
Un crecimiento potencial que nos condena, y uno posible que esperanza
La reinserción estratégica de la Argentina en el nuevo orden mundial favorece la oportunidad de cambiar la trayectoria de un desarrollo paupérrimo que paralizó el progreso

En el núcleo del análisis macroeconómico tradicional los ciclos económicos de expansión o contracción están disociados de las teorías de crecimiento de largo plazo. Tanto en el marco keynesiano clásico como en la llamada “síntesis neoclásica”, el crecimiento viene planteado como una tendencia exógena a largo plazo que está directa y conceptualmente ligada a la “tasa de crecimiento potencial de la economía”. En el enfoque keynesiano tradicional, el análisis macroeconómico se divide rígidamente según el plazo. El corto plazo (el ciclo) viene determinado exclusivamente por el lado de la demanda agregada. Y recordemos que la demanda agregada suma consumo público y privado, inversión bruta y las exportaciones. Las fluctuaciones (expansiones y recesiones) ocurren porque la demanda efectiva oscila debido a shocks en la inversión, el consumo o el gasto público, interactuando con rigideces de precios y salarios.
El largo plazo (la tendencia) viene determinado por el lado de la oferta agregada. Aquí opera la tasa de crecimiento potencial que releva el ritmo al que la economía podría crecer si usara todos sus factores productivos (capital y trabajo) en su nivel de “pleno empleo” o tasa natural, bajo una productividad dada, sin generar presiones inflacionarias. El PBI Real = Tendencia (PBI Potencial) + Ciclo (Brecha de Producto). Si el ciclo está en una etapa de expansión, el PBI real está temporalmente por encima del potencial (brecha positiva, riesgo inflacionario). Por el contrario, si el ciclo está en contracción, el PBI real cae por debajo del potencial (brecha negativa, desempleo y capacidad ociosa). Con lo que el gran desafío de la macroeconomía derivada del consenso ortodoxo de la profesión es el uso del instrumento fiscal y monetario para atenuar los ciclos (por ello toda la racionalización de las políticas de estabilización contracíclicas) y permitir que la economía crezca con estabilidad ocupando a pleno sus recursos en la trayectoria o tendencia que permite su tasa de crecimiento potencial.
La tendencia se asume exógena porque para los economistas de corte keynesiano tradicional, los determinantes del crecimiento en el largo plazo –el progreso tecnológico (como en el modelo de Solow original), el crecimiento demográfico y la acumulación de capital subyacente– se mueven por carriles independientes de las fluctuaciones de corto plazo. Es decir, una recesión este año puede dejar fábricas vacías hoy (corto plazo), pero teóricamente no altera la trayectoria de la innovación tecnológica o el crecimiento de la población activa a 20 años (largo plazo). La tendencia es una línea recta (o curva suave) ascendente que “soporta” las ondas del ciclo, pero que no es afectada por ellas. Si bien esta disociación ha sido la norma en los textos de estudio, esta separación tajante entre ciclo y tendencia ha recibido duras críticas desde diversos frentes. Por un lado, los economistas postkeynesianos y neokeynesianos modernos argumentan que las recesiones profundas y prolongadas pueden destruir capacidad productiva permanente (por ejemplo, desempleados de larga duración que pierden habilidades o empresas que cancelan proyectos de I+D). Aquí, el ciclo afecta negativamente a la tendencia. A su vez, desde la vereda del pensamiento austríaco y schumpeteriano, el ciclo no es una mera oscilación de demanda en torno a una tendencia dada. Las fases de contracción son correcciones necesarias para liquidar malas inversiones inducidas por la distorsión del crédito y reasignar recursos hacia sectores genuinamente productivos. Por lo tanto, el ciclo y el crecimiento a largo plazo están intrínsecamente conectados por el lado de la estructura de capital y la oferta.

