Un triángulo complejo: María Corina Machado, Delcy Rodríguez y Trump
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María Corina Machado no sólo se perdió hace menos de un mes la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz que le fuera concedido en octubre (llegó ocho horas tarde). El domingo pasado, desairada por Trump, también se quedó afuera de la transición venezolana, pese a ser la principal líder de la oposición al régimen chavista. ¡Número puesto para esta hora crucial!, creyeron millones de venezolanos. Primero que nadie, ella.
Por estas horas su nombre refulge en el rincón político de la amplia galería de misterios que se apilan tras la controvertida y espectacular operación militar llevada a cabo por los Estados Unidos en Caracas. Lo más misterioso bordea el territorio de los equilibrios cósmicos. ¿El hecho de que se le confiriera el premio internacional más importante del mundo fue, paradójicamente, lo que la sacó de concurso?
Como si la política internacional hubiera sido infectada también por la lógica primaria de odios, intrigas, insidia y envidia escolar de las redes sociales, mucho se habló de que Trump no soportó que Machado se quedara con el Nobel que él pretendía para sí. Incluso una versión (floja de pruebas), que ayer negó el aludido, le atribuyó estar indignado con que a Machado no se le hubiera ocurrido rechazar el premio, pero no a la manera sartreana sino para refunfuñarles a los suecos algo así como “yo no me lo merezco, el ganador auténtico es Trump, dénselo a él”.
Según The Washington Post no fue casual que Trump hubiera hecho un fuerte lobby para ganar el premio. Es decir, un fuerte lobby para que la ingeniera venezolana lo perdiera. Mejor no acordarse en estos momentos de la clase de líderes que en la segunda mitad de los años treinta obligaban a los científicos de su país -Alemania- a declinar el Premio Nobel cuando la Real Academia Sueca se los otorgaba.
El desaire de Trump a Machado (no hace falta aclarar que el tema involucra una cuestión central, la reposición de la democracia en Venezuela, es decir, la trasciende como individuo) resulta doblemente ruidoso debido a que ella es la adversaria más detestada del chavismo desde hace veinte años en consonancia con su lucha infatigable y a que la escogida resultó ser la mujer con mayor jerarquía del régimen, Delcy Rodríguez, su contracara absoluta. Por lo que se sabe, Rodríguez está más cerca de ser una madurista sin Maduro que la virreina que Trump describe. Ya se verá.
Desde un punto de vista estratégico, frío, sin embargo, podría considerarse atendible el argumento que Trump esgrimió en público para dejar a Machado en la banquina. Trump dijo: “creo que le sería muy difícil estar al frente del país. No cuenta con apoyo ni respeto dentro de su país. Es una mujer muy amable, pero no inspira respeto”.
Exdiputada (2011-2014), además de que carece de experiencia de mando gubernamental, el problema parece estar en el conocimiento profundo del Estado. Un Estado, el venezolano, modelado durante largo tiempo por la corrupción, el narcotráfico y el autoritarismo. Saltar de la clandestinidad, donde ella vivió por lo menos el último año, a manejar un país súbitamente decapitado por una potencia extranjera en el que coexisten fuerzas armadas narcocontaminadas con tenebrosos grupos parapoliciales, civiles fanáticos con mucho para perder y una parte de la oposición -la que no se fue- indefensa, no suena a plan promisorio. En el marco de realpolitik impuesto por Trump ella tampoco da el perfil de alguien con amplios márgenes para ejercer el poder, negociar a dos o tres puntas al mismo tiempo y salir ilesa, lo que no significa que en las antípodas Delcy Rodríguez vaya a conseguirlo.
Sólo imaginemos a María Corina Machado el primer día tratando -luego de expulsar a los cubanos sobrevivientes- de seleccionar militares leales para rodearse. Es una escena que podría tener cierto parecido con la de un líder político de enorme popularidad que vuelve al país después de muchos años de exilio, aclamado, y que de un día para otro tiene que manejar un Estado que no conoce, con cientos de nombres nuevos, sin nadie en quién confiar.
María Corina Machado ciertamente no es Perón. No lo es en parte por razones de índole republicana, a favor ella. Pero por otras razones, como la experiencia como gobernante y como militar, muy a favor de él. Y sin embargo véase lo que padeció el general.
Lo que sigue sucedió en la trastienda del poder, tuvo consecuencias descomunales y no es demasiado conocido. La fuente: Gustavo Caraballo.
Unido por razones familiares a Bunge y Born, el abogado Caraballo (1936-2014) fue director nacional de Asuntos Jurídicos de Frondizi y asesor del Instituto Nacional de la Función Pública con Illia. Continuó un tiempo en el Estado bajo la dictadura de Onganía. Luego de trabajar varios años en la Confederación General Económica (CGE) cada vez más cerca de José Gelbard, volvió al Estado como jefe de asesores del Ministerio de Economía durante los breves gobiernos de Cámpora y Lastiri. Al llegar Perón por tercera vez a la presidencia fue nombrado secretario técnico (hoy secretaría Legal y Técnica).
Perón, quien como se sabe había gobernado hasta 1955, diecisiete años después (cinco los pasó guarecido en dictaduras latinoamericanas y doce en la España franquista) no conocía en persona a casi ningún militar en actividad. Y resulta que en ese período los militares habían sido -¿eran?- protagonistas esenciales del poder. Ellos sí conocían las caras y los resortes.
