
Un pequeño primer paso para dejar atrás la cultura feudal
El respaldo ciudadano al cambio y las contundentes derrotas electorales de los regímenes de San Luis y Santa Cruz son un tenue pero efectivo avance
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Las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO) realizadas anteayer le dieron un claro triunfo a la coalición gobernante en el orden nacional, al tiempo que alejaron, al menos hasta las elecciones generales de octubre, la incertidumbre que existía en buena parte de la ciudadanía y los operadores económicos por los comicios en la trascendente provincia de Buenos Aires, en los que compitió alguien que debería estar más cerca de la cárcel que del poder político, como la ex presidenta Cristina Kirchner.
Los resultados de estas elecciones podrían configurar el principio del fin de una cultura feudal que arrastran no pocas provincias argentinas desde hace décadas. La contundente derrota de los Rodríguez Saá en San Luis -su primer traspié electoral desde que gobiernan el distrito, 1983- y el abultado traspié del kirchnerismo en Santa Cruz constituyen todo un símbolo. Una señal del agotamiento de viejos esquemas de poder basados en el populismo y del hartazgo ciudadano frente a caudillismos autoritarios sustentados en las prácticas clientelistas y en el reemplazo de la genuina actividad privada por el Estado como principal empleador. Se trata de dos veredictos emblemáticos que sería de esperar que alguna vez alcancen a otros regímenes feudales, como los que rigen en Formosa o Santiago del Estero.
Es cierto que las PASO no son el instrumento que definirá el nuevo mapa político a partir del 10 de diciembre, ya que habrá que esperar las elecciones generales legislativas del 22 de octubre para conocer la composición de ambas cámaras del Congreso. Sin embargo, las recientes primarias abiertas constituyen un termómetro acerca del clima político y social del país y anticipan, casi como una encuesta perfecta, lo que podría ocurrir dentro de algo más de dos meses, cuando los argentinos concurran una vez más a las urnas.
Por lo pronto, el pronunciamiento de los votantes ha traído un esperado alivio a los mercados, luego de varias semanas de zozobra frente a la presión compradora sobre el dólar y a los temores que traía aparejado el inminente vencimiento de letras del Banco Central (Lebac) por un monto de 535.000 millones de pesos.
El "efecto Cristina", que se explica por el temor de los inversores al retorno de la ex presidenta al poder, ha puesto en duda el acceso de la Argentina al crédito internacional, además de postergar cualquier decisión vinculada con inversiones productivas en el país y con el desembarco de nuevas empresas, parecería empezar a disiparse.
Durante la campaña electoral, quedó de manifiesto la incapacidad de la ex mandataria y sus acólitos para responder por los escándalos de corrupción por los que se encuentran procesados tanto ella como varios de los funcionarios que la acompañaron en su larga gestión presidencial. Su estrategia apuntó a disfrazar su autoritarismo, muchas veces con un llamativo silencio, al tiempo que se basó en endilgarle al actual gobierno problemas que, en rigor, ella le legó al país, como la elevada inflación, el fuerte desequilibrio fiscal y el crecimiento de la pobreza, tras no menos de cinco años en los cuales prácticamente no se instalaron nuevas empresas de magnitud ni se creó empleo privado. La hipocresía de la ex presidenta cobra mayor volumen si se recuerda que, estando en la Casa Rosada, no reparó en agotar a la ciudadanía con su abusivo uso de la cadena nacional, pero jamás para hablar de la inflación de su gobierno, de la inseguridad ni del narcotráfico al que su gestión le abrió la puerta para que se instalara en la Argentina.
Es menester no retroceder hacia el modelo de populismo y corrupción que signó nuestra última década, y que encuentra su mejor espejo en la violencia de la Venezuela de Maduro y en la crisis socioeconómica que experimenta Santa Cruz, donde ni siquiera han comenzado las clases. Es hora de dejar la cultura del subsidio por la cultura del trabajo y del esfuerzo; también, la lógica del enfrentamiento, el autoritarismo y la impunidad por la del diálogo, el acuerdo y la justicia, con el fin de desarrollar reformas estructurales más ambiciosas, sostenidas en políticas de Estado. Los argentinos dimos anteayer un pequeño primer paso en esa dirección que debe celebrarse.