Analizar la tasa de crecimiento potencial de la Argentina sobre una serie histórica de 50 años (aproximadamente desde mediados de la década de 1970 hasta el presente) requiere separar el “ruido” de la extrema volatilidad cíclica para encontrar la tendencia subyacente de la productividad total de los factores (PTF), la acumulación de capital y el factor trabajo. Considerando el período completo (1975-2026), la tasa de crecimiento potencial de la Argentina se ubica en un promedio de entre 1,5% y 2,0% anual, y, dado que la tasa de crecimiento demográfico promedio en este período rondó el 1% a 1,2% anual, el crecimiento potencial del PBI per cápita real ha sido sumamente magro, ubicándose por debajo del 0,5% anual en el promedio de largo plazo. Según datos de Econométrica, la Argentina está saliendo de la mayor recesión de toda su historia, acumulando 13 años sin crecer entre 2011 y 2024. En igual periodo la población creció en 5 millones de habitantes, reflejando una caída del PBI per cápita del 11%. El crecimiento económico de 2025 y 2026 permitirá un rebote del PBI per cápita del 7,3%, pero todavía estamos un 5% por debajo del 2011. Nos hemos empobrecido respecto a vecinos de la región porque nuestro crecimiento potencial fue muy inferior al de América Latina, de alrededor del 3% acumulado anual.
El promedio de crecimiento potencial de estas últimas décadas esconde a su vez tres dinámicas muy marcadas que los economistas locales y organismos internacionales identifican en la serie: 1975-1990 (la “década perdida” y estanflación); el crecimiento potencial cayó a niveles cercanos a cero o ligeramente negativos; marcado por la crisis de la deuda, shocks inflacionarios y una descapitalización crónica, el PBI potencial se estancó. 1991 - 2011 (reformas y superciclo de commodities): durante los años 90 y la primera década del siglo XXI, la tasa de crecimiento potencial experimentó una fuerte recuperación, estimándose transitoriamente entre un 3,0% y un 4,0% anual, impulsada primero por ganancias de eficiencia/inversión y luego por términos de intercambio excepcionales. 2012 al presente (estancamiento estructural): en los últimos 12 a 14 años, la economía argentina volvió a experimentar una contracción en su capacidad instalada y productividad. El crecimiento potencial en este último tramo se ha hundido sensiblemente, estimándose actualmente en torno al 1,0% o 1,5% anual, afectado por el cepo cambiario, la ausencia de crédito de largo plazo y la baja tasa de inversión interna fija.

Desde la perspectiva de la teoría del crecimiento y la contabilidad del producto, la debilidad de la tasa potencial en estos 50 años se explica por tres variables: la tasa de inversión (formación bruta de capital fijo); para sostener un crecimiento potencial del 3,5% o 4%, la teoría económica y la evidencia empírica señalan que se requiere una tasa de inversión neta bruta constante cercana al 23%-25% del PBI. La Argentina ha promediado históricamente niveles muy inferiores (en torno al 15%-18%), insuficientes incluso para reponer la depreciación del capital en las fases contractivas. En segundo lugar, la productividad total de los factores (PTF) ha sido negativa o muy volátil. A diferencia de las economías donde el residuo de Solow (tecnología, eficiencia institucional, transparencia, organización) empuja el PBI potencial hacia arriba, en la Argentina la PTF ha restado crecimiento en 22 de los últimos 50 años debido a la altísima inestabilidad macroeconómica y los cambios recurrentes en las reglas de juego. Por último, la destrucción del capital humano y empleo informal: aunque demográficamente el país mantuvo un bono poblacional activo que se está agotando (envejecimiento poblacional), el desvío de la fuerza laboral hacia el empleo informal de baja productividad limitó el impacto positivo del factor trabajo sobre el PBI potencial.
Si bien en fases de recuperación poscrisis (“rebote”) la economía argentina ha mostrado tasas de crecimiento del 6% al 9% temporal, el herramental académico coincide en que la velocidad de crucero sostenible (potencial) que dejó la serie de los últimos 50 años se sitúa en un modesto 1,8/2% anual. Romper ese límite requiere un shock permanente que eleve la tasa de inversión fija y modifique la tendencia de la productividad de largo plazo. No hay atajos ni magia. Y he aquí el cambio en proceso a un crecimiento posible que ilusiona. La transformación productiva en curso, ahora con cuatro locomotoras en expansión sostenida como la cadena agroindustrial, la energía, la minería y la industria del conocimiento, y algunas otras en camino (pesca, turismo receptivo, forestación, industria nuclear) que junto a la logística asociada pueden elevar la tasa de inversión bruta de un 15/16% actual a un 25/28% en los próximos años. Pero a su vez se trata de inversiones en sectores con ventajas comparativas que pueden alcanzar con rapidez las fronteras tecnológicas e incorporar innovación con fuerte impacto en la productividad sistémica. Muchas más inversiones, e inversiones de calidad, que pueden elevar la tasa de crecimiento a niveles no previstos y, por supuesto, por fuera de la proyección en la estadística histórica de las últimas décadas. Creciendo al 7,2% anual podemos duplicar el producto en 10 años. Y ese crecimiento asegura derrame con empleos productivos y reducción sustancial de la informalidad. Para eso, el rumbo –transición incluida– debe consolidar un proyecto que amalgame institucionalidad republicana y desarrollo económico y social. La reinserción estratégica de la Argentina en el nuevo orden mundial favorece la oportunidad de cambiar, de una vez por todas, la trayectoria de un crecimiento paupérrimo que paralizó el progreso.

