
Una deriva psicológica un tanto desajustada

“Veo con preocupación esta deriva psicológica tan desajustada”, dijo Julio María Sanguinetti con dolida sinceridad y con su reconocida sensatez. Aludía, obviamente, al carácter desorbitado que mostró Javier Milei durante sus últimas incursiones mediáticas por España y también en sus peripecias surrealistas por la Argentina, donde pasó de la praxis del insulto abyecto a una nueva fase de graves acusaciones infundadas sobre extorsiones fantasmales y golpismos conspiranoicos.
Las reglas y las instituciones parecen chocolate blando al sol cuando la polarización extrema se impone
Sanguinetti se refería, de un modo prudente y elegante, a un punto ciego de todo el análisis político: la tormentosa mente del León, lugar al que nadie puede acceder y por lo tanto desentrañar, lo que es todo un problema en un sistema hiperpresidencialista. Hablar de “deriva psicológica desajustada” es lo mínimo que se puede decir de un mandatario que propone públicamente quemar en la hoguera a quienes considera sus enemigos, y nunca olvidemos que la violencia verbal es violencia. Su exmaquilladora Lilia Lemoine tuiteó, en respuesta, que Sanguinetti era un inmoral o estaba gagá (sic). La política vernácula, calcando la discepoliana igualación de las redes sociales -“lo mismo un burro que un gran profesor”- permite estas insolentes desproporciones; el hecho de que la señorita Lemoine haya logrado una diputación nacional ratifica que los milagros son posibles en la patria y que la degradación de nuestro parlamento no tiene piso. No se trata solo de la inefable cosplayer, sino de muchos advenedizos y advenedizas que como ella han aprovechado la precariedad y el carácter aluvional de La Libertad Avanza para meterse en lugares fundamentales: algunos de estos personajes trabajan más en los medios que en sus cargos. Su metodología diaria consiste en pedir línea en Casa Rosada, agenciarse algún asiento en la televisión vespertina o nocturna, desplegar allí desembozada publicidad de los actos de gobierno y defender lo indefendible; producir algún desmán argumentativo y luego recortar esa parte y mostrar orgullosos en X cómo “domaron” al periodista que tuvo la deferencia de convocarlos, y lograr de ese modo lo máximo: un reposteo del profeta de Olivos, algo así como el terrón de azúcar para la mascota amaestrada. Antes y después de esa incursión -faena a la que denominan pomposamente “batalla cultural”- no se privan de criticar con dureza al medio que les dio o dará aire, ni de plegarse luego a la campaña del odio (al periodismo) que instrumenta su jefe y que ya es política de Estado. Este modus operandi, consentido por indolentes colegas, se combina con la jocosa crueldad importada también de las redes y convertida hoy en lenguaje oficial: los nuevos derechistas se dieron cuenta de que la asfixia de la “dictadura woke” -cuando lo “políticamente correcto” se vuelve irrazonable y cancelatorio- habilitaba una “contrarrevolución”, una válvula de escape donde valía casi todo: no sólo practicar el racismo y la homofobia, y cualquier otra discriminación, sino jactarse de ello y reírse de las víctimas. Ese magma convertido en lúgubre cultura puede explicar un poco que a Flavio Bolsonaro se le haya ocurrido la repugnante idea de burlarse de una mutilación durante el debate presidencial: Lula perdió un dedo meñique en un accidente laboral cuando tenía 17 años.
