Pinamar busca reinventarse

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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22 de noviembre de 2020  • 00:01

Con Punta del Este cerrado para el turismo extranjero por sus severas restricciones por el Covid, en Pinamar ya son muchos los que apuestan con hacer la gran diferencia en el verano tan particular que comenzará en menos de un mes.

El test clave será a partir del 1° de diciembre, fecha en la que se liberará formalmente el ingreso de turistas, ahora restringido, en apariencia, solo a propietarios no residentes. Es que van por caminos paralelos los formularios y controles estrictos supuestamente dispuestos por un lado, y la vida real, por el otro. Este periodista fue manejando su auto de Buenos Aires a la llamada Playa Verde, ida y vuelta, un total de 720 kilómetros, y ni en las sucesivas rutas que debió atravesar ni en las ciudades al salir o al entrar fue objeto del más mínimo control.

Pero nadie habla de eso: prefieren que la gente llegue por goteo y no por malón. El coranavirus impone respeto y no quieren que se vuelvan a repetir episodios como el brote de 280 contagios que hubo en septiembre, a partir de la mateada en común de una docena de personas.

De todos modos, ya se observan para esta altura del año muchos más autos frente a las casas y más luces encendidas en los edificios, aunque los hoteles todavía permanecen cerrados. Mozos de bares coinciden en afirmar que se nota mayor afluencia desde hace unas tres semanas. El miércoles último, a las 22, por ejemplo, en un concurrido restaurante de Cariló, había varios minutos de espera y su salón estaba lleno.

El gobierno de Axel Kicillof favoreció a la cercana Villa Gesell disponiendo allí un hospital modular con el que Pinamar no cuenta. Nadie explicó si esa diferencia se debe a que en la primera gobierna un intendente del Frente de Todos, en tanto que el de la segunda revista en Juntos por el Cambio. Cuántos efectivos enviará allí Sergio Berni para garantizar la seguridad es otra incógnita.

Martín Yeza, de Juntos por el Cambio, lidera la transformación, pese a la contra de La Cámpora

Martín Yeza, el alcalde más joven del país cuando asumió con 29 años en 2015, fue reelecto el año pasado. Sin embargo, en el Concejo Deliberante no cuenta con mayoría propia. La mitad de los ediles son oficialistas, pero en la otra mitad, el 35% responde al Frente de Todos y el 15% restante al vecinalismo. Y suelen votar juntos y en contra de las iniciativas de Yeza. El intendente se entendía mejor con los peronistas puros, pero en los últimos años La Cámpora avanzó fuerte y se muestra más intransigente. En el encabezado del Facebook de esa agrupación local se lee: "No nos han vencido", aseveración discutible ante el dato duro de que Yeza duplicó la cantidad de votos de cuatro años atrás. El martes, Día de la Militancia, se pasearon en escueta caravana vehicular con banderas y bocinazos por la avenida Bunge, que desemboca en el mar. En su sitio de Internet evocan aniversarios de Perón, Kirchner y el Che, y muestran fotos de sus viandas solidarias. Al día siguiente, otra manifestación todavía más pequeña y de a pie, con pañuelos verdes y banderas con los colores del arcoiris hicieron escuchar la consigna "Macri, basura, vos sos la dictadura", un tiro por elevación al intendente, que semanas atrás visitó con pares de otras ciudades al expresidente en su quinta Los abrojos.

Yeza, que abandonó la carrera de abogacía poco antes de recibirse y cuya familia tiene negocio inmobiliario en la zona, comenzó en la política junto a Felipe Solá, pero creció políticamente bajo el ala de María Eugenia Vidal, cuando era vicejefa de CABA y Yeza coordinaba la Dirección de Políticas de Juventud. También se entiende con Hernán Lombardi, un habitué del balneario e impulsor de "La noche de las ideas", en la vecina Ostende.

Cerrados Ku y El alma, que le ponían notas ásperas a las plácidas noches pinamarenses de tiempos remotos, Yeza se propuso alejarse del "turismo extractivista" que dominó la era municipal de Blas Altieri, coincidente con el menemismo (mucho flujo de visitantes en un corto lapso, los desfiles de moda de Roberto Giordano, y las concesionarias con sus estridentes stands a full, en Bunge y Libertador). "Desyabranizar" Pinamar, tras el estigma del asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas, en el verano de 1997, es algo que a la ciudad le costó sacarse de encima, pero que ha ido cediendo, en tanto se vuelve a las fuentes del plan rector urbano del fundador, Jorge Bunge, trazado en los años 40 del siglo pasado, y que Clorindo Testa, en los 80, enriqueció. Desapareció el cemento del frente marítimo y balnearios y paradores volvieron a ser de madera, en 2016. Ahora proyectan un paseo peatonal en la Avenida del Mar y en el centro aparecieron las primeras bicisendas, que algunos comerciantes resisten. El hacedor catalán de ciudades, Toni Puig, también da una mano para consolidar la identidad de Pinamar que en los últimos años sumó la colección de esculturas en la vía pública más grande de América latina. Un Art Basel (que le cambió la cara a Miami) o un evento al estilo ArteBA podría agregar a su fuerte en bosques y mar, un perfil cultural muy atractivo. Cerca de dos mil personas por año se vienen radicando en esta ciudad de 45.000 habitantes.

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