Socio del establishment
No hay un menemismo en condiciones de sobrevivir a Menem, porque la coalición que éste construyó -quizá la más importante acumulación de poder que un presidente haya edificado durante este siglo- no sólo estuvo por encima de los partidos políticos, sino que los dejó al margen.
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DENTRO de cuatro días, el 8 de julio, Menem se convertirá en el presidente argentino que más tiempo estuvo en el poder sin interrupciones. No podrá superar el récord de Julio Argentino Roca, que fue presidente durante doce años en total, pero en dos períodos de seis, separados uno del otro por un largo interregno.
Ya antes había ingresado en otra galería selecta: la de los pocos presidentes argentinos que fueron reelegidos, aun cuando ese sueño, el del regreso al poder y a la gloria, pobló las noches y los días de todos los hombres que pasaron por la jefatura política de la Nación.
Menem es el cuarto que lo ha conseguido. Antes lo lograron el imbatible Roca, en 1898; Hipólito Yrigoyen, en 1928, y Juan Domingo Perón, en 1952, aunque estos dos últimos fueron derrocados antes de terminar su segundo mandato.
Una década completa, una décima parte del siglo, le corresponde, por lo tanto, a la conducción política del presidente que se va. Sin embargo, al revés de sus tres antecesores reelectos, Menem no dejará la impronta de un partido propio, de una corriente nueva y predominante en la geografía política de la Argentina.
No hay, en efecto, un menemismo en condiciones de sobrevivir a Menem. Una de las causas podría radicar tal vez en el desprecio del Presidente por la cultura y los intelectuales, que son, en última instancia, los constructores finales del pensamiento político.
Otra explicación debe buscarse en la propia coalición de poder que construyó Menem, quizá la más importante acumulación que algún presidente haya edificado durante este siglo. Esa coalición no sólo estuvo por encima de los partidos políticos; también los dejó al margen.
En el momento de acceder al poder, en 1989, con un país en erupción y con el radicalismo debilitado por el desmoronamiento de su gobierno, Menem encontró la razón para eludir alianzas partidarias, entonces tan vanas como imposibles.
Aprender de la experiencia
Los primeros acuerdos los buscó -y los logró- con el establishment local, con los Estados Unidos y con los militares. Los tres habían desconfiado del zigzag permanente de su predecesor, Raúl Alfonsín, y Menem aprendió de la experiencia de aquél con una insaciable voracidad.
Los dos son los únicos animales políticos de pura raza conocidos desde la restauración democrática. Pero mientras que Alfonsín es un feligrés de la religión de los partidos y de la legalidad, conceptos que pone por encima de cualquier otra noción, Menem considera a la ley sólo como un instrumento para gobernar mejor y está convencido de que la política real nunca vive al lado de los partidos políticos.
Aquella alianza embrionaria sería modificada y ampliada varias veces. Se le agregaron luego la Iglesia -o, más precisamente, el Vaticano-, la Sociedad Rural, los empresarios extranjeros y los inversores internacionales, los organismos internacionales de crédito (sobre todo el Fondo Monetario Internacional) y los sindicatos, a cuyos dirigentes los amenazaba con exterminarlos, por un lado, pero los bañaba de prebendas y de canonjías personales o corporativas, por el otro.
El modelo económico que Menem había apadrinado para cambiar a la Argentina era incompatible con la desmesurada preponderancia de los sindicatos desde que Perón los puso a su servicio.
Los dueños de los gremios se habían acostumbrado a parar el país en reclamo de mejoras salariales y de las condiciones laborales. Pero tropezaron de pronto con una realidad divergente: no era eso lo que se discutía entre los trabajadores, sino la necesidad vital de conservar el empleo y de poder insertarse en nuevas formas de tecnología y de servicios. En poco tiempo, el viejo sindicalismo se pareció al desvalido esqueleto de los dinosaurios.
Menem hizo con los sindicatos, al mismo tiempo, lo que mejor sabe hacer: dividir. Muy pocos líderes políticos consiguieron como él (aunque todos lo intentan) fragmentar a sus adversarios.
