
Trabajo y vocación: la pregunta pendiente para las adolescencias
Quizás el interrogante para formularles no es “¿qué querés ser?”, sino “¿qué problema te gustaría ayudar a resolver?”

Que un adolescente defina a los 17 años qué quiere hacer durante el resto de su vida resulta cada vez menos realista. Más de la mitad (52%) de los estudiantes argentinos de 15 años no logra identificar una ocupación concreta a la que le gustaría dedicarse en el futuro, de acuerdo con un informe de Argentinos por la Educación basado en las pruebas PISA. ¿Y si cambiamos la pregunta de “¿qué querés ser?” por “¿qué problema te gustaría ayudar a resolver?” Quizás ahí aparezca una brújula más útil para construir su futuro.
La transición entre la escuela y el mundo laboral tampoco es sencilla. El desempleo entre las personas jóvenes duplica la tasa promedio nacional y afecta con mayor intensidad a las mujeres. De quienes tienen entre 19 y 25 años, sólo el 13% logra combinar estudio y trabajo, mientras que un 12% no estudia ni trabaja.
Imaginar el futuro en un contexto que cambia a esta velocidad es, a primera vista, una fuente de incertidumbre. A esto se suma una transformación profunda del propio concepto de trabajo. La inteligencia artificial, la automatización y las nuevas tecnologías están redefiniendo tareas y profesiones. El Foro Económico Mundial identifica entre las habilidades más necesarias para los próximos años el pensamiento crítico, la creatividad, la capacidad de aprender de manera continua, la colaboración y la resolución de problemas complejos.
Seguir pensando la orientación vocacional exclusivamente como una elección de carrera resulta insuficiente. Las carreras pueden cambiar muchas veces; las causas que nos movilizan suelen permanecer mucho más tiempo. Por eso necesitamos formar personas capaces de aprender durante toda la vida, adaptarse a contextos inciertos, colaborar y transformar problemas en oportunidades. Hay una capacidad que atraviesa todas: la posibilidad de convertirse en agentes de cambio.
El emprendimiento social es una de sus expresiones más claras: mirar la realidad, identificar un problema que afecta a una comunidad y preguntarse qué podemos hacer para transformarlo. Esto no significa que todos los jóvenes tengan que convertirse en emprendedores, sino que puedan desarrollar la confianza y las herramientas necesarias para actuar cuando encuentren algo que quieran cambiar.
Llevo más de una década trabajando junto a emprendedores sociales de distintos países y hay un patrón que se repite: antes de construir una organización, identificaron una realidad que ya no estaban dispuestos a aceptar como inevitable.
Lo veo en Vicky Viel Temperley, que transformó la experiencia de acompañar a su hijo con cáncer en Donde Quiero Estar, una organización que hoy humaniza las internaciones oncológicas y acompaña a pacientes, familias y equipos de salud. Lo veo en Malena Famá, que creó Multipolar para que personas en situación de calle puedan reconstruir su proyecto de vida a través del trabajo. Y también en Mariana Incarnato, fundadora de Doncel, organización que impulsó la Ley de Egreso y acompaña a jóvenes que dejan el sistema de cuidados a construir un futuro con mayor autonomía.
Ellas forman parte de la red global de Ashoka, integrada por más de 4000 emprendedores sociales en todo el mundo. Después de estudiar durante décadas sus trayectorias encontramos un dato especialmente revelador: 9 de cada 10 identificaron la causa que hoy guía su trabajo antes de cumplir los 20 años. Quizás todavía no sabían qué profesión iban a ejercer, pero ya habían descubierto qué problema les incomodaba lo suficiente como para intentar transformarlo.
Considero que hay una enseñanza para quienes acompañamos a las nuevas generaciones. Más que definir a los 17 qué harán durante los próximos cuarenta años, los y las jóvenes necesitan desarrollar capacidades para moverse en un mundo cambiante, aprender constantemente, trabajar con otros, identificar problemas y animarse a actuar para transformarlos. En Ashoka llamamos a esto “ser agente de cambio”: poder identificar un problema, convocar a otros, construir una solución y generar impacto desde el lugar que cada persona ocupa. Puede ocurrir desde una empresa, una escuela, una universidad, un hospital, el Estado, la ciencia o un emprendimiento propio.
Para transformar el mundo y encontrar las soluciones que necesita, ya es momento de preguntarle a cada adolescente qué realidad quiere cambiar, y ofrecerle herramientas para crear los trabajos que puedan lograrlo.




