Subasta de una marca inolvidable
Por Orlando Barone
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No existen marcas eternas. Porque nada hay que no se desvanezca. Hay marcas que prolongan su estadía, pero a costa de mutaciones brutales. Hasta el extremo de que entre el origen y el ícono no queda más que el sonsonete de un nombre. ¿Qué significa actualmente la gomina Brancato? Sin embargo fue más famosa que el peinado.
Hoy, una marca política -justicialismo o Pe Jota para los íntimos- tradicionalmente llamada peronismo, y cuya propiedad le era atribuida al pueblo, es el eje de una disputada subasta entre dirigentes. Algunos se distinguen entre sí como jeques o capangas. Pero por experiencia y conocimiento de causa, la mayor coincidencia es la mutua acusación de traidores. Cada grupo inversor aspira a quedársela y hará lo imposible con tal de arrebatársela a los otros. No obstante la beligerante puja por apoderarse del registro, la marca estropeada languidece. Durante años proscripta, debió camuflarse en etiquetas alternativas y efímeras: Unión Popular en 1965, Frecilina (Frente Cívico de Liberación) cancelada porque sonaba a antibiótico, o Frejuli (Frente Justicialista de Liberación). Estreno electoral de esa palabra -justicialista- que desde hace mucho aquí no se ejerce.
De esa marca nacional, autóctona, e imposible de exportar porque sus ingredientes únicamente pueden activarse en este ecosistema extravagante y fértil, se apoderaron episódicamente ideologías tan extremas como las Tres A y Montoneros, reduccionismos intelectuales como el de Isabelita o fatuidades à la page como las de Menem.
Muchos mayores podrían escarbar y encontrar marcas que parecían inolvidables y que hoy son rémoras inexpresivas. Cómo recordar ante un joven la expresión Flor de ceibo. Referencia que el peronismo fundador les imponía a los productos de precio inferior y calidad ídem que consumían los que no podían acceder a la canasta refinada. Flor de ceibo fue el antecedente histórico del medicamento genérico y del "todo suelto" de la actual ingesta del realismo. Fue también una premonición de lo que iría ocurriendo: el abaratamiento de la oferta en ausencia de demanda calificada. El minimalismo político frente a la macrocefalia financiera.
En España, a causa del derrame de petróleo en las costas de Galicia, se reivindica una vieja palabra caribeña, chapapote. Designa a esos manchones aceitosos que ennegrecen todo cuanto tocan. En la Argentina se ha derramado la política. Y de ella se desprenden densos chapapotes partidarios. Igual que allá, cuesta que se disuelvan y se integren a la naturaleza. Hay chapapotes realmente indestructibles. Y hay gente que siente por ellos una atracción morbosa. Saben que los más grasosos damnifican e intoxican, pero si ellos tienen trajes impermeables y salen indemnes, no les importa.
Cuanto más grande el petrolero o el partido político, más atroz el desastre. Es el caso del peronismo. A medida que se escora produce el estropicio de un buque tanque. De esos que se fletan con la bandera de algún puerto transitorio con tripulación de las más variadas procedencias y que cambian cíclicamente de destino, según la brújula amañada sugiera alguna conveniencia furtiva, pleitera o tramoyista. Si se va a pique , su descomunal succión arrastra cuanto está cerca. Contra estos chapapotes no hay casi defensa: hay que esperar a que cesen de verterse. Cada vez fluyen menos, pero fluyen. Hay marcas que ni siquiera se sabe dónde han sido enterradas. Pero hay casos como el de la gomina, que resistieron hasta que el último frasco se petrificó frente al peinado suelto.
La muerte lenta de una marca relativiza el adiós, acostumbra a la pena.
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