
Una multitud sin enemigo: dudas y esperanzas ante la visita del Papa
La llegada de León XIV movilizará sentimientos, tocará fibras sensibles de la sociedad y la política y transmitirá una energía que impactará en el estado de ánimo colectivo. ¿Será un movimiento pasajero o marcará un cambio en la atmósfera en la que se desenvuelve la vida pública del país?

La Argentina está en vísperas de un tsunami emocional.
La visita del papa León XIV no solo marcará un hito para la comunidad católica: movilizará sentimientos, tocará fibras sensibles de la sociedad y la política, transmitirá una gestualidad y una energía que impactarán, seguramente, en el estado de ánimo colectivo. Por eso se ha instalado una pregunta que desvela a los dirigentes, pero también a los estudiosos del comportamiento social: ¿será un movimiento pasajero o marcará un cambio profundo en la atmósfera en la que se desenvuelve la vida pública del país?
Todas las previsiones coinciden en que el Papa convocará multitudes solo equiparables a las que ha movilizado el fútbol en sus instancias de gloria. Será un fenómeno que excederá la dimensión puramente religiosa, en un país en el que la fe católica todavía es mayoritaria, pero con menos gravitación de la que tenía en el siglo pasado. Según el último informe del Observatorio de las Creencias en la Argentina de la UBA, el 57,7% de los ciudadanos de nuestro país se identifican como católicos, lejos del 90% que registraba el censo de 1960. Se consolida, además, una suerte de “cuentapropismo religioso”: en la segunda Encuesta Nacional de Creencias y Actitudes Religiosas, que realizó el Conicet, el 59,9% de los consultados dijeron que se relacionan con Dios por su propia cuenta. La figura del Papa, sin embargo, moviliza la fe, pero también otra cosa: la curiosidad por un liderazgo universal y, sobre todo, la necesidad de un acontecimiento compartido en un país que prácticamente ha extraviado esos espacios de encuentro intergeneracionales, policlasistas, esencialmente integradores.
Las multitudes que acompañarán al Papa tendrán un componente inédito: no se ordenarán alrededor de un adversario, mucho menos de un enemigo. Contrastarán con las movilizaciones políticas, cada vez más ancladas en los antagonismos, e incluso con las que ha promovido el fútbol, inevitablemente necesitado de una rivalidad. Será una efervescencia mansa: sin grito ni confrontación, sin “otro” al que derrotar. Un ejercicio casi olvidado en la cultura de masas de la Argentina.
Asoman, entonces, los primeros interrogantes de fondo: ¿cómo procesará la sociedad esa experiencia de estar junta sin algo “en contra” que la ordene? Nadie sabe todavía si será una vivencia efímera o establecerá una nueva vara en la escala de aspiraciones colectivas; si abrirá apenas un paréntesis o si estimulará una nueva valoración del concepto de comunidad en un país fragmentado y polarizado como la Argentina. Son dudas que remiten a un contexto muy distinto al de aquel país de 1987 que recibió, por última vez, una visita papal. Juan Pablo II se encontró, hace casi 40 años, con una democracia joven que todavía creía en las instituciones, practicaba el diálogo y se sentía más identificada con estructuras vertebrales, como la Iglesia o los partidos políticos. León XIV, en cambio, estará ante una sociedad desafiliada de casi todo, no solo de la organización religiosa, y atravesada por el desencanto y la incertidumbre. A ella dirigirá un mensaje moderno y terrenal que abarca desde los desafíos de la inteligencia artificial hasta epidemias contemporáneas como la soledad y el aislamiento digital.
Más allá de lo que diga o deje de decir el Papa, y de las interpretaciones que se harán de cada una de sus palabras, su sola figura encarna hoy un liderazgo contra la corriente. Su propio estilo, firme pero suave a la vez, con una gestualidad sobria y mesurada y una oratoria franca, pero siempre conciliadora y prudente, contrasta con lo que los politólogos definen como “los liderazgos de época”: estrafalarios, grandilocuentes, agresivos y atropelladores.
Su trayectoria y su actuación pública desde que asumió el pontificado anticipan que León XIV no avivará ninguna confrontación en su periplo por la Argentina, aunque es probable que tampoco disimule sus preocupaciones sociales. Hay un “riesgo”, sin embargo, para la cultura política dominante: que la gente descubra que extrañaba otra forma de hablar; otro modo de ejercer un liderazgo y de conectar con las angustias de la sociedad.
