
No se olvidan de Astiz
A casi veinte años de ser liberada de las cadenas de la ESMA, Silvina Labayru, una ex montonera secuestrada en diciembre de 1976, cuenta por primera vez a un medio periodístico cómo fue su cautiverio, por qué salvó su vida y qué clase de relación la unió a Alfredo Astiz, que la presentaba como su hermana durante sus operativos de infiltración.
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ALFREDO ASTIZ tomó el panfleto. La monja Alice Domon se hallaba presente. Estaba firmado por el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). La monja ni pestañeó.
Astiz no lo podía creer. Después de seis meses de paciente trabajo había finalmente encontrado "evidencia" de que las Madres de Plaza de Mayo eran apoyadas por la "subversión". A los pocos días dos monjas francesas, cuatro jóvenes del PCML y seis madres y parientes de desaparecidos que solían reunirse con Astiz en la iglesia de la Santa Cruz fueron secuestrados en operativos que en su mayoría comandó el infiltrado.
"Cuando apareció el nombre de este grupo, eso les desató la decisión de secuestrar masivamente a toda esta gente, aun a los que no eran del partido", dice la persona que acompañó a Astiz durante su infiltración. "El tema del marxismo era para los marinos intragable, tenían la teoría de que los montoneros podían tener posibilidades de sobrevivir porque eran un grupo que tenía una base nacionalista y que por lo tanto eran recuperables, se compartía una visión nacional o nacionalista de la política, pero que los marxistas eran absolutamente irrecuperables, como si fueran el demonio".
Astiz la presentaba como su hermana. En la Plaza de Mayo. En la iglesia de la Santa Cruz. En el atelier de La Boca donde se reunía con Alice Domon, con parientes de desaparecidos y con los jóvenes de Vanguardia Comunista, el grupo madre del PCML, que asistían a los parientes en su búsqueda.
Desde entonces, Silvina Labayru ha guardado silencio. Tenía veinte años y era militante de montoneros cuando fue secuestrada el 29 de diciembre de 1976, a plena luz del día, en la esquina de Azcuénaga y Juncal. Hija de un oficial retirado de la Fuerza Aérea, su belleza de entonces es aún legendaria entre los que la conocían. "Era la segunda más linda del colegio", recuerda un compañero del Nacional Buenos Aires.
Estaba embarazada de pocos meses en enero de 1977, cuando Astiz la vio por primera vez en el "camarote" que ella ocupaba en el tercer piso del Casino de Oficiales de la ESMA, en el sector "Capucha" donde eran alojados los desaparecidos antes de ser "trasladados" en los vuelos semanales que llovían cuerpos sobre las frías aguas del océano Atlántico. En el "camarote" de al lado yacía engrillada Norma Arrostito, la legendaria montonera que participó en el asesinato del general y ex presidente Pedro Eugenio Aramburu.
Astiz adquirió la costumbre de visitar a Labayru para sentarse en el borde de su cama. Le gustaba hablar. Dicen que se enamoró. Creyendo que los que partían en los "traslados" iban a un campo de recuperación en la Patagonia, Labayru le solicitó ser "trasladada" también. "Nunca usés la palabra traslado . Mientras yo esté aquí no voy a permitir que te lleven", le prometió Astiz.
Cumplió la promesa. Y más. Cuando nació la hija de Labayru, Astiz impersonó al marido con un documento falso, acompañándola en el bautismo y en la inscripción de la niña ante el Registro Nacional de las Personas.
Pero, en el mismo período, Astiz secuestró a una cuñada de Labayru, que murió en la ESMA. Otra cuñada y sus suegros, involuntarios "huéspedes" del centro clandestino de la Armada, lograron sobrevivir.
El pantleto
Desde la España del exilio, Labayru recuerda: "En un momento dado, en una de aquellas reuniones alguien sacó un volante del PCML. El recuerdo que tengo es que Astiz decía que Alice Domon le había dado el panfleto o que había sido gente muy cercana a ella, o había ocurrido delante de ella, con su connivencia. Cuando Astiz trajo el panfleto a la ESMA, los marinos quedaron tan sorprendidos que llamaron a un experto del Ejército para averiguar qué era eso del Partido Comunista Marxista Leninista, al que no conocían. No podían creer el nombre".
