poder otorga inmunidad, autoriza la prepotencia y ubica al funcionario en un estamento superior. Todo remite al síndrome del atril y de la alfombra roja, que alguna vez la psicología política deberá estudiar en profundidad. Nos recuerda aquel dogma kirchnerista, según el cual “solo hay que tenerle miedo a Dios y a mí, un poquito”, como dijo la expresidenta en el apogeo de su poder. Por ese camino de la omnipotencia llegamos al vacunatorio VIP y a la fiesta de Olivos. Y vimos la conducta de pequeños funcionarios, como aquella vez que Juan Carlos Cabandié amenazó con un “correctivo” a un agente de tránsito o, más cerca en el tiempo, cuando el jefe de Gabinete de Kicillof “chapeó” a un “simple uniformado” en un control de alcoholemia.
Si se intentara describir los hechos de estos días con la retórica libertaria, deberíamos hablar de “principio de revelación”. La frase ha dejado en evidencia algo que hasta ahora se intentaba esconder: la vigencia de una concepción autoritaria del poder, que apela a una ficticia superioridad para eludir explicaciones y que se cree por encima de la ley y, mucho más, de la obligación ética. Ha revelado, además, una doble vara y una falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Se impone una pregunta elemental: ¿qué hubiera dicho el panelista Adorni del funcionario Adorni? Tenemos alguna respuesta: en 2016 había afirmado en un tuit, en alusión a María Eugenia Vidal, que “los funcionarios deben dar explicaciones porque su vida privada es pública”. Ahora dijo que no va a contestar “sobre aspectos de mi vida privada”.
Pero conviene volver sobre el ensayo sociológico de Torre para entender el choque que ha producido la frase del jefe de Gabinete con “el ideal igualitario del imaginario argentino”. Allí se describe un contrapunto que mantuvo el politólogo Guillermo O’Donell con el antropólogo brasileño Roberto DaMatta, publicado en un artículo con un título provocador: “¡Y a mí, qué mierda me importa!”. Allí se describe el contraste entre las formas de interacción social de Brasil y la Argentina, a partir de una frase que DaMatta había diseccionado: “¿Usted sabe con quién está hablando?”. Se lo pregunta una “señora importante” de Río de Janeiro a un modesto inspector municipal que le señala una falta de tránsito. De esa manera, la gran señora le tira encima al humilde servidor público “toda la fuerza de un orden jerárquico incorporado molecularmente en la vida cotidiana”. Y espera que, por lo tanto, dé un paso atrás y consienta que ella, titular de un estatus superior, esté más allá de la norma. “Así no funcionan las cosas en la Argentina –sostuvo O’Donell en aquel ensayo–, porque a la pregunta de la gran señora, entre nosotros la respuesta sería una réplica rotunda: ‘¡¿Y a mí qué mierda me importa quién es usted, señora!?’”. El propio Torre advierte sobre las complejidades y matices de ese contraste: “Entre otras, el desliz siempre presente del igualitarismo hacia el cuestionamiento de toda autoridad”. Y cita una intervención de otro politólogo, Vicente Palermo, que describe el igualitarismo argentino a través de una réplica diferente frente a la misma escena: “Y vos, ¿quién te creés que sos?”.
Podría mencionarse, también, el igualitarismo mal entendido, que ha desdibujado en muchos ámbitos la noción virtuosa de las jerarquías y la autoridad. Algunos sectores han incentivado, además, el revanchismo y los resentimientos montándose sobre ese sano espíritu de rebeldía democrática.
Lo cierto es que la frase del funcionario mileísta se inscribe sobre ese telón cultural de fondo. Valen la pena las citas textuales, con sus vocablos gruesos incluidos, no solo porque corresponden a la literatura académica, sino también porque esa es, curiosamente, la terminología que utiliza el oficialismo. Javier Milei llegó al poder representando esa reacción: “¿Vos quién carajo sos?”, le preguntaba a “la casta”. Encarnó, así, el enojo de un núcleo social con los privilegios del poder. Hoy, paradójicamente, es su principal funcionario, desde el atril, el que atropella al ciudadano: “¿Vos quién sos para preguntarme a mí?”. Ese giro, explicitado en la frase de Adorni, es el que se refleja en estos datos: la imagen del jefe de Gabinete se derrumbó, según la consultora CB Global Data, casi 20 puntos en los últimos sesenta días. Hoy tiene una imagen negativa que roza el 70%. Un relevamiento de Ingob registró un 94% de comentarios negativos sobre el funcionario en las redes sociales durante marzo. Y la encuestadora OK Media indicó que, según un estudio de la última semana, el 73,6% opina que “debería renunciar”.

El “caso Adorni” tiene, al fin y al cabo, muchas capas, como la milhojas. La más visible, por supuesto, tiene que ver con aspectos patrimoniales, conflictos de intereses, gastos y pagos no acreditados. Está la dimensión política, pero también la judicial y la ética. Hay otra, más alejada de lo material y de los expedientes, que tal vez explique por qué ha irritado tanto la sensibilidad social: desde la altura del atril, ha olvidado lo que retrató Juan Carlos Torre: “El triunfo del viejo aforismo criollo que late en el fondo del alma popular: ‘Naides es más que naides’”. Ni siquiera “un simple funcionario”.





