
Ni llorar ni indignarse, simplemente comprender
Decía el filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), cuya vida no fue precisamente un lecho de rosas, que en lo que concierne a las cosas humanas no cabe "ni reír, ni llorar ni indignarse, sino comprender".
Sin embargo, a algunos lectores de este diario, en lo que respecta al uso de ciertas palabras, se les hace difícil adoptar una actitud tolerante o resignarse ante la fuerza de la evidencia. Por ejemplo, todavía el uso del sustantivo femenino presidenta sigue teniendo detractores o, por lo menos, planteando dudas. Escribe en un correo electrónico Marta Miretti: "Quisiera saber si está aceptado el uso de presidenta y por qué". Más terminante, en un envío para Cartas de lectores, el doctor José Antonio Ficarra se manifestaba así: "La terminología «presidenta» no es admitida dentro de las reglas gramaticales. Sin embargo, periodistas, medios de comunicación visuales y escritos así lo hacen. Me pregunto: ¿es desconocimiento o estamos entrando en la etapa del temor a expresarnos como debemos?"
Sobre esto mismo había escrito varias veces, de manera magnífica e irrepetible, la profesora Lucila Castro en su "Diálogo semanal con los lectores" (vale la pena consultar en el buscador de LA NACION el titulado " Presidenta se escribe con a", del 5/11/2007), de manera que parecía un tema agotado. Pero, si hay dudas, mejor evacuarlas.
El Diccionario Panhispánico de Dudas (Santillana, 2005) define así en la entrada correspondiente: " presidente . ?Persona que preside algo´ y, en una república, ?jefe de Estado´. Por su terminación, puede funcionar como común en cuanto al género ( el/la presidente ): «La designación de la presidente interina logró aplacar la tensión» (Clarín [Arg.] 10.2.97); pero el uso mayoritario ha consolidado el femenino específico presidenta : «Tatiana, la presidenta del Comité, no le dejaba el menor espacio» (ÁlvzGil Naufragios [Cuba 2002]".
De manera que habrá que aceptar el uso del femenino presidenta , sobre todo ahora que hay varias presidentas en América latina: en su momento, Michelle Bachelet en Chile; Cristina Fernández en la Argentina, y, muy pronto, Dilma Rousseff en Brasil.
Existen, empero, lectores que se manifiestan muy críticos en su lectura e interpretación del DPD. Es el caso de Oscar Medina, de la ciudad de Santa Fe. En un extenso, y risueño, correo electrónico en el que rechaza muchas castellanizaciones recomendadas en el mencionado diccionario, el lector imagina hacia el final un texto paródico para jugar con algunas de esas entradas. Escribe Medina: "Si uno le hiciera caso [al DPD ], podría llegar a escribir oraciones como ésta: «Un grupo de gais (algunos exhibiendo pírsins , y todos ellos estríperes ) que vivían en un chalé que tenía cuatro váteres, fueron a buscar un par de bistés , un poco de fuagrás , algo de beicon y media docena de cruasanes a una feria jipi , pero allí había una obra en construcción llena de buldóceres y entonces decidieron esprintar hasta una cancha de pádel donde jugaron contra varios disyóqueis que estaban primeros en el ránquin »".
Que a nuestro lector le cause gracia la ortografía de ciertos vocablos no significa que no se usen en el mundo de los 450 millones de hablantes del español. Como se indica en la Introducción, el DPD ha nacido como una obra "que permitiera resolver, con comodidad y prontitud, los miles de dudas concretas que asaltan a los hablantes en su manejo cotidiano del idioma y donde las Academias pudiesen, al mismo tiempo, adelantarse a ofrecer recomendaciones sobre los procesos que está experimentando el español en este mismo momento, en especial en lo que atañe a la adopción de neologismos y extranjerismos, para que todo ello ocurra dentro de los moldes propios de nuestra lengua y, sobre todo, de forma unitaria en todo el ámbito hispánico".
La tarea de conocer nuestra propia lengua no acaba nunca, y hay que celebrar lo que nos une y respetar las diferencias. Es decir, ni reír, ni llorar ni indignarse, sino comprender.
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