
Rateros impunes
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Ratero: dícese, según el diccionario de la Real Academia, del ladrón que hurta con maña y cautela cosas de poco valor/ 2. Que va arrastrando./3. Que va por el aire, bajo, a ras del suelo./4. Bajo, vil, despreciable.
Cualquiera de esas acepciones -o todas, al mismo tiempo- le cuadran a la legión de infames sujetos que, desde hace bastante tiempo, medran impunemente en las calles de Buenos Aires. La ciudad, según ciertas estadísticas -y sus defensores-, sigue estando entre las más seguras del mundo; los hechos demuestran lo contrario.
El miércoles último, una Pérez madura concurrió a la sucursal bancaria en que cobra mensualmente sus haberes jubilatorios y los de su madre. Al entrar, distrajo fugazmente su atención la vincha que ostentaba alguien que estaba en una de las filas. Esperó su turno, presentó los recibos y percibió lo que debía cobrar.
Salió, cruzó la calle y entró en un negocio, del que se retiró casi de inmediato; al aprestarse a volver a cruzar percibió que a su izquierda había una moto en marcha. De inmediato, una mano la empujó y la tiró de bruces sobre el asfalto; la Pérez de marras cayó sobre el monedero en que llevaba el dinero. Terca, se resistió al tironeo que intentaba arrebatárselo: un puntapié en las costillas y otro en la cabeza vencieron su resistencia.
Logrado su objetivo, el hombre de la vincha saltó sobre la moto que lo esperaba y huyó.
Eran las 14. Ese episodio no ocurrió en ningún suburbio ni en alguna callejuela aparatada sino apenas a dos cuadras del Departamento de Policía.
Los grandes robos desencadenan grandes investigaciones y son esclarecidos en considerable proporción. La sensación de ira e impotencia de los perjudicados suele ser el único saldo de estos pequeños dramas cotidianos.
Ayer por tarde, a las 13, otra Pérez aguardaba el colectivo en Directorio y Olivera. Por delante de ella pasaron dos adolescentes en bicicleta, descalzos y en cueros; como quien no quería la cosa, el más próximo estiró el brazo derecho y arrancó la cadena de oro -mucho más valiosa en lo sentimental que en lo material- que pendía del cuello de la joven; al alejarse, el ratero se reía.
Ninguna de las dos Pérez pudo apelar al auxilio inmediato de algún funcionario policial, porque ni siquiera medianamente cerca pudo encontrar alguno. Sin embargo, con frecuencia es dable observar en la zona céntrica a agentes de policía ocupados en verificar los parquímetros para comprobar si los autos estacionados no están excedidos del lapso que abonaron y hacerles la boleta.
¿La ciudad es segura? Los Pérez que fueron víctimas de ésos y tantos más episodios por el estilo, vulnerados e indefensos de toda indefensión ante el progresivo avance de la marginalidad, se sienten amedrentadas y, es probable, no están muy convencidos de que así sea.
Rateros hubo siempre, es cierto. Pero ocurre que antaño las raterías eran más esporádicas, no venían tan cargadas de violencia y, por ende, la ciudad resultaba ser más amable. ¿Que en otras metrópolis las raterías son mucho peores? ¡Mal de muchos, consuelo de tontos!
Cada quien tiene su cruz. Mas los vecinos de Buenos Aires parecen estar condenados a cargar con varias al mismo tiempo, al margen del calor y la humedad.
Entre tales cruces no es para nada liviana la que implica tener que lidiar a diario con complejos mecanismos burocráticos; en suma, con la máquina de impedir.
Están cansadísimos de hacerlo los vecinos de Flores que desde hace 16 años -ni uno más, ni uno menos- bregan para que el predio circunscripto por Nazca, Neuquén, Terrada y Páez deje de ser un baldío cubierto de malezas -excepción hecha de un templo y dos casas en que antaño hubo un convento- y se convierta en plaza, según dispone nada más ni nada menos que una ley de la Nación.
Los vecinos aspiran a contar con una plaza verde, provista de juegos infantiles que contemplen las necesidades de los discapacitados. Y que la preservación de las casas de marras permita instalar en ellas un centro cultural y un lugar de esparcimiento para la tercera edad.
Tienen todo, pues, salvo la voluntad política ajena de que su veterano sueño se torne en realidad.
De momento, sólo tres agentes municipales, pico y pala en mano, remueven esos 11.000 metros cuadrados. Demasiado terreno baldío para una ciudad que, precisamente, padece por la falta de espacios abiertos destinados al descanso y la recreación.




