Pregúntales a las estrellas

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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7 de julio de 2017  

En los Estados Unidos, para horror de mucha gente razonable, la astrología se encuentra en un período de bonanza inigualado desde los tiempos de la antigua Babilonia." Parece una observación muy actual, ¿no es cierto? Sin embargo, el párrafo figura en una extensa nota publicada en la revista Life ¡el 18 de abril de 1960! Hace 57 años, el autor también consigna otro dato que suena conocido: la lista de países en los que la astrología y el consumo de horóscopos eran una suerte de deporte generalizado entre personajes públicos y anónimos era interminable.

A diferencia del Astrólogo pergeñado por Roberto Arlt en Los siete locos, que él describe "cubierto con un guardapolvo amarillo y la galera echada sobre la frente (...), con algunos mechones de cabello rizado sobre las sienes, y la nariz extraordinariamente desviada hacia la izquierda", los actuales pronosticadores del futuro, basándose en los astros, se presentan como "intérpretes" de un saber ancestral, aunque nadie sabe bien en qué consiste.

Carl Sagan cuenta en Cosmos (Planeta, 1980) que la idea de que los movimientos de los planetas determinaban el destino de reyes, dinastías e imperios se desarrolló hace miles de años como una extraña combinación de observaciones, matemáticas, datos cuidadosamente registrados, "pensamientos confusos y mentiras piadosas".

Pero la astrología personal nació hace alrededor de 20 siglos con Claudio Tolomeo, que trabajó en la Biblioteca de Alejandría y fue quien codificó la tradición astrológica babilónica. Él creía que la posición de los planetas y las estrellas influía hasta en la estatura, el aspecto, el carácter nacional e incluso las anormalidades físicas congénitas (pero también hizo valiosos aportes astronómicos, como ponerles nombre a numerosas estrellas, catalogar su brillo y establecer normas para predecir eclipses).

La creencia en los efectos a distancia de las constelaciones adquirió tal difusión que, cuenta Sagan, en las estadísticas de la ciudad de Londres de 1632, entre 9535 decesos consignados, 13 se atribuían a "muerte por el planeta".

Créase o no, los horóscopos siguen gozando de buena salud, a pesar de lo fácil que resulta desbaratar los argumentos que los respaldan: basta con verificar las diferentes trayectorias de vida de los mellizos, que nacen bajo el influjo de la misma alineación astral.

Otro detalle particularmente interesante es el que destaca el astrofísico Alejandro Gangui, investigador del Conicet en el Instituto de Astronomía y Física del Espacio, en su apasionante artículo sobre el tema: Dante, astrología y astronomía (Ciencia Hoy, 2008). Allí, llama la atención sobre algo que suele pasar inadvertido. Los signos que se publican habitualmente no son correctos... a menos que uno haya nacido hace un par de miles de años. Hoy no hay doce constelaciones a lo largo del camino del Sol, sino trece. La adicional se llama Ofiuco, por un personaje mitológico que era el portador de serpientes. El Sol pasa por Ofiuco entre el 30 de noviembre y el 17 de diciembre.

Según el científico, "Debido al movimiento secular de la precesión [cambio de dirección del eje terrestre], el Sol no coincide con las mismas constelaciones del cielo en los sucesivos solsticios y equinoccios (...). Así, una persona nacida el 23 de marzo de hace unos 2000 años lo hizo cuando el Sol estaba entre las estrellas de Aries (el Carnero). En la época actual, en esa fecha está en la constelación de Piscis".

Tal vez la explicación del éxito de los horóscopos radique en que hay algo tranquilizador en dejar fuera de juego el libre albedrío y depositar en manos de otros (en este caso, de los astros) nuestros logros y fracasos. Tolomeo lo dijo de modo más poético: "Soy mortal -escribió-y sé que nací para un día. Pero cuando sigo a mi capricho la apretada multitud de las estrellas en su curso circular, mis pies ya no tocan la Tierra...".

Por: Nora Bär
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