Reyes, otra noche de amor
Por Jorge Mario Bergoglio Para LA NACION
1 minuto de lectura'
EN la noche oscura del vacío, cuando nada aún había venido a la existencia, Dios hizo la luz. “Vio Dios que la luz estaba bien y apartó Dios la luz de la oscuridad, y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche».” Y cuando Dios modeló al hombre, lo transformó en “barro besado”. Al insuflarle su hálito de vida, elevó la materia para siempre, lo hizo familiar suyo. A imagen y semejanza.
En la noche de su historia, el hombre ha sabido de confusiones y pérdidas; bien lo expresa Leopoldo Marechal, refiriéndose a San Agustín, “en cuyas confesiones resuenan tan a menudo la voz del hombre perdido y recobrado en el laberinto de las cosas que lo rodean y le hablan como en enigma”. En esa búsqueda existencial la humanidad se debate y se pregunta por su origen y destino. Y la respuesta va llegando: aparece la luz de los patriarcas. Ellos recibieron de Dios un legado de normas, encendieron la luz de la ley en la noche de la humanidad. Luego fueron los profetas quienes iluminaron la historia con sus palabras. “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz”. (Isaías 9, 1-2)
Precisamente en momentos de oscuridad para la historia de Israel el profeta Miqueas anuncia: “Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad; por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz”. (Miqueas 5, 1). Esta promesa es una estrella en ese caminar en esperanza.
“Gracias a las estrellas soportamos la noche”, dice el poeta. Son luces pequeñas, que se opacarán a la llegada del amanecer. Pero también puede haber un apego a la noche: el buho queda ciego durante el día, no por ausencia de luz, sino por incapacidad personal para verla. En una noche de la historia, la mujer por excelencia dio a luz a la Luz. El Evangelista San Juan nos dice en su prólogo: “La palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no lo conoció”. “Y la palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria y hemos contemplado su gloria”. Entonces aquella noche luminosa, aquella noche de paz, se transformó en noche de amor. Dios llora en brazos de una mujer, acaricia y se deja acariciar, se deja tocar por manos humanas, sin miedo a que se profane su misterio. La sencillez y la cercanía del amor del Dios hecho hombre es lo que conmueve a pastores y ángeles.
Desde entonces, el hombre va junto al Dios-con-nosotros; sigue su camino. ¿Adónde quiere llegar? Adonde el corazón se aquiete: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará intranquilo hasta que no te encuentre a Ti”, decía San Agustín. El corazón exilado suspira y se cansa buscando alguien que lo ame y a quien corresponderle. Si se anima a recostarlo en Dios, descubrirá que su barca llega a puerto.
San Pablo fue un buscador y apasionado; con sed de verdad y celo por la ley, perseguía a los cristianos. Es testigo presencial del martirio de Esteban, perpetrado por sus compatriotas, y dice el texto: “Saulo aprobaba su muerte”. Pero en el camino, mientras “respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor”, se dirigía a Damasco para apresar y martirizar a los cristianos, una luz lo cegó: “Saulo, ¿por qué me persigues?” Y desde entonces Saulo, ahora Pablo, se convirtió de perseguidor en alcanzado. La luz del amor del Señor lo fulminó y le cambió el corazón para siempre.
Su legado espiritual nos puede servir para entender el misterio de la Navidad como noche de amor: en tantas noches de oración, frente a tanta persecución padecida, San Pablo comprendió que, aunque tuviese el don de profecía y conociera todos los misterios, aunque poseyese una fe plena y repartiera sus bienes para dárselos a los pobres, si no tenía amor no le serviría para nada. Encontró el amor. Y, como en una reflexión sapiencial, continúa: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia sino que se regocija en la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
Esta noche de amor que hemos vivido en Navidad tiene sentido si es capaz de prolongarse en un amanecer sobre nuestras vidas, amanecer del propio corazón en la luz de aquel que hoy se manifiesta al mundo a través de los Reyes, un amanecer que nos lleve a afirmar el sí del amor frente al llanto, al dolor o al luto de la muerte, y a estar, aun con mansedumbre, en la búsqueda de justicia.
Más allá de todas las persecuciones pasadas, presentes y futuras. Así es el amor: o se lo vive o no se lo conoce. ¿Y tiene límite? A esto respondía Teresa de Calcuta: “Amar hasta que duela”.