Algunos con temor, y muchos con esperanza, ven en la visita del Papa la posibilidad de que quede fuera de registro, y tácitamente desautorizado, un modo pendenciero y arrogante en el ejercicio del poder. En un país en el que la política ha tendido a fragmentar a la sociedad y ha apostado a exacerbar el revanchismo y la crispación, el aura de León XIV, empeñado en tender puentes y en “desarmar las palabras”, puede promover uno de esos cambios subterráneos que modifican el ánimo y el clima de una sociedad.
Ya han aparecido algunos síntomas auspiciosos alrededor del poder
En los días previos a su llegada ya han aparecido algunos síntomas auspiciosos alrededor del poder. Se han hecho esfuerzos para mostrar convivencia y amplitud en el arco político, con invitaciones a la oposición para participar de la agenda papal. Está por verse si son indicios de un aprendizaje o apenas gestos impostados. La respuesta no dependerá tanto de los actores políticos como de la propia sociedad: ¿nacerá con la visita del Papa una demanda de mayor templanza, pluralismo y moderación en los liderazgos políticos? Tal vez ese interrogante condense uno de los misterios centrales de este acontecimiento histórico.
El Mundial de fútbol hizo aflorar este año un sentimiento nacionalista que parecía diluido, o por lo menos adormecido, en la sociedad argentina. Fue una corriente emocional que tuvo un impacto directo sobre la vida política. El Gobierno descubrió una sensibilidad malvinera que no se le conocía y eso modificó tanto la agenda parlamentaria como las prioridades en materia internacional. No es descabellado imaginar que la visita del Papa produzca una nueva disrupción en el ánimo colectivo, esta vez con un signo distinto: un sentimiento de unidad y de convivencia que deje descolocados los discursos confrontativos y beligerantes, así como los fanatismos y las posiciones radicalizadas. Por ahora son solo conjeturas, pero la posibilidad de que ocurra algo así encuentra buenos fundamentos en algunos datos de la realidad.
Una encuesta de Tres Punto Zero ya mostraba, en marzo de este año, un hastío mayoritario con la forma en la que se ejerce el poder en la Argentina. El 68,1% lo consideraba “muy agresivo” y el 57,4% se declaraba “aburrido” o “cansado” del estilo presidencial. Todavía no se habían alcanzado, sin embargo, los picos de insultos a mandatarios extranjeros y la amenaza de “la hoguera” para periodistas profesionales. Pero el simbolismo de la visita papal excede, en mucho, el desafío o la incomodidad que pueda implicar para un presidente como Javier Milei. Eso podría quedar reducido, incluso, a una pequeñez casi anecdótica. La presencia del máximo líder de la Iglesia Católica marcará un contraste con toda una cultura política, pero también con los rasgos de una sociedad que ha naturalizado una especie de microviolencia cotidiana, tanto en el espacio público como en las redes sociales. El impacto podría ser más hondo entre los millones de jóvenes que se movilizarán con su visita y que hoy buscan aferrarse a certezas y creencias debilitadas. Hay que volver a leer la encuesta que hizo este año el CIAS entre chicos y chicas de 16 a 24 años de barrios vulnerables: a la inmensa mayoría le cuesta creer en alguien.
En ese contexto aterrizará en la Argentina, dentro de 72 horas, un líder universal que intenta combatir el odio y la desesperanza. Promete una histórica movilización social; esa efervescencia mansa que conmoverá algo tan inasible, pero tan esencial, como la espiritualidad y la sensibilidad de las personas. Es un fenómeno que supera a la política y que se escapa de los moldes convencionales con los que se analiza la vida de una sociedad. La visita del Papa, más allá de la fe puramente religiosa, tocará una cuerda íntima de millones de argentinos. Es, de algún modo, una dimensión desconocida, que sin embargo podrá impactar en el curso de la política y, tal vez, de nuestra vida cotidiana.
¿Será solo una tregua frágil y pasajera o el principio de otra forma de estar juntos? Todavía no lo sabemos, pero, más que nunca, vale la ilusión.

