
Panorama de posguerra
Cualquiera que sea el plan para el futuro de Kosovo, Serbia deberá estar incluida y la OTAN tendrá que aceptar a Milosevic como interlocutor: a diferencia de Saddam Hussein, el presidente yugoslavo fue elegido democráticamente y en comicios libres por su pueblo.
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EDWARD HEATH, quizá mejor historiador que primer ministro conservador de Gran Bretaña (1970-1974), ha señalado la singularidad de Europa en combinar cuatro factores destructivos: odios ancestrales; inestabilidad geopolítica; la capacidad de desencadenar, a partir del continente, conflictos a escala global, y la proximidad geográfica de potencias rivales.
La confluencia de estos cuatro ríos deletéreos, que en 1939 desembocó en la Segunda Guerra Mundial, surca ahora Yugoslavia. Las enfermedades que los originan no tienen cura, pero pueden ser tratadas.
El tratamiento que escogió la OTAN para resolver la crisis de Kosovo es una campaña intensiva de bombardeos. El cese de los ataques, una vez que el gobierno yugoslavo acepte las exigencias de la alianza atlántica, marcará tan sólo el final de la campaña militar. Comenzaría, entonces, el tratamiento político de la crisis de Kosovo en un contexto geopolítico que en los últimos dos meses sufrió transformaciones radicales.
La principal transformación es que ya no hay retorno posible al escenario anterior. Las relaciones entre serbios y albaneses, hostiles incluso durante la Yugoslavia del mariscal Tito (1945-1980), ahora están quebradas. Esa Yugoslavia multiétnica es imposible de restaurar, por la misma característica que distinguía a los regímenes comunistas hegemónicos: las relaciones entre las nacionalidades estaban reguladas por mecanismos represivos que impedían plantear y dirimir las diferencias. La guerra es, ciertamente, la peor solución de todas, pero es, en la descripción vigente de Clausewitz, "la continuación de la política por otros medios".
En la posguerra, la medida de mayor urgencia será el ingreso de un cuerpo de paz internacional en Kosovo para controlar el repliegue de las fuerzas serbias y garantizar el regreso de los refugiados. Esto es fundamental para que la acción militar de la alianza pueda considerarse exitosa. De otro modo, la intervención habría empeorado la situación que intentaba remediar, premiando la campaña de "limpieza étnica" que las fuerzas serbias intensificaron tras los ataques, y que causaron la huida de más de un millón de kosovares -más de 400.000 están en Albania-, la mitad de la población provincial.
El día después
Sobrevendrá después la etapa de mayor complejidad. La administración futura de la región plantea dilemas imposibles de resolver en el corto plazo.
Kosovo es, aún hoy, una provincia autónoma de Serbia y así lo reconocen las potencias occidentales. Sin embargo, tras los ataques de la OTAN y la presencia de una fuerza de paz extranjera, se habrá alterado la relación entre la región rebelde y el Estado tutor, que de hecho se verá impedido de ejercer su soberanía sobre esa parte del territorio nacional.
La partición entre un norte serbio y un sur albanés, insinuada en algún momento del conflicto, invita a la cautela. Como demuestra el caso de Bosnia -dividida en dos entidades con amplios poderes de autonomía, una serbia y la otra croatomusulmana- la partición no termina de resolver los conflictos.
Lejos de acortar los tiempos de una intervención extranjera, la partición exige una presencia militar permanente para evitar el surgimiento de nuevos conflictos a raíz de diferencias no saldadas.
Tampoco la independencia aparece como una salida sin riesgos. Sentaría un precedente para otros movimientos separatistas en una parte de Europa propensa al escenario de "muñecas rusas": un Estado se parte y de él nace otro menor y éste a su vez también se fragmenta, como las matrioshkas que se abren a una más pequeña en sucesión.
Pero si la independencia le fuera denegada a Kosovo, podría peligrar la gobernabilidad de la provincia. El Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), hoy tácitamente avalado por la alianza para operar en la región separatista, está luchando por la independencia. Vale preguntarse: cómo o con qué grado de violencia reaccionaría ante una negativa occidental a permitir ese curso de acción, y a qué medidas, políticas o militares, apelaría la OTAN para controlar al ELK si éste se insubordinara.
