
Rescate del templo de San Ignacio
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Los pronósticos pesimistas acerca de las consecuencias negativas que la inveterada despreocupación por el patrimonio arquitectónico histórico de la ciudad era susceptible de provocar se han convertido, lamentablemente, en dura realidad. El templo de San Ignacio, considerado el edificio más antiguo de Buenos Aires y parte esencial de la Manzana de las Luces, ha sufrido daños estructurales. Es menester, pues, que una profunda y solidaria intervención obre de manera tal que pueda ser rescatado de su actual situación.
Casi de más está decir que los años pesan. El templo, que aún guarda vestigios de su antecesor construido en 1675, fue inaugurado en 1722, cristalizando un proyecto del jesuita Juan Krauss. Pero sería injusto atribuirle los inconvenientes actuales sólo a esa venerable antigüedad. Asimismo, inciden sobre la deteriorada estructura el descuido generalizado que es común a casi todos los inmuebles históricos porteños. Y no menos agresivas pueden haber sido, entre otras causas, las vibraciones provocadas por el incesante tránsito de las numerosas líneas de colectivos que el año último circulaban por delante de él.
Ahora, y a pesar de la resistencia de las empresas de transporte público de pasajeros, la oportuna determinación de la Legislatura local vedó, desde principios del año actual, la circulación de esas pesadas unidades. Pero, lamentablemente, la positiva medida de preservación llegó tarde.
Según los expertos, la torre norte -primera que tuvo el templo- ha "descendido y girado hacia Bolívar y Alsina". Además, la fachada exhibe fisuras horizontales y verticales -algunas siguen progresando- provocadas, se estimó, por la dilatación y la contracción de la bóveda de cañón corrido que cubre la nave central, falla que pone en riesgo la estabilidad de la espadaña.
Una comisión especializada, integrada por funcionarios nacionales y de nuestra ciudad, se ocupa de evaluar la magnitud de esos daños, incluso mediante la realización de excavaciones y cateos destinados a determinar si han sido afectadas los cimientos del edificio. La calle Bolívar fue cerrada al tránsito de vehículos de cualquier clase. Entretanto, la guardia de auxilio del gobierno local apuntaló el frente y lo afirmó con anclajes horizontales. Una vez efectuado el diagnóstico, será encarada la reparación de ese irreemplazable testigo del pasado de los argentinos.
Debe juzgarse como calamitoso, sin duda, el hecho de que el deterioro de la iglesia haya llegado a esos extremos. No es razonable, sin embargo, que la recuperación en ciernes pueda ser demorada por estériles debates en torno de las responsabilidades emergentes de ese percance edilicio. La empresa para devolverle a San Ignacio su integridad tiene que convocar a todos los organismos competentes y, también, a la solidaria iniciativa privada. Sobre todo, cuando llegue el momento de resolver el dilema de cómo serán afrontados los gastos que habrá de requerir esa obra para nada pequeña.
Entretanto, la tan crítica situación del templo, en cuyo interior, por ejemplo, hace bastante más de un siglo y medio fue realizada la ceremonia fundacional de la Universidad de Buenos Aires, debería inducir -por lo menos- a que reflexionemos como sociedad sobre los resultados del generalizado desinterés existente por la protección del patrimonio cultural que materializa la historia de nuestra nacionalidad, indiferencia a la cual se suelen sumar endémicas faltas de recursos y no menos persistentes trabas burocráticas.
Sabido es que en la Argentina hay muchos y urgentes problemas que atender. A pesar de ello, no está de más que, sin descuidar esas prioridades, también le prestemos atención al paulatino deterioro de esos bienes cuyas pérdidas totales o parciales suelen ser insolubles. Innumerables experiencias han demostrado de sobra que un país sin memoria es un país sin futuro.




