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ANÁLISISJORGE FERNÁNDEZ DÍAZ

Una película que da miedo

7'
Javier Milei durante el cierre de 60º Coloquio IDEA, en Mar del Plata
Javier Milei durante el cierre de 60º Coloquio IDEA, en Mar del PlataMauro v
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A Stephen King nunca le pareció apropiada la elección de Jack Nicholson para encarnar al escritor que acepta cuidar el hotel Overlook. Torrance, su gran personaje, es también un novelista y un alcohólico en recuperación, con una esposa amorosa y un hijo pequeño, y el hotel se encuentra en las frías montañas de Colorado y está cerrado al público durante el crudo invierno. El resplandor trata sobre el aislamiento y sobre cómo los fantasmas de la mente pueden carcomer la cordura de una persona. La versión fílmica, que corrió por cuenta de un genio del cine -Stanley Kubrick-, es un clásico de todos los tiempos, pero King lo consideró apenas “un gran cadillac sin motor”. Es que Torrance, en la novela, despertaba confianza y empatía y su deriva resultaba, por lo tanto, más sorprendente y dolorosa; Nicholson, que lo encarna en la pantalla, venía de hacerse famoso con Atrapado sin salida -una historia de manicomio-, y en consecuencia el público estaba predispuesto desde el minuto cero a intuir cómo acabaría: completamente loco y persiguiendo a su familia con un hacha.

Fingir demencia con la demencia del poder, y permitir que se naturalicen brotes y exabruptos, es un error que se paga caro

Acaso lo más inquietante de aquella trama de King es esa sutil progresión en la que la esposa y el niño van percibiendo pequeños pero preocupantes cambios en el comportamiento del hombre. La sombría peripecia también puede leerse como una alegoría acerca de cómo el poder encapsula y enajena, algo que se explica no solo por el síndrome de hybris, sino por otras patologías de base, y que acaso se ensaña especialmente con líderes que se proponen como mesiánicos y utilizan justificaciones místicas. El poder es un palacio cerrado, un túnel lleno solo de ecos, espectros y voces engañosas, y este es un punto ciego en el análisis convencional de la política. Para no eludir la actualidad argenta, aunque estos fenómenos turbadores del juicio vienen de afuera y de lejos y acechan a cualquier estadista, habría que refrescar una serie de palabras y conceptos que se han vertido por estos días desde las más altas esferas del oficialismo vernáculo: un funcionario llama “Anticristo” a un gobernador, califica de “infierno” a un movimiento político y denomina “momias” a economistas disidentes, y un jefe de Estado se hace grabar desde arriba y en lo oscuro acaso para desdibujar su silueta, se regocija por haber convertido su residencia en una base militar, anuncia la localización y deportación de treinta mil terroristas imaginarios, revela haber sido víctima de siete intentos de golpes de Estado inexistentes y declara en París -para estupor de los franceses- que la Organización de las Naciones Unidas es un antro de burócratas pretenciosos que se masturban (sic). A la revista Le Point le aseguró también que todos los medios de comunicación eran “literalmente corruptos”, y después en las redes sociales llamó “zurda inmunda” a Maru Duffard y “tremenda ignorante” y “defensora de chorros y asesinos” a Jesica Bossi; siguió con su antidemocrática campaña de odio contra el periodismo, dijo que en este diario éramos “una banda de sicarios de la pluma” y acusó sin identificarlas a otras dos reporteras de esta redacción de haber insultado en privado a dos economistas que proporcionaban datos positivos a favor del desempeño libertario, una infamia hilarante basada posiblemente en las mentiras de algún arrastrado. Con una violencia apenas contenida, el jefe de Estado intentó vapulear al secretario general de La Nación -un verdadero caballero de la prensa- cuando este lo entrevistaba respetuosamente en el Coloquio de IDEA, en cuyos pasillos se comentó más tarde con perplejidad y gran preocupación la inusitada agresividad presidencial. Fingir demencia con la demencia del poder, y permitir que se naturalicen brotes y exabruptos, es un error que se paga caro. El Presidente y algunos de sus allegados meten miedo, como en una película de terror, y no es descartable que eso le guste mucho al Moisés libertario y a su principal asesor: “Que me odien, con tal de que me teman” (Oderint, dum metuant), como decía el aforismo romano. Lo está consiguiendo, y con creces, como Torrance en los corredores vacíos del hotel Overlook.

