Posadas: donde crece la pobreza
A contramano de los índices nacionales, que muestran una reducción importante de la pobreza y la indigencia, la capital de Misiones tiene cada vez más pobres; representan el 53% de la población
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POSADAS.- Dice que vive como en la calle. Que no tiene nada. Que no recibe ninguna ayuda del gobierno y que sus hijos, que son ocho, de noche duermen sobre la tierra roja en su casucha de tablas y chapas. Cuando llueve también duermen en el piso, dice, y eso pasa seguido. Dice que su marido gana 10 o 15 pesos por día con alguna que otra changa y que con eso no alcanza. Cuenta también, Lucila Miño, los pies en el barro, la voz nerviosa y 28 años que parecen muchos más, que la otra noche se peleó por la luz y el agua con su vecina Liliana, la loca esa, dice, que a machetazos les cortó la manguera y arrancó los cables. Dice que hubo gritos y llantos, y que terminaron todos en la cárcel. Son muchos los vecinos y muchas las historias. Hay una mujer que no quiere que le saquen fotos porque se prostituye cerca de la terminal, nos dice. Está también Mabel Díaz, madre de ocho, abuela a los 32, que desde hace 20 años vive aquí y ahora sobrevive con los 150 pesos del Plan Jefes y Jefas de hogar.
Ahora Liliana, Liliana la del machete, dice que se quiere ir antes de que avance demasiado su embarazo. Piensa vender su casa de tres por tres en 150 pesos y sabe que la va a vender porque todos los días llegan nuevas familias de desesperados a este sector conocido como la chacra 77. Puso un cartel y dice que se va a cualquier parte, adonde encuentre algo mejor que este barrial nauseabundo en el que juegan sus hijos. Lejos de la miseria que se multiplica más o menos igual en decenas de villas de la periferia de Posadas, la ciudad que, según el Indec, parece marchar a contramano del país. La ciudad cada vez más desigual. Donde pobreza y lucro se combinan muchas veces de manera cruel. La urbe de frontera, abrazada casi por el río, de tráfico de todo tipo y coimas de todo monto. De contrabando hormiga y al por mayor. De prostitución a la carta, sin límites de edad. De supervivencia del más apto.
Los de Posadas no son los peores índices de pobreza del país, aunque están cerca. Antes figuran los de Corrientes y Resistencia. Pero la capital de Misiones, ciudad de unos 300.000 habitantes, es el único de los 28 conglomerados urbanos relevados periódicamente por el Indec donde los pobres son cada vez más: 53 por ciento en el segundo semestre de 2005, según la última medición de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), dada a conocer el 21 del mes pasado. Casi dos puntos más que un año antes. Y más de dos puntos -al 20,8 por ciento- creció el porcentaje de indigentes, aquellos que, como Lucila, como Liliana y Mabel y tantos más, no pueden satisfacer siquiera sus necesidades básicas de comida.
Peores indicadores tuvo Posadas en el momento más grave de la crisis, cuando la pobreza orilló el 70 por ciento. Pero en un país que desde hace tres años crece a un promedio del 9 por ciento anual -y donde el porcentaje de pobreza cayó a nivel nacional del 40,2 al 33,8 por ciento en el último año- llama la atención que la capital misionera no sólo no haya acompañado el ritmo nacional sino que haya profundizado el retroceso. Lo saben aquí. Estas cifras, admite a LA NACION el intendente de Posadas, Jorge Brignole, "sorprenden y duelen". ¿Cómo se explican? "Sufrimos mucho acá la inmigración desde el interior provincial y de Paraguay: todos los días llegan a Posadas entre 12 y 15 familias nuevas que se ubican en las villas de la periferia. Esto requiere políticas que fomenten la permanencia de la gente en las chacras, requiere reorientar los subsidios". A su entender, la respuesta a este desplazamiento económico debería estar en la órbita del gobierno provincial, pero sugiere que otros intereses podrían estar en juego aquí: "Políticamente conviene tenerlos acá", dispara Brignole.
