¿Podemos seguir creyendo en las encuestas electorales?

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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6 de agosto de 2019  • 05:11

Tras el inicio del período de veda para la difusión de resultados de encuestas de intención de voto, que comenzó el sábado último y concluirá tres horas después del cierre de la votación del próximo domingo, podemos decir que pocas veces hemos sido testigos de tantos sondeos de opinión pública previos a una elección como en esta oportunidad. No menos llamativa resultó la fuerte diferencia acerca de la distancia que, según las distintas empresas encuestadoras, separaría a los dos principales candidatos presidenciales ante las inminentes Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias ( PASO).

La razón sobre el elevado número de empresas consultoras que salieron a efectuar mediciones para las elecciones del domingo próximo, en comparación con anteriores procesos electorales, se explica básicamente por un motivo: el acceso a métodos mucho más baratos y rápidos para recolectar datos, gracias a las nuevas tecnologías. Lo triste es que ni esa facilidad ni esa velocidad para acceder a números son directamente proporcionales a una mayor calidad para radiografiar la realidad, ni mejoran necesariamente los tradicionales sistemas para encuestar a la ciudadanía.

Las novedad de la que se valió la mayoría de las consultoras de opinión pública en esta campaña electoral fue el sistema IVR (por su sigla en inglés, Interactive Voice Response) o Respuesta de Voz Interactiva. Se trata de un programa de software que se utiliza para hacer encuestas telefónicas, donde la máquina reemplaza a los entrevistadores en vivo.

Este sistema es empleado desde hace mucho tiempo por los bancos y por otras empresas que buscan medir el grado de satisfacción del cliente. Pero la principal crítica que se le hace a esta metodología aplicada a las encuestas de intención de voto radica en que la automatización de las llamadas y de las preguntas al encuestado la hacen demasiado impersonal.

Entre otros cuestionamientos al IVR, los cultores del tradicional sistema señalan que la tasa de respuestas de los encuestados suele ser más baja, en comparación con las encuestas personales; que este sistema automático de preguntas genera restricciones para la elaboración del cuestionario y que la falta de un contacto personalizado puede derivar en una menor fiabilidad de las respuestas, ya que el encuestado es más propenso a mentirle a una computadora que a otra persona. Es probable, sin embargo, que el desarrollo de la inteligencia artificial permita con el tiempo mejorar ostensiblemente este sistema en el futuro.

Otra tendencia que también ha merecido comentarios negativos y que ha generado la aparición de muchos más jugadores en el mercado de los estudios de opinión pública es la utilización de plataformas online o de redes sociales para desarrollar encuestas. Si bien nada tiene esto de malo, los especialistas desconfían de la capacidad de esta metodología para realizar diagnósticos certeros sobre lo que piensa un universo de personas, fundamentalmente a partir de sus serias dificultades para asegurar una muestra representativa de esa población.

Los últimos tiempos también vienen dificultando la realización de las tradicionales encuestas telefónicas, aun cuando estas sean efectuadas por encuestadores y no por robots. Ocurre que la gran mayoría de las muestras de encuestados se efectúan a partir de números telefónicos de telefonía fija, cuando los hábitos han cambiado y hoy la mayoría de la población solo usa teléfonos celulares.

Más allá del auge de las nuevas metodologías, que relativizan el valor de las encuestas electorales y nos obligan a tomar con pinzas cualquier resultado que estas arrojen, hay que recordar que, bien usadas, las encuestas pueden ser una formidable herramienta de diagnóstico, pero su poder predictivo es siempre relativo.

La razón es que la mejor encuesta será, en cualquier caso, una buena fotografía de un momento, pero no registrará las modificaciones que puedan producirse en el ánimo de los votantes en los siguientes días, a partir de determinados insumos o noticias.

Precisamente, cuánto afectarán al humor social factores económicos como la suba del dólar, a partir del escenario internacional dominado por la disputa comercial entre los Estados Unidos y China, o cuestiones políticas como los mensajes en los cierres de las campañas proselitistas será determinante de los cambios de último momento que puedan producirse en los votantes, que naturalmente no han podido registrar las encuestas difundidas hasta el fin de semana último, cuando se inició la veda informativa.

En lo que coinciden distintos analistas es en que una victoria de Alberto Fernández por tres puntos o menos será celebrada por Mauricio Macri, en tanto que una derrota del oficialismo por seis puntos o más provocaría algarabía en las filas del kirchnerismo.

Como las encuestas, el resultado de las PASO también deberá ser tomado con pinzas. Porque, después de todo, estas elecciones primarias en las que no se elige prácticamente nada, no serán mucho más que una gran encuesta, a partir de la cual no pocos electores podrían replantear su voto en función de una estrategia polarizadora y de los propios miedos a que gane uno u otro.

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