Una carta de Butch Cassidy
Desde Cholila, en la Patagonia, el célebre asaltante envió a los EE.UU. un manuscrito que ermitió certificar su estancia en la región décadas después de su muerte
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Hace exactamente un siglo atrás, la carta aún no estaba embarcada hacia el país del Norte, pero llegaría a destino. La escribió desde su rancho en Cholila, Chubut, el 10 de agosto de 1902 a la señora Davies de Ashley, de Utah, el mormón Robert Leroy Parker, el más conocido y buscado asaltante de bancos y trenes en los Estados Unidos como Butch Cassidy. Con ese nombre quedó eternizado en una reiterada película. La carta fue un mensaje -en parte en clave- para dar noticias de su paradero a las amistades fuera de la ley en los Estados Unidos: la señora Davies era la suegra de Elsa Lay, quizá del mejor amigo de Butch.
En la Patagonia, Cassidy pasaba como inmigrante estanciero con el nombre de Santiago P. Ryan (o Jim Ryan) y había llegado junto con su compinche Harry Longbaugh, que en su país se hacía llamar Sundance Kid, e integraba con Cassidy la Wild Bunch (La pandilla salvaje).
Sundance viajó acompañado por la bellísima pero incógnita Etta o Ethel Place, que no era la casi ingenua maestra de la película de fines de los años sesenta, sino una sospechada meretriz que prefirió aliviarse de su trajín norteño con la nueva vida estanciera y patagónica.
Fue a mediados de la década del setenta que conseguí una copia de la carta de Butch autenticada por el Utah State Historical Society y hace menos de diez años que -excepcionalmente- tuve su original en mis manos en la sede de ese archivo de Salt Lake City, donde revisé los documentos finales de una larga investigación sobre estos bandidos instalados a principios de siglo en la Patagonia. El archivo -que funciona en la vieja estación ferroviaria de la capital de Utah- sólo muestra fotocopias de los originales, guarda buen material de bandidos y de sus investigadores, además de otra carta que, desde la cárcel, Bob Parker, como se lo llamaba familiarmente al hijo mayor (Butch), escribió a su hermano Daniel el 13 de marzo de 1890.
La carta suscripta en Cholila no había sido aún publicada y pronto lo harían dos autores con los que quedé atrapado en la casi siempre novelesca historia de estas investigaciones, una trastienda de papeles, especulaciones y, desafortunadamente, de intrigas y miserias.
La copia de los años setenta me la tramitó Dirk Calder, intermediario de su vecina y escritora Dora Flack, de Salt Lake City. Dirk conocía a Robert Redford, que casi llega en esos años a Buenos Aires, también detrás de la leyenda de los bandidos para hacer una travesía a caballo como la que por entonces experimentó a lo largo del Outlaw Trail (el sendero de los “fuera de la ley”) para el Geographic Magazine. Redford vive en Sundance, su encantador centro de esquí donde creó los festivales de cine independiente. El otro autor con el que nos ató la historia de bandidos fue nada menos que Bruce Chatwin.
Identidad y descarte
La carta era importante para identificar al célebre bandido con el personaje que había habitado en Cholila, y demostrar con otros documentos gráficos su identidad: uno oficial con su firma, seguido de la comparación que oportunamente publiqué en la revista española Co & Co. A ello hubo que sumarle lo acumulado en la indagación en demanda de documentos sobre el rancho de Cholila. El resultado fue determinar cuándo y por qué ocuparon el lugar, el abastecimiento que hicieron los bandidos, qué consumieron y qué criaron, y hasta el costo y detalles minuciosos de dos puertas que encargaron para aquel rancho aún en pie.
Cuando, en 1890, Butch escribió a su hermano Daniel P. (cuyo verdadero segundo nombre era Sinclair, se casó con Annice Ann Mac Mullin y sobrevivió hasta el 5 de agosto de 1942), su intento era no dañar a su familia. Por eso dirigió la carta a un tal Lorenzo Watson. El archivo de Salt Lake City guarda el sobre con estampilla y matasello (fotocopia en mi poder). A Watson le recomendó: “Dear Lorenzo. Kindly pass this letter to Daniel P. Parker”. Luego seguía la carta en la que se despedía de Daniel “this from your brother Bob”. En la posdata le recomendaba contestarle a través de George Cassidy, un amigo del que tomó el alias con que más trascendió.