EL PCML era un minúsculo grupo maoista, no armado y de nula relevancia. Dos oficiales retirados, uno de la Policía Federal y otro del Ejército, que participaron en la represión, consultados al respecto, dicen que jamás le asignaron importancia alguna. En el extenso listado de acciones terroristas perpetradas entre 1969 y 1979, compilado por la Junta militar en l980, el PCML no figura en los trabajos de historiadores sobre la época, Vanguardia Comunista solamente ocupa el papel de víctima, con varios de sus miembros muertos o desaparecidos por la Triple A y el gobierno militar.
Pero la Marina reaccionó con violencia digna de un enemigo poderoso. "El panfleto desencadenó una especie de furia completamente psicótica en la ESMA", dice Labayru, y recuerda la reacción del capitán de fragata Jorge Acosta, el mandamás de la ESMA: "Acosta y otros decidieron una especie de secuestro masivo. Recuerdo a Acosta gritando: «¡Los vamos a chupar, son marxistas!» Una escena de él como un loco, como muchas otras veces, circulando por ahí en un ataque. Astiz estaría totalmente de acuerdo en hacerlo, pero la decisión, la orden partía de Acosta. Astiz no tenía graduación ni cargo allí que le permitiera decidir absolutamente nada sobre este tipo de cosas".
El secuestro de las madres, las monjas francesas y los jóvenes de Vanguardia parece haber sido una decisión tomada a último momento.
"No sé si tenían una decisión previa. Mi impresión personal es que no. De hecho, Astiz se había infiltrado en otra serie de lugares, había estado yendo a la Asociación Cristiana de Jóvenes, y nunca había pasado nada. Yo tuve la ingenuidad de pensar que eso no iba a dar lugar a lo que ocurrió luego, lo que a mí me dejó destrozada. Además no había ningún precedente y sí había muchos intentos de infiltraciones. Poco tiempo después empezaron a infiltrarse en todo el tema de los periodistas extranjeros que venían a Buenos Aires para el Mundial de Fútbol. Los iban a buscar a Ezeiza, organizaban salidas, todo esto arreglado con gente del Ministerio de Relaciones Exteriores. De hecho, la ESMA desde principios de 1978 montó una especie de oficina dentro de Relaciones Exteriores, donde trabajaban algunos secuestrados".
Buscando montoneros
Labayru confirma que Astiz estaba convencido de que las Madres de Plaza de Mayo eran dirigidas por jefes guerrilleros: "Al principio lo que buscaban era gente de Montoneros en estos grupos. Cuando yo veía lo que Astiz decía y lo que ellos recogían, que era que había militantes, pero que no eran montoneros, entonces pensaba que ahí no pasaba nada, que era una de las muchas actividades que estos tipos a fines de 1977 organizaban cuando ya no podían recoger más gente. Tenían que tener la mano de obra más o menos activa haciendo cosas para, de alguna forma, justificar toda esa estructura".
El secuestro de las monjas francesas causó un revuelo internacional. Las autoridades del Ejército llamaron a la ESMA para preguntar si la Marina las tenía en su poder. "Los días posteriores recibieron llamadas del Ejército que preguntaban quién había sido el loco al que se le había ocurrido secuestrar a toda esta gente. Recuerdo que Acosta dijo que lo habían llamado a él preguntando si ellos eran los que habían hecho esa barbaridad. El dijo que no y se empezó a manejar la cosa con una especie de secretismo. Frente a esto, Acosta actuó, lo hizo más de una vez: entre soltarlos y matarlos, decidía matarlos".
Acompañantes
Labayru dice no comprender exactamente por qué se la obligó a la tarea. Astiz había sido acompañado en una anterior ocasión por otra secuestrada, y en dos ocasiones más por muchachos de entre nueve y trece años que presentaba como sobrinos o hermanos.
"No sé quiénes fueron esos niños. La otra secuestrada era una mujer conocida en la militancia. Ella argumentó que la podrían reconocer madres de la Plaza. Entonces decidieron mandar a una persona que pudiera ser una hermana menor de Astiz. Me eligieron a mí".
Labayru no lo dice, pero la primera acompañante de Astiz fue Norma Susana Burgos, una militante secuestrada en enero de 1977. Cuando Astiz fue enviado a lo de Burgos a secuestrar a la jefa montonera María Antonia Berger, equivocó la presa y regresó trayendo en el baúl de un taxi a la adolescente suecoargentina Dagmar Hagelin, una amiga de Burgos que por casualidad había tocado el timbre de su casa sin saber que un grupo comando se hallaba oculto adentro. "Es que la suequita se parece a la Berger", se excusó Astiz ante sus camaradas de la ESMA.
