Un monólogo apócrifo de Borges
Por Orlando Barone
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DURANTE todo 1999 se imponen hacerme cumplir cien años, a mí que siempre deseé morir antes de que me abrumara el tiempo. El 24 de agosto hubiera llegado a vivir un siglo. Perdón madre, has vivido casi cien años y he sufrido mucho viéndote partir en ese largo final inmerecido. También Norah ha vivido hasta ese límite en que la vigilia acaba usurpando el umbral de los sueños. La longevidad es un exceso de la salud, una desmesura de la vida.
Me inquieta tanto afán por decretar mi inmortalidad sin saber si estoy en el purgatorio o en el infierno. Me asusta esa pompa natal que se anuncia como el año borgeano; pero temo menos por mí que por la insolencia de los que se disputarán la exclusividad de mis restos. El abuso de los herederos suele basarse en que el difunto no puede escoger las recompensas que desea recibir ni tampoco desmentir las anécdotas que se le atribuyen. Gardel acaba de contarme cómo le dolieron tantos deudos apócrifos que abundaron luego de su muerte; hoy, ya resignado, cuantas más invenciones oye más se divierte. Me dijo: "Borges, ya va a ver qué cantidad de desconocidos afirmarán que han sido sus más íntimos". Tiene razón, aunque a mí Gardel cantando no me gustaba.
Este año habrá tanta declamación borgeana que amenazan decretar mi futuro ostracismo: a Leopoldo Lugones le asignaron un día -el del escritor- y, sin embargo, nadie ha podido evitarle el olvido. De mi amigo Mastronardi nadie se acuerda. A Adolfo Bioy Casares le han caído encima con la honra oficial: parece que a la vejez le gusta que lo acaricien. Nunca entendí esa necesidad de estar tan apegados al pueblo, esa abstracción cuyas mutaciones tanto cautivan a los políticos.
Hay un exagerado celo escénico ante la presunta gloria de un individuo. Pero un escritor no es un mesías como para exagerar bienvenidas ni adioses y lo único razonable sería sólo leerlo. Aunque todos simulen hacerlo, porque así como ser democrático es "lo políticamente correcto", celebrar a Borges pasó a ser "lo literariamente correcto". La unanimidad que ha logrado mi fantasma es tan sorprendente como es sorprendente que Borges, así a secas, suene como si se tratara de Cervantes o de Shakespeare. Dudo de las lisonjas en masa porque tienen menos afinidad con la crítica que con el funcionamiento de hinchada. La televisión es la metáfora de ese cautiverio promiscuo: privilegia la cantidad y excluye la calidad del individuo. Siempre he aspirado a una sociedad de gobierno mínimo y de ciudadano máximo. Pero hoy hasta el capitalismo se ha vuelto populista, y está esa palabra, globalización, que no es otra cosa que la propagación del desconcierto, el único don igualitario de la época. La democracia de Walt Withman ha sido gastada por el abuso de las urnas electorales y por los elocuentes excesos de la retórica, aunque millones de hombres le hayan dado, y sigan dándole, su sangre.
El acto del sufragio revela hoy la predicción del resultado a boca de urna, y pronto se revelará el "pensamiento" a boca de urna, con lo cual ni siquiera hará falta votar, porque en alguna pantalla estará definida la tendencia sin apelar a los comicios. Afortunadamente, la dicha y la desdicha no son mensurables y nadie las registra: aunque si le preguntaran a Sabato, ya se sabe qué tipo de oscuridad él privilegia; pero no pretendo desmentirlo: su balance de la tercera edad (ese título, Antes del fin , digno del Poe más sombrío) es más riguroso que las candorosas ilusiones de bienestar que suelen augurarse desde la política, la economía y los horóscopos.
No deja de inquietarme esta inesperada vocación por celebrarme centenario desde izquierdas a derechas. Aquí el tedio de la espera suele ser un agobio lo bastante fúnebre como para alimentar alguna aspiración de eternidad: ese nirvana indeseable si se lo compara con la confortable modestia del instante fugaz de la vida en la Tierra.
Huckleberry Finn debe de haber sido la primera novela que leí entera; se fueron sucediendo cientos de libros (muchos que me han sido leídos casi al oído) y otros miles de páginas que he sobrevolado al azar como bibliotecario; cargo que la politiquería jerarquizó destinándome a la tarea de inspector de aves de corral, para que yo renunciara. Fueron benévolos conmigo: años después esa clase de castigo escolar fue superada en la lucha ideológica por torturas de tanta tortuosidad (no me agravia el neologismo) que cuando tuve conciencia de las víctimas ni siquiera me justifiqué por la ceguera ya que toda una sociedad simuló haber estado ciega.
¿Pero qué son aquellos libros que he leído comparados con el infinito libro del universo? Ningún hombre lee casi nada. Al cabo de una vida lo que lee el más obstinado lector podría compararse con la situación de un individuo que trata de juntar la arena del desierto con un cuenco.
Mi literatura es insignificante como la cosecha del cuenco: no vale el esfuerzo de disputarse su modesto contenido ante la vastedad de los sueños que han sido escritos. No desairo el homenaje, pero lo limito, por las dudas de que haya intromisiones e intrusos que medren por cobrar conferencias y charlas que incluyan mi fantasma. O aquellos que tratan de plagiarme como si bastara con la forma para apropiarse del espíritu. Aunque innumerables han sido, también, los que han imitado con éxito diverso la entonación de poetas memorables, quienes por suerte los han sobrevivido. Creo, honestamente, que reverenciar literalmente el original desnuda la resignada esterilidad del copista.
En el estado en que estoy nadie puede apropiarse de algo tan poco asible, ¿no? No hay guardia pretoriana que presuma adjudicarse la exclusividad del cuidado de un muerto. En España hubo enredos y disputas a raíz de celebrarse el centenario de García Lorca. El poeta -cuyos versos me parecen excesivamente demostrativos- acaba de contarme que entre los más untuosos de alabanzas vio los rostros de aquellos que de haber estado vivos hubieran vuelto a fusilarlo.
Fue Homero Expósito quien, para mitigar el tedio de ultratumba, me incitó a leer aquí a Ugo Fóscolo. "Los poetas -decía Fóscolo, acaso ilusionado con su futuro- viven cuando mueren." La frase adolece de esa pomposa declamación italiana. Yo elijo decir: "Los poetas viven si se leen".
Por eso son tan pocos.