Sin necesidad de anticiparse a escenarios eventuales, la bifurcación de caminos en la política kosovar presente lleva, de seguir su curso, a la polarización entre los radicales del ELK y los moderados de la Liga Democrática (LD), que encabeza quien se considera presidente de Kosovo, el poeta Ibrahim Rugova. Aun asumiendo que hay comunión de objetivos de máxima, como la independencia para la provincia rebelde, hay divergencias de táctica y puede haberlas de principios.
El ELK preferiría ocupar Kosovo una vez que los bombardeos occidentales hayan forzado la retirada serbia, y que la OTAN lo provea de armamentos en vez de desplegar sus tropas terrestres. La Liga Democrática, en cambio, favorece una ocupación occidental que delegue en ella la administración de la región.
Tampoco es improbable que en el futuro se profundicen divisiones entre los que tienen por meta culminante la independencia de la todavía provincia serbia y los partidarios de una Gran Albania, que reuniría a Kosovo y los territorios albaneses en el oeste de Macedonia con Albania.
Resentimientos mutuos
En una región donde las armas circulan en libertad y abundancia, sería difícil descartar por completo la posibilidad de una guerra civil entre los propios albaneses kosovares. Hay resentimientos mutuos. La guerrilla acusa a Buhar Bukoshi, designado por Rugova como primer ministro en el exilio, de negarse a suministrarle fondos para su campaña militar. Bukoshi, que tiene su base en Alemania, ha tenido cierto éxito en recaudar de cada albanés que trabaja en Europa occidental un tres por ciento de sus ingresos, en calidad de impuesto patriótico. La suma que controla el lugarteniente de Rugova ascendería a cientos de millones de marcos alemanes.
Cualquiera que sea el plan de posguerra para Kosovo -y en la modalidad que fuere: referendum, elecciones, conferencias internacionales- Serbia deberá estar incluida. La OTAN deberá aceptar al presidente Slobodan Milosevic como interlocutor, al ser la única autoridad yugoslava con poder de negociación y capacidad de ejecución. Clinton admitió que un acuerdo no debería implicar necesariamente la destitución del actual mandatario yugoslavo. A diferencia de Saddam Hussein en Irak, Milosevic es un presidente elegido democráticamente en comicios libres del país.
"Cuando el ethnos se convierte en demos el resultado es la guerra étnica", explica el profesor Vesna Pesic de la Universidad de Belgrado. En un contexto de exaltación del nacionalismo, la democracia tiende a favorecer los alineamientos electorales según categorías étnicas.
Ejemplo por excelencia es Milosevic, que cautiva la mayoría de votos yugoslavos con un discurso y decurso nacionalista. Este patrón electoral de alineamientos étnicos se repetiría casi con certeza en Kosovo, si alguna vez se restaurara su composición demográfica de una mayoría albanesa y una minoría serbia, que antes de la guerra representaban un 90 por ciento y un 5 a 7 por ciento de la población provincial, respectivamente.
Aquí está una de las explicaciones por las que los gobiernos occidentales se ven obligados a soslayar su disgusto por negociar con el mandatario yugoslavo. En el mundo de certidumbres del realpolitik , Milosevic es un político que la conducción de Europa conoce, por haber negociado con él en 1995 el acuerdo para poner fin a la guerra en Bosnia. Las imperfecciones de la diplomacia en los Balcanes se miden, es verdad, en muertes, pero las proyecciones a futuro serían mucho más sombrías con cualquier candidato que, en las circunstancias presentes, se vislumbrara como posible sucesor de Milosevic. Vojeslav Seselj, un nacionalista a ultranza, se hace eco con más fidelidad del estado de ánimo colectivo que Vuk Draskovic, el viceprimer ministro destituido recientemente por su disidencia con la política oficial hacia los albaneses de Kosovo, que tiene sus seguidores en las grandes ciudades y la intelectualidad y que por ende dispone de limitado caudal electoral.
