
Potencias medias y autonomía cooperativa: una doctrina para América Latina y la UE
El Acuerdo entre le Unión Europea y el Mercosur es un instrumento que crea, más allá de ciclos electorales, un área económica con reglas comunes y salvaguardas y fomenta una prosperidad compartida, frente al uso coercitivo del comercio que practican, por razones distintas, Washington y Pekín

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, supo captar el sentir de esta época cuando en enero de 2026 expuso en Davos su doctrina para las potencias medias. Su diagnóstico es difícil de rebatir: el viejo orden liberal internacional dejó de existir y la nostalgia no es una estrategia. Su propuesta tiene la ventaja de la claridad: diversificar socios y establecer asociaciones plurilaterales de geometría variable. Su máxima -”si no estás en la mesa, estás en el menú”- capta una reflexión que hoy se comparte en Europa, América Latina y parte del Sur Global: que la pasividad ante la voluntad trumpista de subordinación tiene un precio demasiado alto.
Pero esta doctrina, recibida con entusiasmo, también ha suscitado algunas críticas. Si bien estas no la invalidan, obligan a precisarla. Uno de sus bancos de pruebas es la relación entre la Unión Europea y América Latina: ninguna de las dos regiones podrá logra por sí sola el margen de maniobra que exige esta era.
La crítica más directa vino del corazón del trumpismo. Cuando Francia escenificaba la voluntad de autonomía europea en el desfile del 14 de julio de 2026, Día de La Bastilla, el subsecretario de “guerra” de Estados Unidos, Elbridge Colby se refería a esta doctrina como una fantasía, y advertía que ”el acceso a la base industrial de defensa estadounidense es un privilegio, no un derecho”. Pero resulta paradójico tratar a los aliados como vasallos, y sorprenderse luego de que busquen otros socios. Si ese “privilegio” puede revocarse a capricho, diversificar no es una distracción irracional: es un imperativo de supervivencia. En realidad, Colby no desmiente la doctrina Carney: la confirma.

Puede alegarse que las potencias medias carecen de la cohesión, capacidad militar y relación económica para ser un tercer “polo”. La energía, las finanzas y las cadenas productivas europeas y estadounidenses están muy integradas y un eventual desacople sería contraproducente. Pero es falaz cuestionar un desacoplamiento que en realidad nadie propone. Una objeción más sólida es la que señala que, más allá de la retórica, no se explica cómo esas coaliciones producirían normas y bienes públicos y qué acuerdos concretos las harían viables. No se trata de negar interdependencias que ya existen, sino precisar que el objetivo no es una suerte de autarquía sino la autonomía cooperativa: diversificar sin romper con nadie, con relaciones más simétricas, con reglas predecibles, frente a la tentación de usar esas interdependencias como arma o la falsa promesa de acuerdos transaccionales, y también fugaces. Además, ese vacío institucional no es tal: la UE, en particular, ofrece instrumentos concretos de cooperación, como la “Global Gateway”, y acuerdos reglados y verificables como los ya ha firmado con Mercosur o la India.
Queda la advertencia de Kishore Mahbubani: que esta estrategia reproduzca, con otro nombre, jerarquías que pretende superar. Occidente, Europa incluida, debe escuchar más al sur Global, y hacer frente a sus propias incoherencias y dobles estándares, que han erosionado la autoridad moral que invoca sin cesar. Pero reclamar ese cambio de actitud es una corrección, no una refutación de esta doctrina. Para ser verdaderos socios, la autonomía cooperativa se debe construir a partir del interés mutuo, de forma horizontal, sin dejar de reconocer las asimetrías.
La doctrina podría impugnarse recordando que el trumpismo encabeza una internacional reaccionaria, en ocasiones ya instalada en gobiernos europeos y latinoamericanos, que la hace inviable. Es lo que busca la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 al invocar una crisis civilizacional en Europa ante la que propone aliarse con “partidos patrióticos”. Pero esa estrategia ha fracasado en pocos meses. Orbán perdió las elecciones pese al apoyo expreso –o, quizás, a causa de él– de JD Vance, porque Bruselas ofrecía lo que Washington no podía igualar: financiación, libertades, garantías institucionales. Le Pen y Bardella se resisten a la subordinación, recuperando el viejo gaullismo. En Rumania el candidato afín a Washington fue derrotado. Meloni, consciente del valor de las ayudas europeas, está más alineada con Bruselas que con Washington. La ultraderecha británica o alemana es consciente de que su electorado rechaza a Trump. El patrón es nítido: cuando la UE es capaz de ofrecer reglas e incentivos materiales, esa pretensión de vasallaje se derrumba. Y también pesan otros intereses -economía, territorio, soberanía- que Trump ha puesto en cuestión. El intento de anexionarse Groenlandia y la guerra contra Irán han sido un parteaguas, porque afectan a cuestiones que ninguna afinidad ideológica compensa: la integridad territorial de un socio europeo, o el caos económico y geopolítico provocado por el cierre de Ormuz.

De momento, el proyecto encuentra terreno fértil en las Américas, donde no existen esos anclajes. Con un telón de fondo de inseguridad ciudadana, debilidad institucional, falta de expectativas y “mal gobierno”, con los recientes resultados electorales parece asentarse el alineamiento con Trump. Ahora bien, si este llegara a cuestionar intereses vitales, la región también podría distanciarse. De hecho, la fuerte presencia de China es una realidad que, de Brasil a Argentina o Chile, ninguna presión estadounidense puede suprimir.
La pregunta, entonces, no es si las potencias medias pueden prescindir de inmediato de Estados Unidos -nadie serio lo sostiene-, sino cómo se construyen, allí donde faltan, anclajes materiales e institucionales frente al chantaje. Por eso el Acuerdo UE-Mercosur –o instrumentos de cooperación como Global Gateway– son instrumentos de autonomía que responden a esa doctrina de potencias medias: más allá de ciclos electorales, crea un área económica con reglas comunes y salvaguardas y fomenta una prosperidad compartida, frente al uso coercitivo del comercio que practican, por razones distintas, Washington y Pekín.
La clave no es buscar una autonomía europea que mire hacia dentro, ni un Sur que reclame escucha sin reciprocidad y compromiso, sino una asociación entre América Latina y Europa que impulse una autonomía cooperativa. Europa aporta anclajes institucionales, normativos y de mercado más eficaces que los alineamientos ideológicos; América Latina, la diversificación que Europa necesita ante Washington y Pekín. Ni sustituir una tutela por otra, ni ser la periferia sentimental de nadie: una relación horizontal entre dos regiones que rechazan ser parte del menú, y que, juntas, pueden estar en la mesa.
Catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, exdirector de Fundación Carolina y exasesor para América Latina y el Caribe de Josep Borrell, alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad



