
Todo pasa de moda, menos Jauretche
Por Ernesto G. Castrillón Para LA NACION
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Cada vez que algún funcionario del Gobierno cita a Arturo Jauretche (y eso sucede muy a menudo, tan a menudo que puesto que como es prácticamente el único intelectual citado por los kirchneristas se diría que en la Argentina todo pasa de moda, menos Jauretche) nos parece verlo todavía como lo vimos personalmente en una charla política a comienzos de los setenta o moviéndose como pez en el agua en un estudio de televisión, contestando divertido en cámara a soberbios aprendices de políticos cuando la vuelta de la democracia se avecinaba, en 1972.
Las cejas espesas, puntiagudas, le daban un cierto aire de diablo manso. La frente amplia, importante, la calvicie casi total, los anteojos de marco grueso cayendo siempre sobre el borde de la nariz, completaban el cuadro. Si sumamos el eterno cigarrillo en los labios y esos ojos irónicos, casi orientales, como entornados, que parecían calibrar al eventual interlocutor (ninguno estaba a su altura, claro), antes de lanzarle un sarcasmo tan sutil como demoledor, ahí tenemos a Arturo Jauretche, al original, todavía mejor que en sus libros.
Es que como polemista Jauretche no tenía rival. A una sólida formación intelectual, le sumaba estaño, mucho estaño. Sólo Jauretche podía engarzar sólidos conocimientos históricos, sociológicos y económicos desarrollando una atractiva explicación de la decadencia argentina, con frases campechanas y humoradas inolvidables.
Gran acuñador de términos que otros utilizarían en su provecho sin darle crédito, su camino comenzó casi con el siglo XX, en 1901, en Lincoln, provincia de Buenos Aires.
Desde muy joven lo atrapó la política. Primero sería la reforma universitaria de 1918, el radicalismo después. En 1922, ingresó en la UCR. Su radicalismo no sería el de los doctores o de los estancieros “galeritas” o “azules” (los que más tarde serían llamados “antipersonalistas”). Jauretche seguiría, en cambio, la figura del viejo caudillo Hipólito Yrigoyen, en cuya persona simbolizaba todas las virtudes de un partido al que rescataba por su incipiente nacionalismo, su populismo y hasta por sus raíces criollas e hispánicas. Producido el derrocamiento de Yrigoyen el 6 de septiembre de 1930, la militancia radical de Jauretche se hizo más profunda. Tuvo mucho que ver con la reorganización del partido en la Capital y en la provincia de Buenos Aires, en los tiempos de la dura represión de Uriburu.
En diciembre de 1933, hace algo más que militar activamente. Participa en la rebelión de Paso de los Libres contra el gobierno de Agustín P. Justo. El episodio termina con su prisión y con un libro de poemas en el que se dedica a glorificar el alzamiento. Para entonces, para mediados de la década del treinta (tiempos de fraude y abstención electoral del radicalismo), Jauretche vive un dilema. No se siente representado por la conducción oficial del partido (en manos de Alvear) y la crisis del 29 ha sacudido muchas de sus convicciones más profundas.
Así, el 29 de junio de 1935, se cuenta entre los fundadores (junto a Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo y Homero Manzi) de Forja (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina). Forja pretendía infundir al viejo radicalismo principios nacionalistas y de un antiimperialismo fervoroso dirigido tanto contra Gran Bretaña como contra el nuevo coloso norteamericano. Pero las tensiones en el seno de Forja se acrecentaron durante la Segunda Guerra Mundial y el grupo se disolvió al aparecer el peronismo en escena.
Jauretche termina apoyando a Perón, cuyo gobierno lo designó en 1951 presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Como le había ocurrido antes con Yrigoyen, Jauretche identifica en la figura del caudillo justicialista los ideales del nacionalismo económico, el populismo y el antiimperialismo.
Mientras tanto, su obra como ensayista lúcido alcanza un nivel de profundidad y seriedad que le gana seguidores entre la dirigencia política y la intelectualidad politizada, sobre todo tras la caída del peronismo, en 1955. Sus obras se suceden en ese período: El Plan Prebisch (1956), Los profetas del odio (1957) y Política nacional y revisionismo histórico (1958), entre otras.
Pero serán sobre todo dos libros de mediados de la década del sesenta los que servirán de base al inapelable prestigio intelectual de Jauretche. El medio pelo en la sociedad argentina. Apuntes para una sociología nacional, editado en noviembre de 1966, y, en un tono más ligero, el Manual de zonceras argentinas.
En la primera de estas obras, Jauretche describe con precisión la evolución de una clase media en crecimiento y los devaneos de los sectores en decadencia de la vieja oligarquía. Lo hace con un conocimiento y a la vez con una gracia, un tono zumbón, que convence tanto como divierte. Se burla antes que nadie de la supuesta seriedad de las encuestas políticas e investigaciones de mercado, de los “batallones de empujadores” y de sus “regimientos de Animémonos y Vayan”, como llama a los civiles que impulsaban y pregonaban golpes militares sin arriesgar jamás su participación en ellos.
Gran acuñador de palabras, descubre a los “cositeros”, como llama a los compradores compulsivos de cualquier mercadería extranjera, por útil o inútil, fea o bella que ésta sea. Se ensaña, además, con el “rastacuerismo” de nuestros nuevos ricos de cualquier década. Sus hallazgos en esta obra son múltiples. Ha logrado una sociología criolla, muy bien escrita, que no ahuyenta al lector común. Los políticos (y sobre todo los aprendices de políticos, como ya señalamos) se harían un festín con estas páginas, copiando de ellas a mansalva palabras, conceptos, frases completas. A tal punto, que a nos da a veces la impresión de que cuando a alguno de ellos se le ha escapado alguna frase inteligente en estos últimos cuarenta años, invariablemente la ha tomado prestada de Jauretche.
Muerto en Buenos Aires en 1974, Jauretche sigue vigente, muy vigente. El peronismo lo reivindica como propio, pero ahí no termina la cosa. Su sorprendente vigencia se explica porque mientras que las prosas de Ezequiel Martínez Estrada y Emilio A. Coni examinaban la realidad argentina con la misma frialdad con la que un forense examina un cadáver y mientras que los ensayos de Raúl Scalabrini Ortiz parecen absolutamente ajustados a un período específico de nuestro pasado, Jauretche se mantiene al día, tanto por la claridad de su diagnóstico como por el sarcasmo con el que lo expuso.
Su ingenio y, a veces, hasta la compasión que demuestra, aun para los que ridiculiza, lo mantienen fresco, vivo. No lo dejan, simplemente, pasar de moda.





