
Pensar el país
La Argentina que viene no se parecerá a la que conocemos. Hay una transformación en marcha que supondrá enormes desafíos en el futuro. Y entender cómo y por qué cambiará quizá sea la primera tarea que tenemos por delante.
Empecemos por lo que ya está ocurriendo. En la última década, la tasa de fecundidad en la Argentina cayó casi un 40%. Por primera vez en la historia somos, sin saberlo, una sociedad que envejece. Esto tendrá consecuencias directas sobre la educación, el sistema previsional, el mercado laboral y la infraestructura. Ignorar este proceso no lo hará desaparecer, lo hará más caro.
La demografía es solo uno de los vectores de cambio. La inteligencia artificial está transformando la economía global de manera estructural, acelerada e irreversible. Miles de empleos que hoy existen no existirán en la forma en que los conocemos. Y miles de empleos que necesitaremos todavía no tienen nombre. La pregunta no es si esto va a ocurrir, sino si vamos a tener una población capacitada para enfrentarlo.
A esto se suma una reconfiguración territorial que también se mueve en silencio. La energía, la minería y el agro están creando oportunidades de inversión en distintos puntos del país. El conurbano empieza a perder peso relativo y las ciudades del interior crecen. Esto obligará a repensar las necesidades de infraestructura urbana, de transporte, energéticas y a buscar fuentes de financiamiento para las obras indispensables.
Argentina tiene todas las condiciones para consolidarse como una potencia exportadora en sectores como la agroindustria, la energía y la minería. Estos sectores podrían ser la plataforma de despegue para un crecimiento sostenido. El desafío será, además de aumentar la producción y las exportaciones en sectores primarios, agregar valor, diversificar mercados y generar nuevos encadenamientos de industrias y servicios “aguas abajo”. Esa es la clave para transicionar del crecimiento al desarrollo.
La integración comercial al mundo, a partir de los acuerdos con la Unión Europea y los Estados Unidos, abre una oportunidad que la Argentina no tuvo en décadas. Una oportunidad que exigirá un esfuerzo de adaptación que, además de individual, debe ser sistémico.
Todo esto está pasando al mismo tiempo. Y está pasando ahora.
Hay una agenda de lo urgente que está en marcha. Y una agenda del futuro que está esperando a ser escrita. Porque los desafíos se renuevan. Porque prepararse para un mundo distinto requiere hacer algo distinto. Porque convertir la riqueza geológica en desarrollo es un desafío enorme, en lo económico y en lo político. Porque en el mundo que viene, crear empleos será esencialmente tarea del mercado, pero necesariamente una política de Estado.
La nueva agenda debería aportar ideas que permitan transicionar, con la mayor velocidad y el menor costo social posibles, desde la economía actual hacia la futura, mayormente orientada a la conquista de mercados externos.
La “nueva economía”, idealmente, no debería edificarse sobre las ruinas de la actual sino sobre sus cimientos, que son nuestras empresas, su capital físico, sus recursos humanos y sus capacidades, en combinación con las nuevas ventajas comparativas que generarán una energía barata y accesible, la abundancia de materias primas, el desarrollo de proveedores de bienes y servicios para los sectores más dinámicos de la economía y la integración en las cadenas de valor de nuestro flamante socio comercial, la Unión Europea.
Nuestra contribución es estar en la frontera del debate para acercar soluciones a la política. Con una perspectiva de largo plazo y aportando ideas que trasciendan gobiernos.
Por eso nuestro rol cobra más sentido que nunca. En Cippec creemos que es el momento de hacernos las preguntas que espera el largo plazo. Y buscar responderlas con investigación, evidencia y propuestas.
Director ejecutivo de Cippec





