
Sin moral liberal, cualquier avance económico será endeble
El problema histórico de la Argentina no es el de adoptar recetas milagrosas para tratar de crecer, es el de popularizar principios como legalidad, autonomía de juicio, responsabilidad civil y pluralismo

Del “pobrismo” al “riquismo”, de la exhibición de humildad a la ostentación de vanidad. Se nota que Argentina está en plena revolución cultural. ¿Por qué no? “Enriquecerse es glorioso”, sentenció Deng Xiaoping, enterrando a Mao Tsetung. Y China despegó. A principios del siglo XX, Andrew Carnegie era el hombre más rico del planeta y celebraba el “Evangelio de la riqueza”. Y si de por medio está el Evangelio, en Argentina el éxito está asegurado.
Claro, como toda rosa tiene sus espinas, el enriquecimiento tiene sus sombras. Desde Gabón hasta Vietnam, desde Kinshasa hasta Buenos Aires, el nuevo rico tiene mal gusto. La pileta con cascada sabe a Disneylandia, pasear en Tesla por Constitución a bananero. En Italia los llamamos “piojos revividos”. Paciencia. Mientras la mano invisible del mercado levanta todos los barcos, siempre hay un fanfarrón que se compra un yate. Efectos secundarios, humo alrededor del asado: el interés personal beneficia al bienestar colectivo, señalaba Adam Smith; las sociedades mercantiles son mejores que las clerico-militares, le hacía eco Benjamin Constant: son más prósperas y pacíficas. Palabras sabias.
Sin embargo, al cambiar el clima puede pasar que la planta sana se enferme y la virtud se convierta en vicio. Un plátano en Oslo, no da plátanos; una vaca holandesa a los trópicos, no da leche. El enriquecido de la revolución industrial era el empresario que producía riqueza, un Franklin austero hasta la tacañería “deslomándose” con ciencia y trabajo. Los nuevos ricos de la revolución argentina son, por ahora, “voceros” productores de palabras o “veletas” productores de nada. Gente beneficiada por las amistades, antes que por las capacidades.
Veo rondar un antiguo malentendido, la confusión de liberalismo con capitalismo. Mejor aclararlo: el liberalismo es, ante todo, una actitud moral; es la única doctrina que limita la imposición de una moral unívoca. Ni John Locke ni el barón de Montesquieu fueron teóricos del laissez faire. Su libertad era la libertad política frente a la tiranía y al dogma.
¿Y el mercado, entonces? El mercado, le guste o no a sus enemigos, es una gran cosa: es un orden espontáneo, flexible y sensible a los cambios. Nadie lo inventó, mucho menos los capitalistas, que en él pueden triunfar o sucumbir. Optimiza la información y reduce los costos para los consumidores. ¡Ay de distorsionarlo, deberíamos haberlo aprendido!
Pero también es cruel, inútil negarlo: al expulsar a los más débiles, tiende al darwinismo social; al sacrificar al individuo en aras del bienestar colectivo, tiene, a su pesar, algo de “colectivista”. El liberalismo político atenúa esos efectos. Y la democracia liberal, los efectos elitistas del liberalismo político. ¿Como? Depende. No existe una receta única: el liberalismo es pluralismo, debate racional no imposición confesional.

Por ejemplo: ¿cree el presidente Milei en el tecno-liberismo tan de moda hoy en día? Adelante. ¿No le gusta el legado de John M. Keynes? Legítimo. ¿Está obsesionado con él? Problema suyo: es un debate gastado. Tratar de bolchevique apestado a un destacado economista siempre cercano al partido liberal británico, haría morir de risa. Si no señalara una patológica manía de convertir una idea en fe para excomulgar quienes tienen ideas diferentes: el vicio nacional por excelencia, antiliberalismo congénito.
El hecho es que, al aclimatarse en la América hispánica, el liberalismo cambió sus rasgos. Al ser minoría en un mundo moldeado por los valores de la cristiandad medieval, impopular en medio de una sociedad confesional y estamental, se volvió oligárquico y autoritario. No siempre, pero sí a menudo. Conservó la doctrina económica liberista, que le convenía, y se deshizo de la política, un estorbo. Vista así, la Argentina mileísta es la regla, no la excepción.
Milei se inspira en Menem, nunca se le ha oído criticarle nada, preguntarse por qué terminó mal. Y sin embargo su triste final encierra una enseñanza. Demostró que, vaciado de su impulso moral, el liberalismo produce efectos antiliberales
La fuga de la pobreza, observó Angus Deaton en la brillante obra que le valió el Premio Nobel de Economía en 2015, no es posible para todos al mismo tiempo. No huye todo un “pueblo”, como cree el populismo, huyen las personas. Algunos lo logran, otros no. Y la liberalización económica es fundamental para ello. Pero también explicó que aquellos que han tenido éxito no deberían quitarle la escalera para escapar a quienes han fracasado. Escalera de la que los recortes del gobierno están cortando muchos peldaños: educación, salud, ciencia, infraestructuras. Eso supongo que dirían los marcianos, sin duda seres de sentido común, al interpretar, además de leer, las estadísticas de la economía argentina.
Milei se inspira en Menem, nunca se le ha oído criticarle nada, preguntarse por qué terminó mal. Y sin embargo su triste final encierra una enseñanza. Demostró que, vaciado de su impulso moral, el liberalismo produce efectos antiliberales: un capitalismo de amigos más que un libre mercado, una nueva oligarquía más que una movilidad social virtuosa. Hoy me temo que la “libertad” económica vuelva a justificar la concentración de poderes y la apropiación del Estado. Si me sirve, lo aprovecho, me pertenece. Si no, lo destruyo: evasión fiscal, descuido, descapitalización.
El problema histórico de la Argentina no es el de adoptar recetas económicas milagrosas. Es el de popularizar los valores morales liberales: legalidad, autonomía de juicio, responsabilidad civil, pluralismo. Mientras no hayan echado raíces, cualquier avance económico tendrá la solidez de una casa de paja. Lograrlo requiere confianza y credibilidad, respeto y tolerancia. Justo lo contrario de lo que representa Milei, otro presidente ajeno al ethos liberal.
“Enriquézcanse”, dijo François Guizot en 1843 a los franceses. Tenía buenas intenciones. Pero era tarde: cinco años después lo arrolló la revolución. Así terminó también la Argentina menemista, así corre el riesgo de terminar la Argentina mileísta: si los que se “enriquecen” son los de siempre, si su deporte favorito es restregarle la riqueza a quienes no la tienen, tarde o temprano tronará el escarmiento. Ojalá que tanta incompetencia no vuelva a poner de moda la hipocresía del “Evangelio pobrista”. Ya se sabe: cuando hay de por medio el Evangelio, en Argentina el éxito está asegurado.
Ensayista y profesor de historia en la Universidad de Bolonia, Italia
Ensayista y profesor de historia en la Universidad de Bolonia, Italia