"Lo cierto es que él llevaba meses en esta historia de la infiltración", prosigue Labayru. "Supongo que tiene que haber ocurrido algo para que se me pidiera acompañarlo, pero no lo puedo decir con absoluta certeza porque tampoco yo hablaba con él íntimamente. Era una cuestión muy difícil. Él lo sabía y ese tipo de cuestiones no me las transmitía. No es que venía y me contaba o me confesaba lo que hacía y no hacía. Lo que sí recuerdo es que hacía por lo menos tres meses que estaba en este asunto y que no tenía la menor dificultad. Iba, hablaba, obtenía información".
Los familiares recuerdan a Labayru como una chica "muda" que con cara de infinita tristeza llegaba de la mano de Astiz a las reuniones que ellos celebraban. ¿Labayru recuerda esas reuniones?
«Vagamente. El otro día pensaba; «¡Pero si yo estuve en la iglesia de la Santa Cruz!» Entonces trataba de reconstruir y me llegaba una sola imagen, un salón muy grande con unas sillas formando un óvalo." Es una descripción exacta del salón parroquial de la iglesia de la calle Estados Unidos a1 3100.
Labayru tenía poco margen de maniobra. Su propia vida, la de su pequeña hija y la de toda su familia pendían de un hilo que controlaba la ESMA: "Decidieron no matarme sólo diez días antes del parto, casi cinco meses después de haber sido secuestrada. Que mi padre fuera un militar retirado no influyó en absoluto, no sólo eso sino que Acosta, cuando me encontraba por los pasillos me decía: «¡A tu padre lo vamos a chupar por traidor!» Tenían esa idea porque siendo militar retirado y sabiendo de mis actividades no me había entregado".
Labayru conversaba con Astiz en el auto en que él la llevaba a las reuniones con las Madres de Plaza de Mayo. "Por supuesto que hablábamos. Él me decía lo que había que hacer y me comentaba a grandes rasgos. Pero eran temas muy delicados y él sabía que yo no estaba feliz de ir allí. Habré ido en total cinco veces, seis veces, no más, y no tengo recuerdo de haber hablado mucho con nadie, lo mínimo, para que Astiz no pensara que yo estaba conspirando contra lo que él hacia".
Apenas un centenar del total de 4500 personas secuestradas por la ESMA sobrevivieron, seleccionadas arbitrariamente para servir las ambiciones políticas del entonces comandante de la fuerza, Emilio Massera. La ESMA sufrió en cambio una sola baja, el teniente de fragata Jorge Omar Mayol , que entregó su vida para salvar la de sus compañeros arrojándose sobre una granada a punto de explotar durante un operativo, el 19 de julio de 1977 en la esquina de Santa Fe y Oro.
Liberación
A mediados de 1978, Astiz cargó a Labayru y a su pequeña hija en un auto y las llevó al aeropuerto de Ezeiza. Enarbolando su credencial militar, pasó veloz por los controles migratorios. La joven madre rubia que había enternecido el corazón del teniente partió para España. Jamás se volverían a ver.
El 30 de julio de 1984, en la embajada argentina en Madrid, la ahora diputada Graciela Fernández Meijide tomó, como integrante de la Conadep, un testimonio demoledor en el que Labayru daba los detalles esenciales de la infiltración de Astiz. Los secuestros de los familiares de los que se reunían en la iglesia de la Santa Cruz y las circunstancias en que ocurrieron quedaron ampliamente demostrados en el juicio a las juntas militares. El testimonio de Labayru formaría parte de la evidencia que logró la condena del ex almirante Massera en 1985.
En veinte años, Labayru ha tenido tiempo para reflexionar sobre los motivos tras la infiltración. "Hay muchas lecturas. Las infiltraciones que hacían no respondían a una lógica, ni siguiera a una lógica asesina. Había una serie de hechos que traspasaban lo manifiesto. Meterse entre las madres tiene un simbolismo evidentísimo y había todo un proceso mental en algunos de ellos. Astiz era una persona que padecía muy agudamente la necesidad de exculparse a través de una conducta de respeto, de aprecio y de ayuda a una serie de secuestrados. En el caso mío era totalmente cierto, pero Astiz tuvo una relación muy intensa con mucha gente allí dentro. Había fenómenos de síndrome de Estocolmo por nuestra parte, pero también por la parte de ellos. En algunos casos hubo oficiales que quedaron muy trastornados. No es el caso de Acosta. El caso de Acosta es un caso clínico, pero con un grado de conciencia de lo que hacía total y absoluto y sin fisuras".
