
Palabras secas, palabras húmedas
Por Orlando Barone
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"Regio" es una palabra que responde a un vocabulario algo pasado de época, habitual en sectores paquetes y sobre todo en señoras. En su autorreferencia pos- angioplastia, el presidente de la Nación dijo de sí mismo que estaba regio. Como decir suntuoso y magnífico, según los diccionarios.
Y, salvo que mañana lo corrija alguno de sus varios voceros oficiales y espontáneos, que se haya distinguido a sí mismo con arrogancia biológica en medio de un clima donde la mayor parte se siente como el trasero es un detalle meritorio de buen estado de ánimo.
Sobre todo si se tiene en cuenta su escasa propensión a la expresividad y a la demostración de su yo interno, tan secreto como para un psicoanalista sería el subconsciente de una estatua. Que el presidente se sienta "regio" en medio de la deglución de Aerolíneas Argentinas, último hito del Estado de Bienestar olvidado en el álbum preglobal por españoles entretenidos en la subasta, y en medio de la harto justificada prisión de su antecesor y sus colaboradores, del tumulto aeroportuario y piquetero in crescendo, del vaho xenófobo que desentona con los corazones argentinos, suena a voluntarismo forzado.
Además, que resulta un sometimiento idiomático fútil la inclusión en su respuesta de la palabra del lunfardo norteamericano blooper . Ya queda mal emplear disparate, macana, pifiar, desatino, meter la pata, patinar, etcétera, porque blooper la impuso Tinelli y hasta los viejos quieren seguirlo. Es que la palabra ha estado adquiriendo últimamente tales reinterpretaciones mediáticas y públicas que tonterías dichas por cualquiera de inferior calidad neuronal que Mr. Chancer, en "Desde el jardín", son tomadas con la misma profundidad filosófica que la de un profeta bíblico. ¿Qué quiso decir Fulano cuando dijo tal cosa?, saltan enseguida los interpretadores poniendo mueca de sagaces y de semiólogos. Y hasta el propio bocón, con lenguaje de palabras de apenas dos dígitos, se sorprende de que haya sido capaz de querer decir eso que le adjudican. Cecilia Bolocco está siendo preparada para competir en política y en el primer equipo, ya que el peronismo tiene una caprichosa forma de reclutamiento conyugal, heterodoxo, amoral e inimputable que le permite reconstruir su fachada y aparentar siempre como nuevo.
El peronismo expulsa lo malo, como la lagartija la cola que ya no sirve, pero una vez que ha hecho el estropicio. El menemismo ahora es esa cola de la que pocos quieren hacerse cargo. ¿Ninguno de los que estuvieron cerca de Carlos Menem notó que era cada día más rico trabajando de presidente? Es raro que le haya ido tan bien en un puesto de recursos tan modestos que lo que más fabrica son pobres.
Zulemita también tuvo su palabra en televisión y dio muestras de notable aprendizaje mediático con imágenes fúnebres. Hasta agregó, con voz de poetisa, la escena cinematográfica del viento del helicóptero de su padre revolviéndole las flores que ella despositaba en el sepulcro. Suena raro ir en helicóptero a adorar muertos. A la hija disidente se le nota una nueva tonalidad de aspirante a adulta. Les aseguro -me lo contó el peluquero- que ella tiene libretista. Aunque nadie sabe cómo va a hacer, sin copiarse, para convencer con palabras a los jueces de que es millonaria por ósmosis.
Antiguas culturas como las de los dogon, sabiamente callados hasta ser casi mudos, distinguen dos tipos de palabras a las cuales llaman "palabra seca" y "palabra húmeda". La palabra seca es para ellos la primera, la del espíritu: es la palabra indiferenciada y sin conciencia de sí. Está en el hombre como en todas las cosas, pero el hombre no la conoce. Vendría a ser la callada palabra de Riquelme festejando el gol en silencio poniéndose las manos en las orejas y abriéndolas en forma de pantalla para significar que es mejor oír que hablar.
La palabra húmeda es la palabra dada, el sonido audible y manifestado. Es "arterioesclerosis" o "ateroesclerosis" penetrando en el oído del Presidente como un diagnóstico de anticipado tour a gerontolandia. Mientras que la palabra seca no produce consecuencias porque no se pronuncia, la palabra húmeda se vaporiza con el aire y se pega a los oídos. Todos somos adictos a esta humectación incontrolable.
Shakespeare decía: "Las palabras suben volando. Los pensamientos se quedan aquí abajo. Palabras sin pensamientos nunca llegan al cielo". De éstas hay a montones.
Ya Shakespeare avizoraba la palabra tal cual fertilizó entre nosotros a partir de aquel ruego solitario: "¡Síganme!" que hoy nadie aspira a cumplir para no compartir el cautiverio con el que la pronunció. El "Negro" Rubén Rada dice: "¿Saben por qué yo hablo rápido y no cometo furcios? Porque digo siempre la verdad". En su caso la palabra húmeda responde también al subgénero de sincera y humana.
El ministro Lombardo por abusar del atributo logró que la gente se imagine al presidente algo lelo, sin memoria, sin reflejos y dejando prendida la llave del gas, o subiéndose al triciclo del nieto creyendo que se trata de la limusina. Avivó las sospechas colectivas acerca de que Fernando de la Rúa no debe salir más solo al parque de la quinta de Olivos y tampoco ir más a ningún programa de televisión, ni siquiera a "Chiquititas", para no correr riesgos. La palabra húmeda de Lombardo dejó al jefe del Estado en completa indefensión y apartado científicamente de la consideración de "vivaracho y despierto" que la sociedad tarda tanto en adjudicarle quizá por infundados prejuicios que él se empeña en fundamentar.
Tocado en su autoestima, De la Rúa se tentó a sobreactuar su salud y hasta se ensoberbeció de poseerla en exceso aunque su look antitarzánico insista en desdecirlo.
Adolfo Castelo tiene un sagaz slogan en su programa de radio: "Gracias por su tolerancia a la realidad", les dice a sus oyentes a medida que les lee noticias que más vale no saberlas. Me atrevo a parafrasearlo al revés: "Maldita la realidad por estar haciendo argentinos intolerantes. Y maldita la tolerancia que permitió que una realidad hasta ayer tolerable pasara a ser intolerable". Por suerte estoy regio.
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