Paliativos
Desde el gobierno provincial afirman que se está dando respuesta al problema. Y que no es cierto que continúe la migración desde el interior a la ciudad. Según el director del Instituto Provincial de Estadísticas y Censos (IPEC), Raúl Castaño, "con el precio más alto de la yerba se está descomprimiendo a Posadas, la gente está volviendo a la chacra, y hay iniciativas como las Escuelas de la Familia Agrícola (EFA) que están contribuyendo a ello, brindando las herramientas para que sus producciones sean sustentables".
"El modelito neoliberal -denuncia Castaño- nos dejó muy mal." El esquema de los 90 hizo, según el funcionario, que se desplomara el precio de la yerba, que miles de productores del interior misionero -los colonos- vendieran sus chacras por nada y se movieran a la ciudad, que por el cambio favorable el dinero de la provincia se escurriera hacia Paraguay?
Pero ocurre que ese mismo cambio favorable actuaba en cierta medida como un paliativo de la pobreza. Con cruzar a Encarnación, al otro lado del río, los pesos del uno a uno compraban los productos que los más pobres no podían comprar en la Argentina. Así lo hace notar la antropóloga Lidia Schiavoni, investigadora de la Universidad Nacional de Misiones (UNAM). "Esa posibilidad -dice- se cortó con la devaluación y el efecto se siente sobre todo en los sectores más populares."
El IPEC estimó en el 4,4 por ciento la tasa de desocupación en Posadas y sus alrededores en el segundo semestre de 2005, un valor de Primer Mundo que parece contradecir los índices de pobreza del Indec. La realidad es que ambas situaciones pueden convivir. Con una subocupación del 12,5 por ciento y una economía informal desproporcionada, del orden del 50 por ciento, la gran mayoría se las arregla para tener alguna actividad, pero sus ingresos corren detrás de la línea trazada en 850 pesos mensuales para la familia tipo. Pobres son los que quedaron debajo de esa línea. Indigentes, los que no llegan a 393 pesos, el valor de la canasta alimentaria básica. Otra explicación, entonces, es el atraso en los ingresos y la informalidad: "Seguramente no funcionó en Misiones el mecanismo nacional de aumento de sueldos, y la generación de empleos sin duda no alcanza", opina Artemio López, director de la consultora Equis.
Sin posibilidades de inserción laboral para los más pobres en una ciudad que casi no tiene industrias, hay otro factor que incide en los indicadores de pobreza y que amenaza con perpetuar la situación de desamparo. El elevado índice de natalidad hace que niños y jóvenes sean el segmento más numeroso entre los pobres. Así, según la última EPH, ese 53 por ciento registrado en la encuesta vive en el 39,8 por ciento de los hogares de Posadas. "En estas familias son más numerosos los hijos y para ellos son muy pocas las posibilidades laborales", observa el sacerdote Juan Carlos Belgrano, vicepresidente de Caritas Misiones. "Es cierto que han crecido en la provincia la industria del turismo, la yerbatera y la maderera, pero nada de eso se refleja acá", añade.
Lo mismo opina Mari Dutra, de la asociación civil Promotores Voluntarios de la Salud, una ONG de Posadas. Mari trabaja en las villas desde hace 15 años, conoce por el nombre a sus pobladores y a sus hijos. Y dice que los planes sociales están haciendo mucho daño: "Con ese dinero llegan los vicios porque están todos ociosos". Los más jóvenes, asegura, están heredando esa cultura del facilismo, dejan la escuela, no buscan progresar. "Las familias quedaron enquistadas en el círculo vicioso de la pobreza, y sus hijos forman familias que se enquistan también", afirma. La exclusión -confirma Mari Dutra- produce más exclusión.
Produce otras cosas además. Dice Mari que no es raro escuchar hablar de la venta de hijos, de su entrega a la mendicidad y de prostitución infantil. Son cosas que pasan del otro lado de Posadas, la ciudad amable y vital, la ciudad de siestas largas y ronda de mate en la calle. A unas diez cuadras de la villa, en la otra dirección está la residencia oficial de Rovira. Su trayecto diario a la sede de la gobernación pasa muy cerca de estos olvidados de todo.
No hay que andar mucho, en realidad, para tener un atisbo del mundo de ilegalidad que hierve bajo la superficie apacible de Posadas. Tony lo conoce bien. Es su hábitat. Subir al auto de Tony y hundirse en el asiento desvencijado de su taxi es como iniciar un viaje por un universo en descomposición.