La suerte final de los doce desaparecidos en el caso de la iglesia de la Santa Cruz sigue siendo misterio para Labayru. "No tengo ninguna información concreta. Cuando alguna persona que ellos decidían asesinar tenía alguna relevancia por algo o tenían especial miedo de que el cadáver pudiera aparecer, lo que se hacía era una especie de asadito con los restos en unos descampados por la zona. Se quedaban allí hasta que se consumían las cenizas y no quedaba rastro. Esto lo hacían con gente singular. En el caso de Alice Domon, como ellos eran conscientes del escándalo que se estaba produciendo, la lógica indicaría que habrían optado por una cosa así. Pero era mucha gente, entonces no sé si habrán montado un vuelo especial. La verdad es que no lo sé".
El después
Labayru ha rehecho su vida en Europa. Ha adquirido la ciudadanía española. Se ha vuelto a casar. Ha vuelto a tener un hijo. Se recibió de Psicóloga y ejerce la profesión. Los regresos a la Argentina para visitar a sus familiares han sido difíciles. "He estado en cenas donde sin saber quién era yo hablaban de Astiz como si fuera Robert Refford".
Labayru ha sido severamente cuestionada por su papel en la infiltración. "He tenido la idea de que esa gente que me criticó no discriminaba entre los que eran víctimas y los que eran verdugos. Me trataban como si fuera una persona que no había sido secuestrada. Me sorprende que no hicieran una distinción tan elemental. Creía que el horror se había terminado cuando salí de ahí adentro. Luego me tocó vivir durante muchos años un castigo en que la gente ni siquiera quería oírme, se me negaba la posibilidad de la más elemental defensa".
La actitud de la dirigencia de Montoneros en el exilio era especialmente complicada. "Firmenich y compañía literalmente mandaron a un suicidio entre comillas a miles y miles de jóvenes sin el más mínimo prurito. He leído documentos allí en la ESMA que llegaban de la dirigencia de Montoneros, desde Roma, donde decían que el costo de la guerra revolucionaria iba a ser de diez a quince mil jóvenes que iban a dar su vida, pero que era el precio de la guerra. Mientras, ellos tomaban el café en el Trastevere. Tú que tenías veinte años y estabas allí dentro decías, yo por lo menos decía: «¡Vaya, vaya!» Me parecía penoso estando allí dentro. Me sigue pareciendo mucho más penoso desde la perspectiva actual".
Queda una pregunta inevitable para comprender el verdadero motivo por el cual el teniente se hizo acompañar por la cautiva. ¿Estuvo Astiz enamorado de Labayru?
"Él nunca forzó la situación. En todo caso, no veía con buenos ojos las relaciones entre los oficiales y las secuestradas. Sentía conmigo una vinculación de clase y de raza. Respetaba a mi familia y el hecho de que era casada y una joven madre. Le estaré eternamente agradecida de que se haya comportado así sintiendo lo que sentía. Era un suplicio quedar sola en la compañía de otros oficiales que no mostraban esa consideración".
Por Uki Goñi
(c) La Nación
El límite del perdón
Nos guste o no nos guste, hay en el mundo un hombre que se llama Alfredo Astiz. Tiene cuarenta y siete años, es rubio, se cree lindo y se jacta de saber matar a la gente. Su especialidad son las jovencitas y las monjas indefensas. De ingleses ni hablar, como dijo Juan Gelman en Página 12 .
¿Qué hacer con una figura así? Se lo pregunto a mis amigos y me contestan: "No se puede hacer nada, porque las leyes de obediencia debida y de punto final lo amparan". Otros me dicen: "Lo que hay que hacer es procesarlo por sus declaraciones a Gabriela Cerruti: se lo puede agarrar por el lado del encubrimiento y de la apología del delito".
Evidentemente, mis amigos no me entienden. Yo no estoy preguntando qué hay que hacer conAstiz en el plano de las responsabilidades judiciales o institucionales. Lo que digo es qué tiene que hacer uno con uno mismo ante la evidencia -difícil de aceptar- de que existen individuos así.
