Un salto al vacío ante la impotencia
Ante hechos políticos de significancia, lo peor que se puede hacer es adoptar la ingenuidad como punto de vista. Hay algo más debajo de la algarada de un grupo de jóvenes (no tan jóvenes) jugando a pasajeros del tren blindado a Moscú en plena Buenos Aires, armados con cánticos de cancha y choripanes al paso.
El dato central que hay que tener en cuenta es que un populismo sin mayoría, con ideas gastadas y una economía en picada, es anacrónico, pero sobre todo peligroso. Si hay algo para reconocer en estos años es que en su versión reciente respetó o se vio obligado a respetar ciertos límites. Por pudor ante la opinión pública, por frenos judiciales o en las urnas, paró al borde de varios precipicios institucionales: la 125, la ley de medios y la “democratización” de la Justicia, entre otras lindezas.
El giro copernicano que estamos presenciando es de salto al vacío ante la impotencia. Dos factores lo enmarcan: uno táctico y otro estratégico. De un lado, la búsqueda de un acelerador en la forma de violencia social, que afortunadamente no termina de tomar volumen y forma. Del otro, el meollo de la cuestión: la puesta en cuestión del pacto social, desde un lugar exótico y artero, que desafía el principio de identidad: se hace desde el Gobierno, pretendiendo no ser el Gobierno.
El pacto social es mucho más que una explicación para el origen de las sociedades humanas o un fundamento ideal para el ordenamiento jurídico. Como práctica política es el punto de apoyo central de una sociedad civilizada, lo que la encuadra, contiene y permite su dinámica pacífica. En el plano de la representación legal es, por definición y como mayor valor, un límite al poder. Está especialmente reflejado en el artículo 1 de nuestra Constitución nacional, cuando establece el sistema representativo, republicano y federal de gobierno: un principio constitucional pétreo.
Si se presta atención, es esta cláusula la que está bajo ataque: cuando la cabeza del Poder Ejecutivo se inmiscuye abiertamente en una causa judicial en curso y dice que no viola las facultades de otro poder; cuando se amenaza a la Corte Suprema, a un tribunal o a un fiscal de la Nación; cuando se desconoce abiertamente el rango autónomo de la ciudad de Buenos Aires, lo que se está haciendo, ni más ni menos, es poner en duda la división de poderes, el federalismo y, en definitiva, la república. Una bicoca, casi nada...
Si no puedes con las reglas de juego, pues destruye el sistema. En esas estamos, con un poder en descomposición que pretende jaquear las instituciones desde dentro del Estado, a hurtadillas, con el declamado poder de masas, que no son masas. Mucho más que palabras en un marco teórico; son hechos graves, al compás patético de las urgencias procesales de una persona. Triste destino nos aguarda si no somos capaces de entender y enfrentar el desafío de la hora, porque solo merece la libertad y la vida aquel que día a día sabe defenderlos.