Tony no se llama Tony, pero pide que lo llamemos así. "Si no, me entregás", advierte. Tiene un aire a Al Pacino y una 38 bajo el asiento. Cuenta que conoce a las chicas que se prostituyen en las avenidas Santa Catalina y Uruguay, dos zonas rojas de Posadas. Les lleva clientes o las pasa a buscar. Dice que como se mueve en ese ambiente varias veces se le acercaron los "reclutadores". Le dejan su tarjeta. Le piden chicas para los prostíbulos de otras provincias y después le pagan una comisión. Las buscan acá, dice, por la mezcla racial. Porque en Misiones son más lindas, rubias muchas de ellas. "Hay un correntino -cuenta con una naturalidad de escalofrío- que me da cien pesos por cada chica que le consigo. Me las pidió de 16 o 17 años porque según él los clientes que tiene son especiales. También vinieron mujeres de Mar del Plata y de Bahía Blanca y más al sur también. No les interesa la edad ni nada". Dice que no es difícil conseguirlas. Que muchas chicas llegan del interior de Misiones y que no tienen adonde ir. Y que tampoco tienen adonde volver. "Esas son carnada fácil -dice Tony-, les digo que tengo amigos que necesitan coperas y les ofrezco mil pesos por semana. Coperas les digo, pero ellas saben".
También vienen árabes, cuenta Tony, de Encarnación o de Ciudad del Este. "Te piden que les consigas distintas cosas, armas, chicas, órganos, repuestos de autos importados. Los árabes de Encarnación manejan el negocio de las armas y de los órganos". Con el taxi, dice, gana mil pesos por mes. Las comisiones son un extra. No hace preguntas ni se mete en problemas. Sólo tiene que cruzar el puente, comprar lo que le pidan, volver a cruzar y entregar. Y por el puente San Roque González de Santa Cruz, cruzar no es complicado. La locuacidad de Tony, que podría parecer exagerado, encuentra correlato en otros testimonios. Por ejemplo, según el intendente Brignole, por ese puente o por agua a esa misma altura pasa el 70 por ciento de la droga que llega de Paraguay. "Tenemos un problema de frontera muy complicado, y la aduana es absolutamente permisiva", dice.
A toda hora, cualquier día de la semana, miles de autos y motos van de un lado al otro del puente. Es el contrabando hormiga. El pequeño tráfico de los pobres. Pasan casi sin control o con el pago de una coima mínima, de 10 o 20 pesos. Tony muestra cómo hace: pone un billete dentro de un paño sobre el tablero del auto. Si hace falta, abre el paño y pasa el billete. El movimiento apenas se ve. Hacia Paraguay van sobre todo alimentos. De allá -dice Tony y confirman también otras voces- vienen la droga, los electrónicos y los celulares. Un reproductor de DVD sale 120 pesos en Encarnación. Una tele, 150, igual que un celular de última generación. Todo el mundo lo sabe.
También se sabe -se dice- que el contrabando mayor pasa en containers, en horarios liberados. Y que no se queda en Misiones sino que sigue viaje hacia otras provincias. De norte a sur. Como las rutas de la prostitución y, muchas veces, de esos hijos de la pobreza que se dan en adopción por unos pesos, y de los que nadie habla en la villa.
Un Laos de miniatura
Los laosianos de Posadas llegaron al país en 1979, escapando de la guerra y los campos de refugiados. Hoy integran el 53 % de pobres que tiene la ciudad
POSADAS.- Tammavong Somchai recuerda que sobre el Mekong el clima era parecido o tal vez un poco más caluroso. Las mujeres cosechaban arroz y algo parecido a la mandioca, y los hombres pescaban. Llevaban una vida que se quebró para siempre por la guerra: primero fue cruzar el río, refugiarse en Tailandia, en campos de Naciones Unidas, y después el vuelo a la Argentina. Era 1979.
Era la dictadura. Al principio fueron noticia. Después se los olvidó.
