Quiénes son hoy Sharon y Arafat
Thomas L. Friedman
1 minuto de lectura'
NUEVA YORK.- Cuando Israel invadió el Líbano en 1982 hubo un momento en que un francotirador israelí, en Beirut, tuvo en la mira al líder palestino, Yasser Arafat. Sin embargo, el francotirador tenía la orden de no matarlo porque el gobierno israelí pensaba que la reacción mundial le sería muy desfavorable. De manera que el francotirador, en cambio, le sacó una foto al líder palestino.
El actual primer ministro de Israel, Ariel Sharon, era en ese entonces ministro de Defensa. Diecinueve años después, Sharon y Arafat están una vez más acechándose recíprocamente.
Parece que mucho ha cambiado desde aquel turbulento verano (boreal) de 1982. Pero que nadie se engañe. Esos dos viejos guerreros de nuevo se tienen mutuamente en la mira.
Sharon sigue pensando que Arafat es un terrorista mendaz resuelto a acabar con Israel, mientras que Arafat sigue pensando que Sharon es un asesino implacable resuelto a aniquilar el nacionalismo palestino.
A los dos les gustaría poner fin a lo que iniciaron en 1982 y a cada uno de ellos le gustaría eliminar políticamente al otro. Pero lo sorprendente de su "partido revancha" es la manera diferente en que ambos plantean su estrategia.
Sharon no ha olvidado nada de Arafat, pero aprendió algo de los propios errores que cometió allá por el verano (boreal) de 1982. ¿Cómo es eso? Sharon cree que fue derrotado en el Líbano no por los palestinos, sino por los sectores de centroizquierda del pueblo israelí (que se opusieron a la guerra y organizaron inmensas manifestaciones de protesta en las calles, lo cual impidió que Sharon exterminara a Arafat y a la Organización para la Liberación Palestina), y por los Estados Unidos y el resto del mundo, que también se opusieron a la guerra después de la masacre de Beirut, lo cual impidió que Sharon rehiciera el Líbano.
Por lo tanto, el "nuevo" Sharon está haciendo todo lo que puede para consolidar el gobierno de unidad nacional, seducir a la prensa de Israel y del mundo, caerles bien a los Estados Unidos, y refrenar sus impulsos en caso de que tanto los palestinos como los sirios lo inciten a tomar represalias excesivamente sangrientas.
Mientras el nuevo Sharon aún quiere destruir a Arafat, al estilo del Sharon de antes, sabe bien que no podrá salirse con la suya políticamente a menos que Arafat se ponga muy en evidencia al estilo del Arafat de antes.Y acaso el líder palestino simplemente trate de conciliar diferencias con él.
Arafat olvidó las dos lecciones de la guerra del Líbano. La lección número uno: los palestinos no podrán vencer al ejército de Israel en una guerra convencional.
Podrán hacerles la vida imposible a los israelíes, pero jamás podrán derrotar a Israel.
Cuando lo intentaron, fueron arrollados en el Líbano, y sólo fueron los excesos de Sharon los que provocaron que la opinión pública tanto de Israel como del mundo entero se volcara en contra de la guerra y salvara a Arafat de la aniquilación total en 1982. La nueva intifada es tan sólo otro intento infructuoso por parte de los palestinos para echar por la fuerza a los israelíes de la Margen Occidental.
La lección número dos señala que la única vez que los palestinos progresaron realmente en su afán por alcanzar la condición de Estado fue cuando consiguieron cierto poder de parte de la propia nación israelí, es decir, cuando lograron que los sectores israelíes de centro-izquierda respaldaran la posición negociadora palestina y, consecuentemente, presionaran al gobierno de Israel para que aceptara lo que querían los palestinos.
Nada consiguieron los palestinos de parte de las Naciones Unidas, de los Estados Unidos, de los rusos, ni de los árabes.
Fue el poder de los sectores de centroizquierda israelíes lo que salvó a los palestinos en el Líbano y les procuró la posibilidad de negociar en dos oportunidades en Oslo.
Y es también el único poder que puede procurarles a los palestinos la posibilidad de alcanzar la condición de Estado.
En lugar de ganarse el favor de los sectores de centroizquierda israelíes -el único poder que puede obligar a Sharon a levantar los asentamientos israelíes-, Arafat se apartó de ellos cuando promovió la nueva intifada, después de un formal ofrecimiento de paz por parte de Israel en Camp David. Arafat ha hecho algo que el propio Sharon nunca pudo hacer en 1982: que tanto el centro como la izquierda israelíes se conviertan y adopten el criterio de Sharon sobre este conflicto, es decir, que se trata de una lucha a muerte entre israelíes y palestinos.
Con todo, los sectores israelíes de centroizquierda -dos tercios de la población- aún anhelan la paz con los palestinos, y si uno no comprende esto tampoco comprende a Israel y su permanente afán de normalidad.
El pueblo palestino puede todavía ganarse el favor de esos dos tercios, pero sólo si pone sobre la mesa de negociaciones un plan de paz verosímil y digno de confianza que afiance la permanencia del Estado judío.
Respecto de Arafat, probablemente pueda negociar para los palestinos un cese del fuego o dos de parte de Israel, e incluso un nuevo acuerdo transitorio, pero no la paz definitiva. Y no porque Arafat sea proclive al error, sino porque cuando uno comete el mismo error una y otra vez ya no se puede hablar de error sino de desatino.
Se trata de quién es uno y de lo que defiende. Y por ser Arafat quien es y por defender lo que defiende, nada de eso es compatible con un acuerdo de paz definitivo.
(Traducción de Luis Hugo Pressenda)