Hay dos posibilidades. La primera es negar la realidad, hacer de cuenta que ese tipo no existe, que a las mujeres no se las secuestra ni se las mata, que el mundo es agradable y que la vida está hecha para ir al cine, para oír una grabación de María Callas o para disfrutar con Enrique Pinti en una butaca del Maipo mientras uno siente que su ingenuo corazón se llena de nostalgia por los tiempos de Nélida Roca yDringue Farías.
La otra posibilidad es la más difícil: consiste en asumir plenamente ese fragmento de la realidad que se llama Alfredo Astiz. Y en analizar prolijamente su cara, sus gestos y sus declaraciones. Sobre todo, sus declaraciones. Si examinamos con detenimiento el texto de Gabriela Cerruti, descubrimos con sorpresa que lo menos importante en Astiz son sus bravatas y sus amenazas: "a mí me decían: andá a buscar a tal, yo iba y lo traía, vivo o muerto"; "a mí la Armada me enseñó a destruir"; "sé poner minas y bombas, sé infiltrarme, sé matar"; "yo soy el hombre mejor preparado técnicamente en este país para matar a un político o a un periodista".
En efecto, no son esas frases las que más impresionan. Lo que verdaderamente llama la atención es que haya dicho lo siguiente: "La Marina es gorila, antiperonista y anticatólica". Esta ya no es una bravuconada personal. Esto es diferente: suena a libreto que alguien le pasó. Y nos confirma que Astiz no es un completo marginal, sino que está unido a la sociedad por lazos ideológicos y hasta culturales. No habla sólo de violencia: también teoriza sobre la realidad política. ¿Quién está detrás de él? ¿Quién es su doctor Frankenstein? ¿Quién es su consejero, su asesor, su guía?
Un asesino suelto no asusta a nadie. El Petiso Orejudo, por ejemplo, aterraba a sus víctimas, pero la gente tendía a mirarlo como un monstruo solitario y hasta sentía pena por él. Lo terrible es un Petiso Orejudo rubio, que se supone lindo y que tiene respaldos doctrinarios o institucionales. Por eso preocupa más en Astiz su disquisición conceptual sobre los matices ideológicos de la Armada que sus fanfarronadas de compadrito trasnochado.
Sin quererlo, nos hemos ido metiendo en lo institucional. A esta altura, estamos obligados a decir algo doloroso pero cierto: en la Argentina las amnistías -formales o solapadas- sirvieron para muy poco. Tuvimos amnistías declaradas, como la de mayo de 1973, y amnistías encubiertas, como las de punto final y obediencia debida. Ni unas ni otras trajeron paz a los espíritus.
A mi me sigue horrorizando el asesinato de Aramburu. Y el de Enzo Bordabehere. Y me sigue pareciendo atroz el fusilamiento de Dorrego, a pesar de mi entrañable afecto por la figura de Lavalle. Pienso -hoy más que nunca- que los crímenes no pueden quedar impunes. Se hace intolerable el dolor y la frustración de quienes lloran a sus muertos sin el consuelo visceral de ver en la cárcel a sus verdugos.
Es cierto que la capacidad para perdonar es -o debería ser- la gran virtud de los cristianos. Pero el perdón se lleva mal con la arrogancia de los perdonados. La amnistía, como el perdón, no es un acto dirigido hacia el pasado sino un gesto que apuesta al futuro. Las leyes de olvido pierden sentido si uno tiene que soportar que un Firmenich o un Astiz exhiban públicamente su insolencia.
Las leyes no valen por sí mismas. Valen por el espíritu que los hombres son capaces de insuflarles. Si se trata de superar un pasado de sombras, lo que importa es si los gestos ulteriores habrán de ser de sincera contrición o de absurda jactancia.
Firmenich, Astiz y el Petiso Orejudo son parte de nuestra historia, mal que nos pese. Entre el perdón, que nos hace mejores, y el olvido, que nos hace peores, queda un estrecho desfiladero: el que lleva al rigor insustituible de los estrados judiciales. Alguna vez los argentinos tendremos que empezar a transitar por él.
Escribe Bartolomé de Vedia
(c) La Nación
¿Quién máto a Rodolfo Walsh? Cuando Alfredo Astiz compareció esta semana para informar a la Cámara Federal de lo que pudiera saber sobre la muerte del escritor Rodolfo Walsh , respondió a las preguntas del tribunal con evasivas y un rosario de "no me acuerdo". Hay personas que, sin embargo, se acuerdan perfectamente y que aquí por primera vez rompen más de veinte años de silencio para testimoniar quién mató a Walsh.