El kirchnerismo, que brindó refugio a Evo Morales, no tiene solvencia moral para criticar ahora el rescate de Bolsonaro
El chiste negro e insultante es asombroso por lo que implica, y revela en todo caso un clima de época, aunque todavía -es cierto- aparecen algunas contraindicaciones: dicen que el bolsonarismo tuvo precisamente con ese último gesto su cajón de Herminio. Lula se vengó más tarde de Milei, que no fue capaz de reconocer su victoria en las urnas, con un tuit a Mauricio Macri que fue un tiro por elevación, pero que no deja de contener una reflexión profunda: allí el brasileño manifiesta “nostalgia” (usó esa palabra) por los tiempos en que las diferencias entre países hermanos se resolvían de manera “civilizada y republicana”. Algo de esa misma nostalgia anida en los pronunciamientos que firmaron las principales empresas argentinas en defensa de la prensa y en pos de un mejor clima de convivencia social: el sustantivo “respeto” aparece aquí y allá, y se avisa que lo contrario -el desprecio y la agresividad- erosiona la democracia y el progreso. O para decirlo en crocante: la deriva psicológica desajustada, transformada en sistema gubernamental de griterío y bullying, al final también atenta contra la economía. Esta es una mala noticia para los teóricos de la testosterona: cunde en ambas veredas ideológicas la tentación de creer que la “fórmula mágica” -cada uno tiene la suya- no funciona o no funcionó porque todavía no se aplicó con suficiente dureza. “Volvamos peores, porque mejores no nos fue bien”, ironizan algunos kirchneristas. O radicalicemos nuestras posiciones y que nos importe un bledo lo que piensan los “kukas”, los “zurdos”, los “mandriles” y los “ensobrados”, propone el mileísmo, colocando dentro de esos compartimentos a cualquier disidente. Anteojeras y radicalización, nada de autoexamen y más ensañamiento terapéutico: las cosas tarde o temprano saldrán bien, compañeros y amigos, porque no podemos estar equivocados. Eso es imposible. El Gordo Dan denunció esta semana a la “izquierda disfrazada de centroderecha”: cualquier liberal que considere necesario reconocer el triunfo de Lula en Brasil y que ponga reparos a la política oficial. Y varios de sus militantes han vuelto con la vieja cantinela: “Cuidando las formas no nos fue bien”. Es una superstición facilista, como decir: jugando con camisetas nos golearon, habrá que jugar en cueros. Se parece, a su vez, a ese razonamiento falaz según el cual la democracia es la madre de los grandes retrocesos económicos de las últimas décadas: culpan al reglamento de fútbol por haber perdido varios campeonatos; es más difícil y doloroso, claro está, examinar la culpa de los directores técnicos y la pericia real de los jugadores. Las reglas y las instituciones parecen chocolate blando al sol cuando la polarización extrema se impone, el árbitro pierde su autoridad de aplicación y cunde la ideología de la camiseta, y por lo tanto del caos y la hipocresía. Y esa degradación democrática está operada por las ligas internacionales de izquierda y de derecha, que colocan sus deseos personales por encima de los intereses nacionales, y dan protección mafiosa a sus miembros cuando peligra su libertad. El kirchnerismo, que brindó refugio a Evo Morales, no tiene solvencia moral para criticar ahora el rescate de Bolsonaro. Y viceversa. Sartre decía: “La mala fe es el arte de convencerse a uno mismo de una mentira, sabiendo perfectamente bien que se está mintiendo”. Y es esa la clase de mentalidad binaria, deshonesta y demonizadora que precisa un modelo de grieta profunda, donde siempre se vota o piensa con espíritu tribal o bajo chantaje, donde hacer política es gerenciar el rencor y donde los bandos realizan reformas de fondo con mayorías circunstanciales y aspiran a generar una hegemonía. Aunque parece muy sofisticado, los modernos populistas de cualquier escudería no pretenden algo muy distinto al régimen de Formosa. Pasa cuando uno apuesta a un mesías y cree que encarna el bien, dos ideas irracionales que parecen nuevas pero que son más antiguas que el arameo. La manada social que acepta estos términos maniqueos también tiene, como diría Sanguinetti, una deriva psicológica desajustada.
Durante 40 años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político y jefe de redacciones de diarios y revistas. Es actualmente articulista de La Nación y de Zenda Libros (España); conductor de Pensándolo bien, programa nocturno de Radio Mitre y autor de novelas, cuentos, crónicas y ensayos.

