Una noche en la comisaría
Esther-Marie MerzPara LA NACION
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Íbamos tres amigas en el subte D, desde la estación Scalabrini Ortiz rumbo al centro, a ver la obra musical Chicago . Era el regalo de cumpleaños de una de ellas, nacida en Estados Unidos. Habíamos conseguido a último momento las entradas. A esa hora, las 20.15, no había mucha gente en el vagón, pero viajábamos de pie. A mi lado iba un muchacho musculoso que se me acercaba sin motivo aparente. En la estación Bulnes, la segunda parada del subte, observé que mi cartera estaba abierta y, al revisarla, advertí que me faltaba la billetera.
El muchacho se había bajado. Corrí detrás de él sin pensarlo. Lo detuve y, sin mediar explicaciones, comencé a palparle los bolsillos y a exigirle que me devolviera mi billetera. Era, a sus ojos, una extranjera con acento francés que estaba acosándolo. "¿Qué te pasa, loca? -exclamó-. No hice nada. No me toques. Te estás equivocando. ¿Estás mal de la cabeza?"
No estaba mal, sino peor. Era tal mi indignación que, a los gritos, logré otra respuesta: "Yo no fui; fue él". Señaló entonces a otro muchacho, alto, bien vestido y peinado. Corrí detrás de él y se repitió la escena. En eso apareció un policía que comenzó a perseguirlo y yo, alentada por mis amigas, fui detrás del primero con mis tacos de ocho centímetros, minifalda y chal. La avenida Santa Fe era un caos. Cruzó. Lo alcancé y logré pedirle a gritos que regresara. Otro policía acudió en mi auxilio, mientras mis amigas Ashley y Florencia intentaban consolarme. Aparecieron tres policías más. Nos preguntaron qué había ocurrido y, al notar nuestros acentos extranjeros, creyeron que éramos turistas. Vivimos en Buenos Aires desde hace más de dos años. Eran las 20.30. Dentro de la billetera viajaba el regalo de Ashley: las entradas para Chicago .
La obra transcurre dentro de la prisión. Es la historia de dos asesinas. Está basada en el juicio de Beulah Annan y Belva Gaertner en Chicago, en 1924. Nosotros no éramos dos, sino tres, y, como ellas, íbamos a terminar en un sitio parecido, la Comisaría 21», con los dos ladrones. A eso de las 21, cuando comenzaba Chicago en una sala de la avenida Corrientes, los policías nos dijeron que habían encontrado la billetera y dos celulares en la ropa interior de uno de ellos. Nos abrazamos, emocionadas. " Well done, Charlie's Angel (Bien hecho, Angel de Charlie)", me dijo Ashley.
Entonces nos llevaron en un patrullero para radicar la denuncia. Era la primera vez que viajaba en uno de esos autos con luces azules. En la comisaría había tres personas sentadas que, medio dormidas, esperaban ser atendidas. Las paredes eran blancas, frías, con tres fotos de oficiales y un mapa del barrio que parecía hecho hace 50 años. Las mesas y las sillas eran básicas. Había dos pantallas de computadora en las mesas y, detrás de ellas, policías que luchaban con el sistema tecnológico y judicial. Hicieron lo que pudieron. Empezamos a comparar qué hubiera sucedido en la misma situación en los Estados Unidos o Alemania, mi país. "Estamos en la Argentina", concluimos.
Hacía frío. Ashley vive cerca. Fue a cambiarse. Regresó con comida árabe, agua mineral y su novio mexicano, Jesús. Nos habían dicho que "en un ratito" íbamos a cumplir con el trámite de la denuncia. Cinco minutos después de la medianoche, casi tres horas después de haber llegado, logré hacerlo. El policía debía imprimirla para que yo la firmara. Se colgó la computadora. Volvimos a escribirla. Pude firmarla, por fin, a la una de la mañana. Pero debí regresar al día siguiente para recuperar mi billetera.
En ese momento, cuando entraba, salía el muchacho argentino que se la había pasado al otro -peruano- cuando cometieron el robo. Luego salió el otro. Me llevó una hora más recuperar mi billetera. Puedo ser un Angel de Charlie, pero jamás entenderé cómo funciona la justicia en este país.
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