Química de la atracción
Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Una de las novelas que mejor indaga en los mecanismos de la atracción amorosa cumple doscientos años de su primera edición. Las afinidades electivas , de Goethe, cuenta la historia de una pareja y sus respectivos pliegues y roturas. Más allá de la escritura, bella en sus formalismos, de mordaz sutileza en los planteos, podría leerse en clave contemporánea como la tragedia en un swinger .
Eduard y Charlotte, viven juntos en una casona, fascinados por lo bien que se llevan. Conversan a gusto, se respetan, no se cansan de estar juntos. Hasta que sienten la necesidad de testimoniarlo. Primero es él quien busca exhibir la alegre unión y le propone a su mujer hospedar unos días a un amigo. Ella, sorprendida por este afán de abrir el juego, o por lo menos darlo a conocer, aprovecha para introducir su propio elemento disruptivo e invita a una sobrina que vive tristemente en un internado. No sabe que la tristeza de un tercero puede convertirse en codiciada presa de un ambicioso benefactor. Como escribe Goethe: "Nada más influyente en una situación que la intervención de una tercera persona". Así, Eduard comenzará a desviar su atención hacia Ottilie, la sobrina de su esposa, hallando en esta nueva integrante de la casa -ya que la invitación se convierte rápidamente en estada- el vislumbre de una alianza de suprema delicadeza. La nueva intensidad atenta contra la armonía de aquella pareja primordial, al tiempo que delata lo perentorio de las relaciones que pretenden fijar sus sentimientos como quien cuelga un cuadro para sostener una pared.
Ya en las primeras páginas se enciende la mecha del devenir, en una maravillosa conversación que sostienen tres personajes acerca del fenómeno de las "afinidades" en los procesos químicos. La idea de la elección o de lo que se impone -tan fundamental en el romanticismo alemán- aparece bajo la forma de sustancias que se atraen o repelan, según el proceso que las involucra. La diferencia entre elección y necesidad de la naturaleza está vinculada a los químicos llamados "artífices de separaciones". Otra frase sagaz se cuela en la charla científico-filosófica: "Las relaciones comienzan a ser interesantes cuando provocan separaciones". Trasladado a las formas elementales, la novela ofrece el ejemplo de la piedra caliza, íntimamente ligada a un ácido débil que se conoce en forma de gas. Al introducir un fragmento de esta piedra, o sea cal, en ácido sulfúrico diluido, primero éste ataca la cal, pero aparece luego unido a ella en forma de yeso, mientras que el ácido débil y gaseoso desaparece. El amigo invitado comenta: "Aquí se ha producido una separación, ha surgido una nueva combinación, y uno se siente autorizado incluso a utilizar el término de «afinidad electiva», puesto que realmente parece como si se prefiriera una relación a otra o existiese una elección preferencial". Charlotte, anticipa la pérdida: "Qué pena me da el pobre ácido gaseoso que tiene que volver a seguir vagando por el infinito?".
Una obra maestra publicada en 1809, reeditada recientemente, tan en vigor como la ley del deseo.