Caraballo le contó a la historiadora María Sáenz Quesada que en 1973 le envió al presidente Perón una radiografía de todos los generales “para que sepa quién es quién”. Les ponía “golpista”, “extremista”, “buen profesional”, “nacionalista”, “liberal”, etcétera. “Esa lista se la robó López Rega -narró- y me la devolvió cambiando las calificaciones. Donde yo ponía, por ejemplo, ‘pasarlo a retiro a Suárez Mason’, él lo tachó y puso ‘amigo mío’”.
López Rega era miembro de la logia Propaganda Due, a la que también pertenecían, entre otros, los generales Suárez Mason y Luis Alberto Betti. Además, claro, del almirante Emilio Eduardo Massera, a quien Perón ascendió y designó comandante en jefe de la Armada. Massera fue uno de los miembros de la junta militar que derrocó a la presidenta Isabel Perón junto con el general Jorge Videla, a quien ella misma había puesto en 1975 al frente del Ejército. Diez años después ambos fueron condenados a reclusión perpetua por la Cámara Federal por gravísimos delitos cometidos en el marco de un plan sistemático de terrorismo de estado.
Es cierto que también Salvador Allende fue quien encumbró a Augusto Pinochet como jefe del Ejército chileno, y que antes de eso el paraguayo Federico Chávez nombró al general Alfredo Stroessner, quien lo derrocó y se quedó en el poder 35 años.
¿Qué indica todo esto? En principio, que se puede parafrasear a John Lennon: la historia, no sólo la vida, (a veces) es eso que pasa mientras los líderes poderosos hacen otros planes. Que los dictadores llegan a dominar el Estado más que los políticos. Que no es tan fácil la transición de un régimen a otro ni salir de un sistema militarizado, encima corrupto, hacia una democracia estable.
Pero además hay que ver qué se pretende. Porque Washington de democracia hoy no habla. Sí habla de intereses estadounidenses y del petróleo, esto para jolgorio de críticos ultraprevisibles como Cristina Kirchner, quien le explicó a su público lo que su público esperaba, que todo esto sucede porque Estados Unidos quiere apoderarse del petróleo. Fin, diría Adorni.
De que el petróleo es el motor principal de la economía venezolana y que hoy está subexplotado, ni jota. Al tuit la expresidenta presa entró patinando sobre aceite: “se puede estar a favor, en contra o no importarte el gobierno de Nicolás Maduro…” pero el malo de la película es siempre uno, Estados Unidos. O sea, lo del “gobierno” (sic) de Maduro va en gustos. Claro, se lo puede apreciar también en cualquier heladería, algunos piden dulce de leche, otros sambayón, otros granizado y a otros no les interesa el helado.
Y chocolate por la noticia, Estados Unidos está haciendo cosas que ya había hecho antes muchas veces: extirpa dictadores. Aunque ahora con algunos retoques en modo segunda temporada trumpeana. Vértigo, centralidad, determinación, ambigüedad, soberbia, amenazas, fanfarronería, desdén por las regulaciones, desparpajo y, entre todo, la noticia que complace, que alegra a cuantos no creen que el sistema político de Venezuela sea cuestión de gustos.
Opinión del Washington Post: “quitar del poder a un presidente vil, brutal y corrupto sin un plan claro de transición, y confiar en que su antiguo régimen lo ejecute por vos, no es apoyar a la democracia. Es una receta para el caos”.
Opinión de The New York Times: “si hay una lección predominante de la política exterior estadounidense en el último siglo, es que intentar derrocar incluso al régimen más deplorable puede empeorar las cosas”.
Todos se acuerdan ahora del reversible Manuel Noriega, quien pasó de trabajar para la CIA cuando George Bush padre era el director de la agencia a ser llevado a Miami y juzgado luego de la invasión a Panamá cuando George Bush padre era el presidente de Estados Unidos. Lo hallaron culpable de ocho cargos por narcotráfico, crimen organizado y lavado de dinero.
Washington renovó para Noriega la célebre frase que Franklin Delano Roosevelt había acuñado originalmente para el nicaragüense Tacho Somoza: “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. A Maduro no le calza, por lo menos hasta ahora, habrá que ver cuando declare.
El juego de parecidos y diferencias entre Noriega y Maduro resulta interminable y cautivante. Como sucedió ahora, ya Ronald Reagan había presionado a Noriega sin éxito para que renunciara después de que anuló elecciones en las que ganó la oposición. Con él no hizo falta deslegitimarlo como presidente porque no lo era. Aquella operación militar, que no fue un mero secuestro sino una franca invasión, tampoco había sido autorizada por el Congreso, lo cual motivó infinitos reproches. Idéntico.
Hace 36 años la asamblea general de las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos y el Parlamento Europeo condenaron la invasión a Panamá como una violación del derecho internacional. Pero hay dos datos fundamentales que por ahora no pueden compararse. Uno: a Noriega le dieron 40 años de prisión y murió, preso, en 2017. Dos: después de su caída vino la democracia. Cosa infrecuente en las invasiones justicieras.
La situación ahora es muy dinámica. Trump no se agota. Pero nadie parece estar en condiciones de decir hacia dónde va Venezuela.