La Iglesia es otro ejemplo de eso. Sólo con dos lugares del mundo Menem estableció un sistema de alianzas automáticas, es decir, es suficiente que allí se tome una decisión, no importa cuál, para que el gobierno de Menem se abroquele en el acto junto a ella. Esos lugares son Washington y el Vaticano.
Pero esas buenas relaciones con el obispo de Roma no se trasladaron a los obispos argentinos. Hay más de ochenta purpurados en la Iglesia argentina, pero sólo un poco más de diez de ellos son los que sobrellevan el liderazgo político y el protagonismo público de la Iglesia.
Menem los dividió, separando a los menos populares -y colocándolos de su lado- con favores a la corporación o a sus intereses territoriales. Los obispos más carismáticos y populares de la Argentina (Laguna, Casaretto, Bianchi di Cárcano, Hesayne, Rey, entre otros) se convirtieron, en cambio, en sus adversarios, a veces los más coherentes y pertinaces.
A favor o en contra
La Iglesia ya no se fraccionó, como en el pasado, por cuestiones ideológicas profundas (la opción por los pobres o, en algún momento, la tentación guerrillera de muchos de sus miembros), sino por una querella mucho más simple y tosca: estar a favor o en contra de Menem.
Con la división por aquí y los favores por allá, el Presidente neutralizó a la Iglesia como referente crítico y terminó ubicándola, la mayoría de las veces, como un miembro privilegiado de su coalición de poder.
Su alianza con el empresariado también cambió en estos años. El Presidente viene de un partido que, hasta su última experiencia en el poder, la de Perón en 1973, había apostado a un proyecto nacional corporizado en su momento por José Ber Gelbard, antiguo líder de la pequeña y mediana empresa. Menem recurrió, en cambio, al principio, a los viejos adversarios de Gelbard: la multinacional argentina Bunge y Born, dueña de un proyecto nacional distinto.
Al cabo de diez años, Menem se sacó de encima a los dos. Se rodeó del establishment económico y financiero internacional (y de los argentinos aliados a él), clave en un mundo globalizado si se aspira a controlar los asuntos económicos. Vale la pena repetirlo: sólo al poder Menem le ha sido fiel y constante.
Aquello que representaba Gelbard ya se bate entre la insignificancia y la nulidad, y Bunge y Born colapsó, al extremo de casi no existir en la radiografía argentina del poder económico. No sólo los sindicalistas codiciosos, los pobres desocupados y los marginales desahuciados iban quedando en el camino mientras Menem se afianzaba en la cima.
Hubo en estos años, además de una acumulación inédita de poder, un decisivo cambio en el papel histórico de los actores sociales.
En el curso de la década ocurrió un sólo momento de destello de los partidos políticos. Fue entre 1993 y 1994, cuando Menem necesitó legalizar y legitimar su reelección. Amenazó al radicalismo (y sobre todo a Alfonsín) con forzar -y quebrantar, si era necesario- la Constitución para alcanzar su segundo mandato consecutivo.
Nunca se sabrá si Menem hubiera llegado realmente a ese extremo o si fue sólo una bravuconada, construida sobre los años felices de su poder. Alfonsín prefirió no correr riesgos ni llevar la legalidad al filo de la cornisa. Aceptó las reglas del juego y fue coautor de la reforma constitucional que le permitió a Menem la reelección de 1995.
Ese hecho político le permite a Menem ahora poder decir que fue el primer presidente argentino en ser reelegido consecutivamente, de manera legal y legítima.
La de Menem fue, también, la reforma constitucional más profunda y duradera desde 1853, cuando se escribió la carta magna.
La reforma de 1994 instituyó el Consejo de la Magistratura para seleccionar y juzgar a los jueces; el tercer senador por la minoría, que elimina la posibilidad de que una sola fuerza controle los dos tercios del cuerpo; la jefatura de gabinete, que podría servirle para compartir el poder a un gobierno eventualmente débil; agilizó en un tercio el farragoso trámite parlamentario, y le dio a los capitalinos la posibilidad de elegir a su gobernante por el voto popular.
