Tortura, el virus de la época
Por Julio César Moreno Para LA NACION
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Cuando algunos militares argentinos entrevistados por un canal de televisión francés dijeron que ellos habían aprendido la metodología de la tortura en la escuela francesa, estaban poniendo el dedo en la llaga en una cuestión que todavía lastima a Francia: sus responsabilidades en la guerra de Argelia. Francia vivió entonces, hace casi medio siglo, una paradoja: por un lado aparecía ante el mundo como portavoz de los derechos del hombre, y por el otro aplicaba sistemáticamente la tortura en la lucha contra el movimiento independentista argelino.
En octubre de 1958 apareció en Buenos Aires un libro de Henri Alleg, ex director del periódico Alger Republicain, en el que relataba sus experiencias de torturado a manos de verdugos franceses, desde descargas eléctricas en las orejas y los genitales hasta golpes atroces y simulación de fusilamientos. El libro se llamaba La tortura y llevaba un largo prólogo de Jean-Paul Sartre, quien allí decía: "La tortura no es civil ni militar, ni especialmente francesa; es una viruela que devasta toda nuestra época. Hitler no fue, en suma, sino un precursor (...) Si queremos salvar a Francia de la vergüenza y a los argelinos del infierno, no nos queda sino un recurso, el mismo de siempre, el único que hayamos tenido alguna vez, el único que tendremos siempre, el de iniciar las negociaciones, hacer la paz".
Ese mismo año, 1958, el general Charles de Gaulle fue llamado al gobierno de Francia tras una grave crisis política y militar. Al año siguiente fue elegido presidente de la República, previa reforma constitucional, y poco tiempo después inició las negociaciones con los rebeldes argelinos e hizo la paz. Argelia se convirtió en una nación independiente y Francia se salvó de la vergüenza, pero nunca fueron lavadas del todo las culpas del tiempo de la tortura.
Que se sepa, nunca fueron llevados a los tribunales oficiales y soldados del ejército francés acusados de torturas durante la guerra de Argelia, pero el tema quedó pendiente, como una deuda no saldada. En 1965 se estrenó el film La batalla de Argel , del italiano Gillo Pontecorvo, que según una información periodística está siendo estudiado por el Pentágono, por las similitudes que habría entre la Argelia de aquella época y el Irak de hoy. ¿Cómo combatir el "terrorismo invisible", ése que pone bombas sin dejar rastros y ataca desde las sombras? De ahí el interés por el film, que relata crudamente los métodos empleados por los franceses, que ganaron en su momento la batalla de Argel (la capital del país), pero finalmente perdieron la guerra de Argelia, como habían perdido la de Indochina.
Pero, volviendo a los militares argentinos que admitieron ante un canal francés haber empleado la tortura, cabe la pregunta: ¿a qué se debe esta repentina confesión? Tal vez a que en Francia han aparecido libros de memorias de generales de la guerra de Argelia en los que reconocen culpas semejantes, aunque con la salvedad de que el enemigo torturaba y mataba en una escala superior. Es como si le dieran la razón a Sartre cuando dijo que la tortura es "una viruela que devasta toda nuestra época".


