
Por otra Argentina y otra democracia
Por Enrique Kleppe Para LA NACION
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Tengo setenta años. Toda mi vida consciente ha transcurrido entre momentos de horror por lo que ocurría en nuestro país y momentos de esperanza, terminados en fracasos que nos empujaban un peldaño más abajo por la escalera de la decadencia. Hoy, oscilo entre la resignación, pensando que alguna vez deberá ocurrir el milagro, pero no llegaré a verlo (y peor aún, quizá tampoco mis hijos), y una rabia impostergable, porque sé que no somos el país de incapaces que parecemos y que ni siquiera hay mayores impedimentos objetivos para organizarnos exitosamente.
No obstante, una mirada a nuestra realidad actual descorazona. Vemos el escándalo del hambre y la desnutrición, la inicua marginalidad estructural, el deterioro imperdonable de la educación y de la salud pública, el federalismo reducido a una parodia, la separación de poderes exangüe, el señoreo del delito, la prensa extorsionada, el periódico atraco del Estado a los particulares, la política pervertida medularmente por la compraventa de voluntades, normas incumplidas que enseñan el cinismo y la anomia, la acción política embotada por la corrupción, y nuestro pobrísimo desempeño económico durante la segunda mitad del siglo XX. Para cualquiera que no esté tan encerrado en el sistema como para haber perdido toda perspectiva, debería estar claro que vamos mal. Y que si no hacemos cambios profundos en nuestra cultura política, seguiremos frustrándonos. No estamos condenados ni al fracaso ni al éxito. La historia tiene constricciones, pero no está determinada. Y un futuro mejor depende sustancialmente de que logremos forjar un acuerdo de voluntad colectiva que, amalgamando ideas y práctica, nos una en un proyecto común, capaz de metabolizar las diferencias.
Un proyecto que no se ahogue en las mezquindades del corto plazo ni se intoxique de las utopías; que reconcilie objetivos ambiciosos con las limitaciones de la realidad. En eso consiste la genuina imaginación política que, como toda imaginación práctica, en su mejor ejercicio logra reinventar la realidad. ¿Qué podemos hacer concretamente? Forjar la herramienta adecuada para accionar el cambio. Un partido político, al que no le falten las cualidades indispensables.
Un partido genuinamente democrático, que deseche el caudillismo y cuyo factor aglutinante sea el proyecto y una metodología; entendiendo que un verdadero proyecto es una creación colectiva, compleja y perdurable y no un “acuerdo programático” improvisado en vísperas de elecciones. Un partido acendrado en su moral, ya que ninguna acción que no se ajuste a una moral puede evitar desvirtuarse; los fines nunca resultan mejores que los medios con que se lograron. Un partido popular, que se haga cargo de enfrentar nuestras llagas sociales renunciando a la engañosa facilidad que ofrece la economía iletrada de ese socialismo mágico, que es el populismo; que no niegue trasnochadamente la función del mercado como el medio para generar posibilidades materiales ni incurra en la simpleza de echarle la culpa por los brutales desaguisados de nuestra década del noventa, y acepte la legítima función del Estado para corregir las injusticias y los desvalimientos, pero que sepa hacerlo con conocimiento y eficiencia. Que excluya el clientelismo, oportunismo y ejerza la política con respeto hacia los adversarios. Que contribuya a formar dirigentes serios, cuadros idóneos y, sobre todo, ciudadanos lúcidos e informados, que asuman su incumbencia en el destino común. Que distinga entre la retórica y los hechos, y entre los hechos fecundos y los hechos estériles; estamos saturados de ademanes vacíos y buenas intenciones inoperantes.
Este partido es una social democracia seria y actualizada, afín a las que en todo el mundo han obtenido los mejores logros en integrar las sociedades, moderar las desigualdades y hacer feliz a la gente.
Su creación llenaría un vacío que apremia, frente a las ruinas del radicalismo –más allá de su vocación republicana y cierta vitalidad en algunas provincias–; un peronismo que, pese a su vigor y arraigo popular, es un aparato clientelista para tomar el poder y hacer negocios; el socialismo que, fuera de Santa Fe, es una desafortunada dispersión de fragmentos; los partidos de derecha, apenas un sello de goma; los de izquierda, la convulsión de grupúsculos. Y los partidos nuevos, que no superan el trauma de su nacimiento personalista y, en algún caso, oportunista.
No obstante, hay en ellos mucha gente seria, capaz y honesta, con genuina vocación de servicio, que aquilata y da ley a las ambiciones. A ellos, así como a todos aquellos que estén dispuestos a remontar la desesperanza, es preciso convocar e integrarlos. La responsabilidad mayor recae en los actuales dirigentes, quienes, para subsanar la inoperancia de la oposición, deberían admitir las limitaciones de sus propios partidos, juntar fuerzas y confluir en la formación de uno nuevo, empeñándose en moderar sus ambiciones personales, sortear los antagonismos y las ofensas del pasado y evitar empantanarse en fundamentalismos ideológicos, que castran la posibilidad de una convocatoria amplia. Las diferencias podrán aportar a una dinámica más rica, en la que la constelación opaque a las estrellas.
No es una mera alianza; sólo un partido integrado puede generar las lealtades y el campo de energía imprescindibles para actuar con eficacia. Un partido que, con entidad suficiente, conducta y un buen proyecto, logre galvanizar el hartazgo social, diferenciarse, ser creíble y desatar la profunda movilización que inaugure, en serio y de cuajo, una nueva y fundacional manera de hacer política, en la que pueda florecer la Argentina que merecemos.
No es fácil. Tampoco imposible. Requiere coraje, capacidad, amplitud de miras y renunciamiento. Pero, después de todo, con estos hilos y no con menudencias está tejida la urdimbre de la Historia.