El entorno íntimo
Muchas de esas cosas podrían haberse instaurado sin necesidad de reformar la Constitución, pero debía meterse mano en ella para que el Presidente pudiera ser reelegido.
Uno de los aspectos más notables de estos años es que Menem no resignó nunca su entorno más íntimo, integrado por hombres de pocas luces, menos experiencia política y muy predispuestos a la buena vida.
En cambio, manejó la administración casi sólo con cuatro o cinco hombres que, más cuestionados que elogiados, más temidos que queridos, demostraron tenacidad y eficacia al lado de su presidente.
El primero fue Domingo Cavallo. Menem no estaría a punto de celebrar su década de poder sin el talento de su ex ministro para cabalgar sobre la crisis económica y dominarla. Otro fue el actual senador Eduardo Bauzá, que compartió con Cavallo la conducción fáctica del gobierno durante la mayor parte de la experiencia de Menem.
El tercero es el actual ministro del Interior, Carlos Corach, uno de los cinco titulares de la cartera política en la historia argentina con tan larga duración en esa poltrona endemoniada.
Sin Bauzá, Corach y Hugo Anzorreguy, el jefe de la SIDE, Menem no hubiera accedido en 1993 a los acuerdos con el radicalismo por la reforma de la Constitución, porque ellos frecuentaron siempre -y frecuentan aún ahora- a los dirigentes del partido opositor, a pesar de la indiferencia de su presidente.
Una novedad imprevista surgió de la reforma constitucional y del pacto con los radicales: la aparición del Frepaso como tercer partido político.
La noticia agrió muchas veces el humor presidencial (sobre todo, por el tenaz seguimiento de los actos de corrupción de los carismáticos dirigentes frepasistas), pero al final terminó edificando el escenario opositor que más le gusta a Menem: dividió los votos adversarios hasta 1997, cuando se fundó la Alianza.
Cuando Menem entregue el poder se habrá cumplido también el período de democracia plena más largo del siglo desde la asunción de Alfonsín en 1983. Serán 16 años en comparación con el otro período extenso, el que inauguró Yrigoyen en 1916 y que duró hasta 1930.
Sin embargo, Menem ha usado el poder hasta el extremo mismo de la legalidad. Ha sido el presidente que firmó, ante embrionarias renuencias del Congreso, la mayor cantidad de decretos de necesidad y urgencia, y que más vetos asestó a las decisiones parlamentarias.
Justicia y política
Si bien Menem es uno de los pocos presidentes argentinos que gobernó sin estado de sitio, su teoría sobre la Justicia (según la cual, ella debía acompañar los lineamientos básicos de sus transformaciones económicas) concluyó con un poder Judicial gravemente vinculado al poder político y, en consecuencia, con los índices más bajos de credibilidad social que se recuerden.
El fenómeno cobra especial relieve si se tiene en cuenta que muy pocas veces antes en la historia hubo un período tan cargado de casos irresueltos de corrupción de funcionarios públicos.
Caudillo de un gobierno cortesano más que autoritario, meciéndose entre los extremos de la exclusión de vastos sectores sociales y la ostentación excesiva de otros, carente de cualquier noción de austeridad republicana, la vocación del Presidente de desplazar a los partidos -y a su propio partido- del centro de las decisiones políticas, lo enfrentó al final de su gobierno con un peronismo que le impuso el candidato menos querido para sucederlo: Eduardo Duhalde, que podría significar, en caso de triunfar en las presidenciales de octubre, el relevo definitivo de Menem como líder del justicialismo.
El círculo se cierra. Su último buceo hacia una solución electoral propia paseó por la ruptura constitucional (otra reelección suya) o por el encumbramiento de candidatos sin trayectoria partidaria: el ex corredor Carlos Reutemann y el ex cantautor Ramón Ortega.
La política y los partidos se han cobrado su revancha: Fernando de la Rúa y Duhalde son expresiones genuinas de una coalición eventualmente distinta.



