Quince minutos de fama
Por Alina Diaconú Para LA NACION
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La fama es espuma en la corriente de la vida.
Rabindranath Tagore
Pocas frases se hicieron tan famosas como ésta, de Andy Warhol: “En el futuro, todos tendremos quince minutos de fama”.
Acaso porque la vida se ha vuelto tan precipitada, tan vertiginosa y tan parecida a un videoclip, la metáfora del padre del pop art resultó tan contundente como veraz. Pero en esta frase hay también algo fundamental que está latente más allá del tema del tiempo y de lo efímero, y es la sed de notoriedad que en las últimas décadas se ha desatado, sobre todo, entre los habitantes de las grandes ciudades.
A raíz de los destrozos provocados en el shopping del Abasto por jóvenes de bandos enfrentados, se supo algo más sobre el afán de fama que implica el fotolog. Un muchacho confesó: “El fotolog permite obtener popularidad de manera simple y divertida. Mostrando nuestras fotos por Internet, buscamos tener aceptación en el sexo opuesto”.
Hace pocos meses, en The New York Times apareció un interesante artículo firmado por Benedict Carey, cuyo título, en traducción, decía: “Por qué tanta gente se desvive por ser famosa”. La nota se refería a este fenómeno social , tratando de hurgar en los factores psicológicos que hacen que millones de personas quieran “encender la mirada de los otros, entrar en un cuarto lleno de gente y sentir que la conversación se detiene”. Se destacaba como causante el ansia subyacente de aceptación social y de una supuesta seguridad por parte de todas estas personas deseosas de notoriedad y de celebridad.
Según el psicólogo Jeffrey Greenberg, de la Universidad de Arizona, “dada la conciencia de nuestra mortalidad, para funcionar con seguridad necesitamos sentirnos protegidos de este desafío existencial”. Añade Greenberg: “Tratamos de vernos como valiosos contribuyentes de un mundo significativo. Y cuanto más nos valoran los otros, más especiales y, por lo tanto, más seguros nos sentimos”.
Investigaciones realizadas en ciudades de Alemania y China, cuenta el artículo, encontraron que el 30% de los adultos observados dice tener fantasías rutinarias acerca de ser famosos, y más del 40% espera disfrutar de una dosis, aunque pasajera, de fama.
La necesidad de ser reconocido, admirado, la ansiada aceptación por parte de los demás, para cumplir, así, con ideales propios y ajenos, se constituirían en ejes de esta búsqueda de notoriedad. “[Pero] los ideales que los demás depositan en uno son enloquecidos, y es virtualmente imposible alcanzarlos”, manifestó el psicólogo Mark Schaller. Esto hablaría claramente de la frustración que suele acompañar esta búsqueda. “La fama es puro cuento”, rezaba la letra del tango Vieja viola. Sería, en verdad, la espuma a la cual alude Tagore en el acápite de esta nota. La espuma es bella a la vista, pero superficial, volátil, ya que se puede deshacer en un instante.
En un medular ensayo sobre la idea de la fama, el filósofo español Gustavo Bueno se refirió a los distintos tipos de fama que pueden hallarse y terminó por analizar lo que él llama “fama de notoriedad”. “Quien busca la fama de notoriedad, casi nunca la encuentra; quien se encuentra con ella, acaso no la había buscado.”
Recordamos el interrogante planteado por Erasmo de Rotterdam, en el siglo XVI, en su libro Elogio de la locura: “¿Qué es, decidme, lo que mueve al ingenio humano a cultivar las artes, tenidas como excelsas, y transmitirlas a la posteridad? ¿No es la sed de gloria?”. Y concluye su cuestionamiento afirmando que la fama es la cosa más quimérica de la Tierra.
Si buscamos en el diccionario la definición de “fama”, encontraremos que en una de sus acepciones (la que nos ocupa) significa “opinión general acerca de la excelencia de un sujeto en su profesión o arte”.
Acaso sea éste un concepto ya un tanto perimido. Porque ser hoy famoso puede estar en las antípodas de estas contemplaciones culturales. Basta con que alguien aparezca por televisión, en una noticia que puede ser policial o incluso en un programa como Gran Hermano, para que consiga los quince minutos de fama de Warhol o mucho más. A veces, son horas, días y hasta meses. Esta fama estaría más cerca de la popularidad que de la noción de prestigio que antes implicaba el concepto de fama. Y así, de inmediato, el nombre del interesado se vuelve renombre, gracias a los eficaces medios de comunicación.
Se cumpliría, de este modo, lo que una vez alguien aseveró (aludiendo al enfoque de la revista Interview, creada por Andy Warhol), y que podríamos considerar un axioma de esta exitista posmodernidad: “Me fotografían, luego existo”.
Es como si la notoriedad llenara un vacío existencial y diera consistencia a la vida de alguien, por el mero hecho de hacerlo aparecer en un impreso o en la hipnótica pantalla chica. Esto llevaría a una patética consecuencia, que podríamos parafrasear así: “Si no me fotografían o no me filman o no me entrevistan, no soy nadie, no existo”. Por algo muchos hablan de lo mortífero de la fama, de su poder aniquilador. Los grandes personajes del mundo del espectáculo que murieron muy jóvenes fueron, seguramente, víctimas de esa fama que parecería ser como la zanahoria del burro, como un pozo sin fondo. Surgen, así, los nombres de Marilyn Monroe, Jimmy Hendrix, Jim Morrison, Elvis Presley y John Lennon, entre muchos otros. Y el reciente caso de la muerte del actor australiano de 28 años Heath Ledger. De esta manera, la fama cosecha sus penosos mártires, admirados y envidiados, en una condimentada mezcla de droga, alcohol y locura.
Entre nosotros, el poeta surrealista Aldo Pellegrini habló del “delicioso gusto amargo de la fama”.
Para verla desde otro ángulo y agregar un toque de humor a tan serio tema, vamos a citar lo que opina Woody Allen sobre los famosos, con conocimiento de causa: “Una celebridad es una persona que se ha pasado la vida tratando de llegar a famosa y que cuando lo logra usa lentes negros para que nadie la reconozca”.
Son muchas las facetas que reviste la fama. Desde las más mezquinas hasta las más loables, desde las más idílicas o ingenuas hasta las más crueles o las más cómicas. ¿Quién no se acuerda del chiste en el que un vecino se preguntaba: “¿Cómo puede ser que Fulano sea tan famoso si tomaba el café conmigo todas las mañanas, en el mismo bar?”.
La fama es caprichosa, se dice en la nota de The New York Times, y su efecto en las personas, imprevisible. Tal vez sea ésa la razón de su atrayente aroma: sus secretos, sus alegrías y tristezas, la alquimia privada revelada sólo a aquellos para quienes la puerta de la fama se abre.
Parecería que casi siempre detrás del deseo de salir del anonimato, de ser famoso, de ser reconocido, hubiera un agujero afectivo, inseguridades de distinta índole, un hueco que necesita ser llenado con la aprobación ajena, con el reconocimiento o la valoración que a lo mejor no existieron en la primera infancia, en la segunda o, acaso, nunca. Quizá sólo se trate de una necesidad básica de los seres humanos, que a veces puede llegar a ser desesperada: la de sentirse amado.


