
Réquiem para un sueño
La gesta de los barbudos de Sierra Maestra reunía todos los ingredientes de una poderosa historia romántica

Fue el gran sueño de nuestra generación. La gesta de los barbudos de Sierra Maestra reunía todos los ingredientes de una poderosa historia romántica: la lucha por la libertad, la estética guerrillera, el sacrificio de jóvenes de la burguesía que abandonaban su comodidad para darle voz al reclamo profundo de los cortadores de caña explotados por las empresas norteamericanas, el liderazgo personal de un carismático personaje y la envoltura suprema de una utopía social que se reencarnaba en justicia social y libertad.
Confieso que en lo personal nos duró poco el ensueño. Como periodista, cubrimos los episodios que rodearon la asunción de Fidel como primer ministro, luego de la renuncia del presidente Urrutia. Estuvimos en Cuba en 1959 cuando esos dramáticos cambios transformaban la cúpula gubernamental. La celebración del primer 26 de julio fue una manifestación imponente. Camilo Cienfuegos entró al frente de una enorme caballada. Miles y miles de cañeros golpeaban sus machetes, que reverberaban bajo el sol caribeño. Fidel habló durante horas. Se alojaba todavía en el viejo Hotel Havana Hilton (ya rebautizado Habana Libre) y una noche, mientras esperábamos el ascensor, se abrió la puerta y estaba allí el mismísimo Comandante con dos custodias. Me abalancé y no bien arrancó el ascensor le impugné haber provocado el alejamiento de Urrutia, un juez que se había jugado para liberarlos. Empezó un discurso, nos bajamos del ascensor y siguió, pulgar en ristre, declamando sobre las necesidades de la revolución. Años más tarde, en las Cumbres Iberoamericanas, evocamos el episodio. “Mi conservador predilecto”, me decía en cada ocasión y yo, también reiterativo, “¿qué eres tú que conservas el poder hace cuarenta años...?”.
Por entonces no asumimos que el régimen iba hacia el comunismo, porque el propio Partido Comunista, conducido por Juan Marinello, había estado cerca de la dictadura de Batista. Sin embargo, ya algunos periodistas norteamericanos que lo habían hecho célebre, como Herbert Matthews, del New York Times, y especialmente Jules Dubois, del Chicago Tribune, comenzaban a sospechar lo que después se vino. En aquel momento lo que sí advertimos fue el nacimiento de un clásico caudillo latinoamericano y así lo escribimos, para sorpresa de nuestros propios lectores, aún afines a aquella mística revolucionaria de la libertad. Era esta tan fuerte que ni siquiera había cundido el horror ante los juicios sumarios del Che Guevara en la Fortaleza de La Cabaña, donde fusiló a más de 500 “contrarrevolucionarios”.
El mundo intelectual de la época apoyó sin fisuras a la revolución y aún lo sostenía en 1971 cuando el procesamiento del poeta Heberto Padilla partió las aguas. Nada fue más triste que la escena de su grotesco arrepentimiento, con el acusado reconociéndose culpable de todos los males. Por entonces se prohibió la circulación de Paradiso, de Lezama Lima, y de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, este ya exiliado. Mario Vargas Llosa, Octavio Paz y Carlos Fuentes pasaron a ser críticos del régimen y, como consecuencia, a sufrir los ataques más virulentos de la nomenklatura fiel al comunismo.
Nada le hizo mejor al régimen que la torpe invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y el embargo comercial que decreta Kennedy luego de las expropiaciones de las empresas norteamericanas de banca y azúcar. Haberlo mantenido hasta hoy le ha permitido seguir hablando de un inexistente “bloqueo”, cuando el mundo entero ha estado abierto para comerciar con la isla. Como se sabe, su creciente atraso económico lo soslayó el apoyo soviético, generosamente sostenido hasta 1990, en que se inicia el llamado Período Especial. Allí aparecerá un inesperado espónsor ideológico: Chávez. Finalmente, la realidad se hará insoslayable y Cuba caerá en la decrepitud absoluta, con restricciones de energía en los hogares que ni países en guerra han sufrido. Ahí aparece Trump y, en este caso, da la impresión de que, en medio de la desesperación, el régimen no ha tenido otro camino que enterrar sus viejos ideales: reabrir los mismos bancos norteamericanos que confiscó, transformar en sociedad por acciones las empresas del Estado, abrir la inversión en el sector de combustibles al capital extranjero, liberar el mercado monetario, autorizar la participación de cubanos residentes en el exterior (los viejos “gusanos”) en empresas sin límite de tamaño, etcétera, etcétera. Son 176 medidas.
No hay duda de que aquel sueño hecho pesadilla hoy da lugar a un sepelio de los dogmas
Por cierto, en EE.UU. reina el escepticismo sobre la sinceridad de estas reformas. Sin embargo, no hay duda de que aquel sueño hecho pesadilla hoy da lugar a un sepelio de los dogmas. Quien asome a Cuba Debate, periódico digital del régimen, verá como algo recurrente el reclamo de “cambio de mentalidad” y la insistencia en el valor de la empresa privada. La presión de Trump le ofrece todavía a la isla un aura de resistencia, pero estas medidas son la confesión del fracaso rotundo de la economía colectivista, de la pérdida de iniciativa individual, de la carencia de inversión en sectores tan fundamentales como la energía. Solo el ingenio clásico del pueblo cubano le permite sobrevivir en la precariedad.
El sueño terminó. Cuba es el último exponente del fracaso marxista que se derrumbó con el Muro de Berlín en 1989.
Ni el “hombre nuevo” apareció ni el monocultivo azucarero se superó. Solo los subsidios del exterior mantuvieron con vida al régimen. Salvo en algunas cabezas blindadas para reconocer la realidad, solo se ven hoy los despojos de un sueño liberador que ha dejado tiranía y pobreza, atraso y anomia. En toda nuestra América Latina, además, el reguero de sangre de las guerrillas que encendió y los golpes de Estado que, a su pesar, terminó alentando.
No será sencillo reformular a tres generaciones ya educadas en el colectivismo, que todavía se emocionan ante el retrato del Che y su boina
El horizonte es una difícil reconstrucción democrática o la coexistencia de regímenes al modo chino o vietnamita. No será sencillo reformular a tres generaciones ya educadas en el colectivismo, que todavía se emocionan ante el retrato del Che y su boina. Sin embargo, no hay retroceso posible. La agonía será más corta o más larga, más piadosa o más penosa, pero es terminal.