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El cristinismo también creía que la gente de a pie era tonta y se la podía engañar con contabilidad creativa o manipulación aritmética

Para un eventual segundo mandato -“mi rival soy yo mismo”-, quienes lo aprecian deberían evitar que Javier Milei se siga deslizando por esa espiral sin fin de “estados alterados” (otra gran película de Ken Rusell), donde se pierde la proporción de las cosas y se elige vivir cada vez más en una realidad alternativa. “Odio la realidad, pero es en el único sitio donde se puede comer un buen bife”, decía Woody Allen. Otra alegoría cinematográfica -para exorcizar un poco este clima esotérico y enrarecido en el que trastabilla la política local- podría ser Desde el jardín, el film basado en la novela de Jerzy Kosinski que Francella ha puesto con gran éxito en la avenida Corrientes, y que inicialmente interpretó Peter Sellers. Milei no se parece a Chance, un jardinero cuyas frases silvestres e ingenuas eran tomadas en Washington como sabias metáforas de la política, en un amargo y desternillante malentendido donde ese sujeto simple y limitado acaba siendo consultado seriamente como un oráculo de nuestros tiempos. A pesar de no haber tenido experiencia en gestión macroeconómica, financiera ni cambiaria, el libertario no ignora la materia: es “un experto en crecimiento con y sin dinero”, y al menos en teoría sabe de números. Pero su debilidad por ser adulado siempre y en todo lugar, y su grandilocuencia bíblica -se piensa como un profeta revolucionario con conexiones celestiales- son tan potentes que solo prohija en el palacio a “creyentes” que confirman sus paranoias, agrandan los datos buenos y esconden los malos, le meten cizaña contra los múltiples “enemigos” y, sobre todo, toman como verdad revelada sus divagaciones del momento. Que a veces se convierten en relato oficial. Se ha transformado en práctica habitual, en una adicción contagiosa y casi irrefrenable, hacer abuso de la estadística y deformar los números; algo que obliga a muchos economistas a refutarlo cada semana y que emparenta a esta administración con aquella de la “década ganada”: el cristinismo también creía por entonces que la gente de a pie era tonta y se la podía engañar con contabilidad creativa o manipulación aritmética. Puede haber cinismo y maquillaje oportunista y defensivo en esa actitud, aunque me temo que se trata de algo peor, y es que esos camelos son efectivamente creídos por una razón muy humana: es insoportable el dolor de haber errado tantos pronósticos y haber perdido reputación por ello, y es revulsivo que la pócima austríaca no haya producido los anunciados “brotes verdes” y (con perdón) los “pedos de buzo”. Los datos contrastantes de la calle, las góndolas, los comercios, las fábricas y la construcción deben ser necesariamente apócrifos, puesto que el dogma no puede fallar. Otro autoengaño, convertido en narrativa, explica que cualquier acción para reanimar al muerto sería obligadamente una medida populista, cuando se sabe que existen otras soluciones pensadas y formuladas por la propia ortodoxia. Nacional e internacional. Hay fanáticos, o meros alcahuetes, que han aceptado la voz del libertario como la única opinión posible del liberalismo, que se caracteriza precisamente por su diversidad y pragmatismo intenso. Dice el gran director español José Luis Garci que el cine es una vida de repuesto. En política, sin embargo, se juega con cosas que no tienen repuesto, y todos pagamos las consecuencias.

Durante 40 años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político y jefe de redacciones de diarios y revistas. Es actualmente articulista de La Nación y de Zenda Libros (España); conductor de Pensándolo bien, programa nocturno de Radio Mitre y autor de novelas, cuentos, crónicas y ensayos.