El primero en hablar es Miguel Angel Lauletta, un ex montonero que, a cambio de que la ESMA perdonara la vida de su familia, aceptó colaborar falsificando documentos para la Armada, entre ellos uno a nombre de Gustavo Niño, empleado por Astiz durante su infiltración entre los familiares de desaparecidos.
Lauletta jamás ha testimoniado en causa alguna y ha guardado tan bajo perfil que incluso su nombre figura como "desaparecido" en el listado de la Conadep.
El hombre que segó la vida de Walsh el 25 de marzo de 1977 habría sido un subcomisario de la ESMA, Ernesto Webber, alias "220", sostiene Lauletta en un bar del barrio de Belgrano. Lauletta no tiene dudas al respecto, ya que el mismo Webber alardeó ante él de haber efectuado los disparos mortales.
"Fue un grupo grande. Webber cuenta que iban por la avenida San Juan y lo marcan a Walsh. Webber se acerca por atrás y, justo cuando lo va a agarrar, alguien, detrás de él, grita: "¡Alto, policía!". Entonces Walsh se da vuelta y lo ve a Webber y ahí le tiran con todo".
Por mucho tiempo, el único testimonio sobre la muerte de Walsh fue el legajo 6974 de la Conadep, de una pareja de sobrevivientes de la ESMA, Lisandro Raúl Cubas y Rosario Evangelina Quiroga de Cubas. Allí se identificó, entre la patota que dio muerte a Walsh, al mayor del Ejército Juan Carlos Coronel, al inspector de la Policía Federal Roberto Francisco González -alias "Federico"- y al entonces teniente Astiz, que supuestamente habría empleado sus dotes de rugbier para taclear a Walsh.
Lauletta no puede confirmar por conocimiento propio la participación de Astiz: "No era Astiz. Era Webber. Y no lo iba a taclear. Lo iba a agarrar.
"Webber lo contaba además porque estaba muy caliente. Decía: "El tipo se da vuelta y me podría haber matado". Estaba muy caliente con el que gritó: "¡alto, policía!". Aparentemente ésa era una modalidad nueva en la ESMA.".
Noticias desde Venezuela
Hablando hoy desde Venezuela, Lisandro Raúl Cubas sostiene que, a pesar de sus recientes declaraciones ante la Cámara Federal, Astiz sí integró la patota que salió en busca de Walsh. "Ese fue uno de los operativos de secuestro más comentados por nuestros secuestradores que yo recuerde, en especial por Astiz, que incluso criticaba a los que habían disparado, pues no lo dejaron cumplir con su estrategia de tacleo. Iban Webber y Coronel, que creo que comandaba la operación. Yo me acuerdo de haberlo oído de los propios labios de Coronel, porque ellos después se jactaban de haber intervenido en la operación y contaban en aquel tiempo con lujo de detalles cómo había sido".
"Le decían 220"
Otro sobreviviente de la ESMA, hablando con la condición de no ser identificado, también oyó a Webber alardear de que había matado a Walsh. "El tipo que lo agarró a Rodolfo Walsh fue un subcomisario que se llama Ernesto Webber, al que le decían "220". Tenía voz de pito."
"Le tiraba y le tiraba y le tiraba y no se caía -dijo Webber al testimoniante-. No se caía y no se caía. Le salía sangre y sangre y yo le tiraba. Le salía sangre y sangre y el tipo no caía."
A este testimoniante tampoco le consta la presencia de Astiz en el grupo. "No sé. Solo sé que Webber estuvo".
La ESMA secuestró además los papeles de Walsh, incluyendo escritos inéditos que fueron preservados por los marinos. La persona encargada de archivar estos papeles fue otra montonera secuestrada, Jorgelina Ramus, que sobrevivió para contar recientemente la historia en un bar de Córdoba y Riobamba.
"Trajeron los papeles de Walsh adonde yo trabajaba, en la sección El Dorado de la ESMA -dice Ramus-. Estaba en una oficina junto a la del capitán [Francis William] Whamond. Me acuerdo de que los papeles de Walsh llenaron tres cajas de archivo que puse en el cuarto donde yo trabajaba, junto con otros papeles que me daban para archivar. Cuando me liberaron de la ESMA, en enero de 1979, las cajas de Walsh seguían allí".
(c) La Nación