A la vera del Paraná, en la zona de El Brete, a pocos pasos del centro de Posadas, la vida no es muy distinta a lo que era junto al Mekong. Con los años recrearon un Laos de miniatura. Se adaptaron al medio y adaptaron lo que encontraron en el lugar. Pescan como hacían allá, y las mujeres cosechan jengibre. Viven con muy poco, poquísimo, en una pequeña comunidad de unas 20 familias y en casas que son un laberinto de palos. Pero ese pequeño Laos está en camino de desaparecer. Todos ellos y sus vecinos integran la lista de los relocalizados de Yacyretá, la gente que debe abandonar la zona de la ribera antes de que suban las aguas de la represa.
Somchai tiene 61 años. Vive en la Argentina hace más de un cuarto de siglo pero el castellano le es prácticamente ajeno. Igualmente se hace entender:
Dice que no se quiere ir, traduce Mónica Chanthawong, de 25, perteneciente a la primera generación nacida en el país.
No es el único que se resiste a dejar el lugar: desde hace más de un mes una parte de los pobladores de El Brete algunos de los laosianos entre ellos mantienen cortada la calle de acceso al barrio y montan guardia porque dicen que los quieren llevar por la fuerza. Denuncian amenazas y abusos por parte de la policía y de la Entidad Binacional Yacyretá (EBY). Dicen que los censos en que fueron documentados sus casos están desactualizados. Que les ofrecen viviendas sin título de propiedad. Afirman, además, que las aguas de la represa nunca van a llegar hasta donde están sus casas y que allí, sobre la costa del río, se quiere montar un colosal negocio inmobiliario.
Reclaman, sobre todo, mejores indemnizaciones.
El problema es complejo. La gran mayoría de quienes poblaban la zona ya fueron indemnizados y reubicados en la periferia de Posadas. Hay barrios enteros de relocalizados. Unas 5000 familias del lado argentino y 3000 del paraguayo. Son barrios pobres, complejos habitacionales de casas iguales, sin el atractivo del río y más alejados de los lugares de trabajo. Quedan por relocalizar unas 1500 familias, cerca de 200 de ellas en la zona de El Brete, y los plazos se acortan: el plan para completar las obras de Yacyretá tiene fecha de vencimiento en 2008 y desde la EBY se asegura que todo el sector va a quedar inundado cuando las aguas suban de la actual cota 76 a la cota 83.
Se afirma también desde la EBY que no hay sustento en las afirmaciones de sus últimos pobladores. Estamos en un proceso de saldar la deuda social de Yacyretá, señaló a La Nacion Ricardo Sarmiento, que como consultor de prensa de la EBY oficia también de vocero. Las indemnizaciones, explicó, se pagan de acuerdo con la superficie del terreno y los metros construidos a valor actual. Según Sarmiento, ocurre que las aspiraciones de algunos de los que protestan son a veces difíciles de resolver en el marco del reglamento binacional acordado entre la Argentina y Paraguay: ³Hay una razón de fuerza mayor para la relocalización de las familias que quedan, que es el compromiso asumido por dos Estados.
Algunos de los laosianos desconfían ahora porque saben ya de promesas rotas.
Las 293 familias que vinieron a fines de los 70 y principios de los 80 llegaron con la promesa de una casa, un sueldo de 360 dólares y un kilo de carne por día por persona. Es lo que recuerda Somchai. Por un tiempo, dice, recibieron el dinero, pero después no más. Por eso mucho vuelve país, no se halla por mentira, observa Nang Sriboonsom, una viuda de 57 años y madre de seis hijos. Seis familias, dice, se volvieron a Laos.
Nang dice que antes de los campos de refugiados en Tailandia nunca había escuchado hablar de la Argentina, que otros grupos de refugiados eligieron ir a Estados Unidos, a Francia o a Alemania, pero que ellos decidieron venir acá sólo porque el trámite era más rápido. Después de cruzar en canoa el Mekong o escapar de Laos por las montañas, perseguidos por el hambre y el régimen comunista, no importaban tanto en ese momento las promesas de una dictadura como encontrar una salida rápida de los atestados campos de Tailandia.
Más de un cuarto de siglo después, muchos de ellos viven todavía como si fueran refugiados. Integran el 53 por ciento de pobres de Posadas. Y continúan los traslados.