La OTAN, la UE y los Balcanes
Para que los humores del electorado serbio, y eventualmente de los votantes albaneses kosovares, favorezcan a candidatos menos extremistas -al menos en su discurso como opositores- debe operarse un cambio general en la región.
Por un lado, la articulación de una estructura de defensa colectiva, como es la OTAN y de la que carecen todos los países balcánicos tras la desarticulación del bloque comunista, atenuará los temores y ansiedades de naciones de antigua rivalidad. El segundo factor será la promoción de estructuras económicas que faciliten la integración, hoy distante, al resto del continente de la mano de la Unión Europea (UE).
Junto con Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Moldavia -antiguas repúblicas soviéticas todas ellas-, en los Balcanes se concentra la mayoría de los países más postrados de Europa, entre ellos Albania, que es hasta hoy el más pobre del continente. Con economías primordialmente agrarias, con industrias y economías en descalabro, exceso de mano de obra y democracias aún frágiles, ninguno de ellos está en condiciones de sumarse al tren de incorporaciones a la OTAN y a la UE.
Rumania, por caso, puso empeño por reunir las condiciones para ser considerada en la lista de espera de futuros integrantes de la alianza. No fue suficiente. Polonia, la República Checa y Hungría, con economías más sólidas, ya integran el pacto como miembros de derecho pleno, aun cuando sus necesidades defensivas son menos agudas que las de Rumania.
Por su parte, la UE parece más inclinada a promover planes de cooperación regional que a fortalecer la potencial candidatura de los países balcánicos.
Es, en realidad, una postura cuya viabilidad aún debe ser demostrada. Los nuevos Estados que surgieron de la descomposición de Yugoslavia y del bloque comunista compiten entre sí por inversiones occidentales, lo que de por sí ya resta el margen de cooperación. Los gobiernos de la región estarían más predispuestos a trabajar en pos de una futura incorporación a la UE, aun cuando ésta fuera tardía.
Ello, ciertamente, requeriría esfuerzos económicos de las naciones balcánicas. Pero a la vez es crucial que la UE tenga la voluntad política de integrar a los Balcanes, cuyo nombre designa, más que a una región, el síndrome de los males añejos engendrados por los nacionalismos virulentos, que la mitad occidental del continente ha tratado con éxito, si no curado.
Con su guerra unilateral contra Yugoslavia, la OTAN vulneró su principio fundacional, según el cual "no atacaría primero". Además, por si más confirmaciones hicieran falta, el ataque de la alianza puso fin a la Europa dibujada a compás y pizarra en Yalta en 1945 entre Roosevelt, Stalin y Churchill. Occidente despejó, con esta acción, las sombras de esferas de influencia que Rusia quisiera retener en el Este. La frontera de la Europa de la Guerra Fría se desplazó hasta los Balcanes.
¿Qué límites, entonces, se va a fijar la OTAN para sus misiones futuras?
Probablemente, no traspase las líneas de Europa. Intervino, con dudoso resultado hasta el momento, en una franja del continente donde el vacío de seguridad exponía a países débiles, como Macedonia o Albania, a los efectos de la acción depredadora que las fuerzas serbias desarrollaban en Kosovo.
Las recientes incursiones de soldados yugoslavos en territorio de Albania confirman que el peligro de propagación aún subsiste. La intervención de la OTAN, al menos, contiene la expansión del conflicto por el resto de la península balcánica.
Hay una barrera, residuo de la Guerra Fría, pero firme aún, que difícilmente la OTAN violente: la disuasión nuclear sigue siendo uno de los pilares -cada vez más precario, por gentileza de India y Paquistán- sobre los que descansa la relativa estabilidad del sistema internacional. Chechenia, una república rebelde en el Cáucaso norte de la Federación Rusa, o Tíbet, la provincia separatista de China, son arenas que le están vedadas a la alianza atlántica. La doctrina de disuasión nuclear está fundada en el principio de la Destrucción Mutuamente Asegurada (Mutual Assured Destruction). En general se la llama por las siglas de su nombre en inglés, MAD, que en ese idioma también significa "loco".



