Permiso para sentir (y para hablar de lo que sentimos)

Adela Sáenz Cavia
Adela Sáenz Cavia PARA LA NACION
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13 de junio de 2020  • 00:00

Una de las novedades que ha traído la pandemia de coronavirus es que estamos empezando a hablar de nuestras emociones y a darnos, finalmente, permiso para sentir. Se trata de un verdadero acontecimiento, porque hasta hace muy poco compartir nuestros estados anímicos era algo casi tabú, reservado solo a algunos ámbitos muy privados o a los espacios de terapia.

En estos días, en gran parte por una incertidumbre que nos genera ansiedad, miedo, angustia y hartazgo, y que atraviesa a la mayoría de las personas que nos rodean, estamos abriendo esa puerta mágica de nuestro universo emocional.

Sabemos que tramitar nuestras emociones tiene que ver con la capacidad de reconocer lo que estamos sintiendo, para luego ponerle un nombre y aceptarlo, comprenderlo más en profundidad y poder expresarlo asertivamente. Dicho así parece fácil, pero todos sabemos lo complejo que resulta.

De hecho, unos 400 años antes de Cristo, tanto en Oriente como en Occidente ya había filósofos y educadores que hablaban de esto, aunque por supuesto no lo llamaran, como ahora, "inteligencia emocional" o "educación emocional". En Oriente, Mencio, el gran filósofo seguidor del confucianismo, enseñaba que el "corazón-cabeza" (el Xin) es tanto la sede de nuestras emociones como el centro/eje de nuestra racionalidad. Un centro capaz de deliberar, sopesar, contemplar y sentir amor, dicha y odio. Mencio afirmaba que la capacidad de guiarse por el "corazón-cabeza" era lo que distinguía a los hombres superiores de los que no lo son. Las decisiones sabias no nacen solo de pensar las cosas racionalmente, sino también de una comprensión absoluta de lo que nuestro corazón-cabeza sabe que hay que hacer. Las buenas decisiones se toman cuando cabeza y corazón son un todo.

En Occidente, Aristóteles predicaba desde su Ética a Nicómaco sobre la virtud y la eudaimonia (felicidad), "lo que todos buscan", y sostenía que la virtud no viene directamente del conocimiento, sino que requiere el hábito. La felicidad no es un estado, sino una actividad y eso es -casi justo- lo que se trabaja hoy desde la educación emocional.

El filósofo explicaba la importancia de las "virtudes" y de encontrar el justo medio incluso en la ira: si nos enojábamos, decía, debía ser "con los fundamentos adecuados y en contra de las personas adecuadas, y también en la forma correcta y en el momento adecuado y por el tiempo adecuado".

Desde entonces, con la ayuda de la investigación y las neurociencias, hemos aprendido mucho acerca de este universo emocional.

El confinamiento social ha exacerbado situaciones conflictivas y nos ha obligado a enfrentar nuestros miedos, así como a reconocer nuestros recursos y también a encontrarnos con las personas más cercanas; ha generado espacios de conversación, una manera casi intuitiva de tramitar la incertidumbre y conducir todo ese caudal emocional.

En muchos casos, la necesidad de administrar nuestro mundo emocional nace de las demandas que nos hacen los más chicos de la casa. En una cuarentena prolongada, también ellos sienten y sufren angustia y miedo. Sentimientos que, como padres y madres, tenemos que ayudar a contener. Algo similar ocurre dentro de las organizaciones empresariales o sociales. También allí hay que ayudar a contener a compañeros o a las personas que trabajan bajo nuestro liderazgo.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto hablar de lo que sentimos?

En parte, porque hablar de lo que sentimos implica hablar también de nuestras vulnerabilidades. No nos gusta hablar de ellas, y menos todavía exponerlas. De hecho, las negamos bastante, al punto de haberlas insensibilizado. Cuanto más miedo tenemos, más vulnerables nos sentimos y eso genera más miedo todavía. Una cadena interminable.

Lo valioso es que, en estos días, aunque más no sea de manera parcial, muchos han podido comprobar que, al expresar esas emociones, aun con las dificultades del caso, han podido darles un cauce saludable; así se logra pasar de aquellas que producen malestar a otras que generan paz, calma, alegría y bienestar.

Es desde las propias vulnerabilidades que podemos reconocer nuestras fortalezas, hacerlas valer y, desde allí, ejercer nuestra capacidad de resiliencia. Como dice la académica estadounidense Brené Brown en su muy escuchada charla TED: "Anular nuestra vida emocional por temor a pagar un precio demasiado alto es alejarse de lo que, precisamente, da sentido y propósito a la vida".

La propuesta entonces es sacar provecho de esta oportunidad valiosa que nos propone la cuarentena, para empezar a valorar nuestras emociones y vulnerabilidades. En suma, darnos permiso para sentir.

Experta en educación emocional y directora de la Red Communia

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