Doce años después, el 20 de julio de 1902, Butch recibió en Cholila un muy requerido cargamento de avena: el frío era intenso y sus animales padecían un invierno nevador. Además estaba solo: sus compañeros, conocidos en las cordilleras del Chubut como “el matrimonio Place”, habían partido en pleno verano hacia Madryn en una cabalgata memorable. Se embarcaron a Buenos Aires y de allí a Nueva York, donde arribaron el 3 de abril. El motivo del viaje era intentar la cura de Etta que padecía una de las llamadas enfermedades secretas. Volverían a la Patagonia.
Aunque la carta de Cholila ahora carece de la última carilla con su rúbrica (firmaría Bob, como las demás, pero es su caligrafía) resulta una maravillosa síntesis de la nueva vida del bandido. Elegantemente alude a “un tío (que) murió y dejó 30.000 dólares a nuestra pequeña familia de tres miembros. Tomé mis 10.000 y partí para ver un poco más del mundo”. En realidad se refería al asalto de un banco de Winnemuca en Nevada, el 10 de septiembre de 1900. Ahora estaba solo, es cierto, pero por pocos meses, de manera que mentía ese dato. Daba cuenta de su patrimonio ganadero: “300 cabezas de vacunos, 1500 ovinos, 28 caballos de silla”, además de dos peones y la alusión al rancho como “una buena casa de cuatro habitaciones”, galpones, establo y gallinero. Se quejaba de su soledad, la falta de una cocinera y su “estado de amarga soltería”. Luego agregaba otras quejas. Se hablaba español, pero “el país, en cambio, es excelente”. Daba cuenta de la extensa y fértil región, la distancia con Buenos Aires y esperaba fortificar las ventas de ganado a Chile, “nuestro gran comprador de carne vacuna”, porque de allá habían abierto un camino cordillerano (se refería al sendero de Cochamó, el que denunció Clemente Onelli como contrario al laudo arbitral que expediría la corona británica ese mismo año).
Siempre con guitarra
Dirk Calder, que generosamente remitió la copia autenticada de esta carta, actuaba a la manera de un simpático doble agente. A su modo lo era de Dora Flack, escritora vecina de Salt Lake City que preparaba un libro sobre las memorias -en realidad fantaseadas- de Lula Parker Betenson, la hermana más pequeña de Butch, de sólo 3 años cuando su hermano fuera de la ley dejó la casa paterna. Dirk Calder, sentado en el living con un whisky en mano -en un breve paréntesis a las viejas reglas mormonas-, confesaba que el motivo principal de sus viajes a la Argentina era buscar una buena guitarra para su esposa Dixie, pero le interesaba saber el avance de mis investigaciones y hasta indagaba la posibilidad de comprar el acopio documental. No sólo las visitas terminaron en la preparación de un viaje que Redford no pudo concretar, sino que derivó en un cruce de correspondencia con Dora Flack.
Curiosamente fue a Bruce Chatwin al que le di una copia de la carta de Cholila cuando me visitó para su viaje a la Patagonia y le acerqué varias pistas y precisiones sobre el rancho de los bandidos. Pero Bruce, que había llegado a Buenos Aires para escribir una nota encargada por The New Yorker y terminó anticipando su afamado libro In Patagonia (1977), publicó la carta, pero sostuvo que aquel agosto fue el primer invierno de Butch en el Sur y estaba solo. Insinuaba que sus compinches llegarían después. En realidad, seguía a los autores norteamericanos que mantuvieron el dato errado durante décadas. La mejor documentación que demuestra que el trío estaba un invierno antes en la Patagonia es su compra de caballos, al mismo tiempo de un asalto en los Estados Unidos que entonces le fue atribuido. La agencia Pinkerton tuvo un retraso de casi dos años en la saga contemporánea a la fuga. Finalmente, la autora de Butch Cassidy, my brother, libro que editó la Universidad de Provo, Utah, publicó también la carta, y fabuló el regreso de su hermano a Utah en 1925, basada en un impostor que vivió muchos años haciéndose pasar por Butch y hasta consiguió biógrafo para su mitomanía.

