
Puritanos, publicanos y fariseos
Por René Balestra Para LA NACION
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En esta época de puras palabras, hay que volver a las palabras puras.
Pedro J. Frías
ROSARIO
Es seguro que estoy influenciado por el congreso de la lengua española que se realizará en mi ciudad. Todas las lenguas sirven para expresarse. No es la única forma que los seres humanos tenemos para hacerlo. La danza, el canto, la música, el repertorio infinito de los gestos también nos pueden expresar. El idioma de las palabras nos sirve también para que nos entiendan y para que nosotros podamos entender a los otros. Es más: gracias a que entendemos o sabemos quiénes son los otros, podemos realmente conocernos a nosotros mismos. Por comparación. Desde el inicio de la aventura humana, desde Sócrates, “conócete a ti mismo” es la clave de bóveda de toda vida propiamente humana. Pero, desde la torre de Babel, junto con el instrumento teórico de la claridad, que son las palabras, viene adherida como una lapa la confusión. La confusión natural y la orquestada; la de nuestros propios límites interiores y la amañada por la mala fe de los otros.
En un pequeño libro clásico de introducción a la sociología, Ely Chinoy señala la ardua tarea de ponernos de acuerdo sobre el significado de los conceptos. Agrega que sin un mínimo convenio básico es imposible pensar. Esta regla es también válida para la política. Para la política como ciencia universitaria, para la política como actividad concreta que tiene que ver con el Estado y para la política como preocupación o como ocupación de cualquiera. En el turbulento mar de la política argentina, desde hace décadas, los términos han sido vaciados. Vivimos un mundo de etiquetas trastrocadas. Tenemos, hay que reconocerlo, un universo de transgresores. Pero ésos están lo suficientemente expuestos, señalados, proclamados y condenados. Por lo menos, de la boca para afuera. Lo que también integra el oscuro presente argentino son oleadas de puritanos. Las señoras y los señores autoproclamados perfectos que militan en el gobierno actual y en la oposición actual. Ellos –repasemos los sinónimos– son rígidos, austeros, severos, inflexibles, rectos, ascéticos, abstinentes, místicos. Pero, sorpresa no tan sorpresa, en el Gran Diccionario de Sinónimos de Fernando Corripio (Editorial Bruguera, 1979) aparece al final de esa lista de palabras correlativas, casi como el veneno del alacrán en su cola, la palabra “hipócrita”.
La simulación y el travestismo no son inventos argentinos. Se conoce, en el nivel internacional, el inmenso ego que nos atosiga. Pero no podemos llegar a tanto como para creer que el engaño tenga cuño de nuestro país. Lo que sí tiene marca registrada es un estilo, una manera, una forma de vivir fuera de la verdad, que es el pecado original de nuestros males presentes. Y como ese estilo tiene vida lozana en nuestros días, en el Gobierno y en la oposición, el país sigue como sigue. Los publicanos, en el derecho romano, eran los cobradores de impuestos; los que recaudaban los diezmos. Eran odiados y ese odio se transmitió al lenguaje. Los publicanos fueron los pecadores para la literatura bíblica, pero con un agregado, si se quiere, aliviador: se asumían como pecadores y pedían la gracia del perdón divino. Los fariseos, no. Eran pecadores, como los publicanos, pero escondían y negaban sus vicios. Se presentaban como impolutos, pero estaban llenos de máculas.
Como se ve, por una asociación mínima y un poder elemental de observación, los publicanos y los fariseos no pertenecen solamente a la literatura bíblica. Tienen una formidable vigencia. En todas partes del mundo y en nuestro propio país. En la vidriera iluminada de la política argentina actual tenemos pícaros publicanos asumidos que, si no imploran perdón, por lo menos no pregonan pureza. Pero tenemos fariseos de todo tipo y color que pontifican sobre lo que son sus falencias. En este tiempo de congreso de la lengua española recordemos el aforismo: “De lo que pregonas, adoleces”. Como personajes virginales que acabaran de llegar al edén de la política, los fariseos se olvidan de su ayer, de sus enriquecimientos indebidos merced a la utilización espuria de los mecanismos del Estado y de todo lo que configura su biografía real.
Si lográramos etiquetar de nuevo y poner “vinagre” donde actualmente se lee “champagne”, me parece que empezaríamos a salvarnos. Aprendiendo de los budistas que la clave no está en llegar, porque no se llega nunca, sino en poner la planta sobre el sendero correcto.




