Posverdad. El bullshit, impostura de los manipuladores

Antipolítica. Cuando el poder inventa "hechos alternativos", va más allá de la mentira y fragmenta a la sociedad, pues dinamita criterios de verdad compartidos
Carla Yumatle
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21 de enero de 2018  

Desde la aparición de Donald Trump en la escena política norteamericana, la distinción entre la mentira y el " bullshit"-formulada por el filósofo de Princeton Harry Frankfurt en su libro On Bullshit (2005)- ha tomado prominencia pública. Frankfurt sostiene que solo la mentira, a diferencia del bullshit, tiene a la verdad como contraparte. Mientras que la mentira nos remite siempre a la verdad, el bullshit en cambio no se define con relación a la verdad ni a la mentira. Sus coordenadas sociales son tangenciales a ese binomio.

La distinción de Frankfurt entre mentira y bullshit se ha retomado recientemente para comprender la posverdad: caracterizada también como "la era del bullshit", no preserva ni a la verdad ni a la mentira como los valores organizadores del discurso social imperante de la época.

Si la mentira es parasitaria de la verdad, el bullshit es completamente indiferente a ella. El bullshitter utiliza la verdad o la mentira indistintamente con el único propósito de manipular al otro, más que a la realidad social. Si la verdad (o la mentira) contribuyen a sus propósitos, el bullshitter la utiliza; de lo contrario, descarta una u otra con total irreverencia. A diferencia del mentiroso, no le presta atención alguna a la verdad. Precisamente por esto, el bullshit es un enemigo de la verdad de mayor envergadura que la mentira. Si la mentira no puede hacer otra cosa que esconder a la verdad (y en ese sentido confirmar su existencia), el bullshit la desestima continuamente.

Tanto el mentiroso como el bullshitter tratan de salirse con la suya. Pero mientras que el mentiroso mantiene siempre una relación con la realidad y necesita conocerla, el otro muestra una total indiferencia hacia cómo son las cosas verdaderamente. No le preocupa conocer la realidad social con la que interactúa porque su propósito no es saber mentir bien, no es esconder la realidad, sino inventarla. Por eso, la mentira es siempre más quirúrgica que el bullshit. La mentira debe conocer el sistema de creencias donde va a ser insertada. Y ocupa exactamente ese lugar donde una verdad es desplazada. Esto requiere de un grado de conocimiento de la realidad y una exposición a criterios objetivos que están completamente ausentes en el bullshit. Por eso, el mentiroso siempre queda rehén de la verdad. El bullshitter, en cambio, es más libre, más creativo. Es un bromista, un oportunista: usa las estructuras sociales pero no queda atado a ellas. Maneja la oratoria con ductilidad y a la vez es el gran free-rider del lenguaje entendido como sistema social que mantiene cierta correspondencia con la realidad.

Juego de espejos

La preocupación central del bullshitter es una consideración narcisista de cómo posicionarse ante el mundo. En este sentido, el bullshit no es tanto una tergiversación de la realidad o una falsedad, sino una impostura. Es un criterio subjetivo, interno, privado, instrumentalista, que elude toda posibilidad de falsacionismo y construye un mundo de sombras, un juego de espejos. El bullshit refiere a un estado mental del parlante -la intención concreta y autoindulgente de posicionarse de una manera exitosa en el mundo-y una relación social específica: la manipulación. Si el mentiroso nos intenta alejar de la realidad social que trata de ocultar, el bullshitter trata de ocultar que la realidad no le interesa, no lo restringe.

Un ejemplo ilustrativo de bullshitting fue cuando Sean Spicer, en aquel momento secretario de prensa de la Casa Blanca, dijo a los medios de comunicación que la asistencia a la ceremonia inaugural de la presidencia de Trump había sido la más concurrida de la historia, a pesar de la evidencia fotográfica que desmentía esos dichos. Al día siguiente, Kellyanne Conway, consejera del presidente Trump, consultada en una entrevista de la NBC sobre los dichos de Spicer, sostuvo que él simplemente había ofrecido "hechos alternativos" del evento. Es decir, la verdad no importa porque la realidad no se oculta sino que se inventa con hechos alternativos. Spicer no estaba mintiendo, estaba bullshitting.

El daño a la verdad

Si la posverdad deja atrás la epistemología limitada por la dicotomía verdad-mentira y se articula, en cambio, alrededor del bullshit, ¿por qué esto debiera importarnos? ¿Qué perdemos si perdemos el valor de verdad? Esta pregunta adquiere especial relevancia para aquellos que no creen en una visión prístina de la verdad como valor independiente de las relaciones de poder en las que está inmersa. Así, podríamos pensar que si la verdad no siempre nos salva del poder, tal vez no perderíamos nada dejándola atrás. Sin embargo, hay distintas razones por las cuales el deterioro de la verdad como valor social debería preocuparnos.

La verdad tiene, por un lado, un valor epistemológico en la medida en que nos permite el acceso a la realidad. Esto es importante porque queremos saber dónde estamos para saber quiénes somos. La verdad presenta, además, un valor ético: es la vía para alcanzar la autenticidad con nosotros mismos y con las relaciones sociales y afectivas que nos importan y definen. Finalmente, la verdad tiene también un valor político que intentaré desarrollar.

El caos cognitivo que deja la estela de la posverdad atenta directamente contra la política como proyecto colectivo de construcción social. En la medida en que el bullshit refleja más un solipsismo manipulador e instrumental, también niega la existencia social del otro e invalida el ejercicio de autodeterminación colectiva de criterios compartidos que nos permiten asignar sentido al mundo social. Si la mentira ofende por el ocultamiento y el engaño, el bullshit ofende porque niega la reciprocidad del otro como sujeto cívico. En este sentido, la posverdad es un proyecto de exclusión y fragmentación. El valor político de los criterios de verdad es precisamente que nos otorgan un parámetro de significado compartido sobre los cuales podemos discutir los problemas de exclusión y dominación.

El desmantelamiento del Indec durante el gobierno de Néstor Kirchner contribuyó en este sentido al vaciamiento del orden de significado social. La decisión privó a la sociedad argentina de un lenguaje compartido como herramienta de bien público para discutir y razonar acerca de la orientación normativa de las políticas públicas. Ante la carencia de un lenguaje compartido que estipula criterios de verdad, el discurso público se transformó en una interna de opiniones privadas. El lenguaje en sí mismo se tornó en un campo de batalla de apropiación individual del más fuerte.

La posverdad erosiona, entre otros, el valor político de la verdad y nos priva de lo que más nos une: la política como generadora de valores sociales compartidos.

La autora es Ph. D. en Ciencia Política por la Universidad de California, Berkeley. Enseñó filosofía política y teoría social en Harvard. Profesora visitante en la Universidad Torcuato Di Tella

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