publicidad
OPINIÓN

Una región del mundo que está cada vez más a la derecha

Con el triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia, ese país se suma a la Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Paraguay y Bolivia, con gobiernos de ese color político en América del Sur

8'
Abelardo de la Espriella saluda a sus simpatizantes después de votar en Barranquilla, el domingo pasado
Abelardo de la Espriella saluda a sus simpatizantes después de votar en Barranquilla, el domingo pasadoRodrigo Abd
Pablo Mendelevich
Por Pablo MendelevichPARA LA NACION
Compartir

¿Qué dirían Hugo Chávez, Fidel Castro, Salvador Allende o el Che Guevara si pudieran ver en este vertiginoso 2026 que Sudamérica va camino a convertirse en la región del mundo con más gobiernos de derecha, ya no producto de golpes de estado militares sino gobiernos surgidos del sufragio popular, eso sí, bajo el infatigable patrocinio del Tío Sam, cuyos métodos persuasivos, sin embargo, ahora incluyen cosas como mandar al director de la CIA a La Habana para conversar?

¿Qué pensaría García Márquez, el padre del realismo mágico, con su antiimperialismo forjado en la adolescencia a la sombra de la United Fruit Company, amigo de Fidel hasta el último día, o aquellos intelectuales -menos Borges- como Cortázar, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Eduardo Galeano, en la primera hora también Vargas Llosa, esa gran camada de seducidos en los sesenta por los vientos legendarios de Sierra Maestra y que de un modo u otro creyeron en la inexorable marcha de la historia hacia el socialismo, resultado científico y necesario, enseñó Marx, de las contradicciones internas del capitalismo?

publicidad

Donald Trump, el populista de derecha nacionalista que repuja el mundo con un ímpetu sinigual formateado en la conducción exitosa de un reality show televisivo, cree haber empezado a encontrarle la vuelta a la neutralización de las decadentes “revoluciones” de la izquierda latinoamericana. El fiasco de Bahía de los Cochinos con la farsa de los Douglas B-26 mal identificados fue suplantado por una reposición de los métodos de colonización de Hernán Cortés. Cortés dominaba al adversario mediante la captura del líder indígena y se adueñaba de la riqueza acumulada.

A las petroleras norteamericanas el restyling les mejoró el año pero a los infógrafos de los medios periodísticos les complicó la vida. Para elaborar el mapa de la nueva Sudamérica los infógrafos ponen azul a la Argentina, Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Paraguay y Bolivia, con una referencia que dice gobiernos de ultraderecha o de derecha; y rojo a Brasil y Uruguay, los de izquierda. Pero a Venezuela no saben cómo colorearla. Porque el chavismo destiñó nadie sabe cuánto. Resolver la situación política venezolana le importa a Trump tanto como a Milei lidiar en la interna libertaria. Y a Delcy Rodríguez, quien obedece a pies juntillas a la Casa Blanca -y que también le sirvió el té hace poco al director de la CIA-, cuando está en público le da por exigir que el imperialismo yanqui libere ya mismo al compañero Maduro. Clamor que por extraños milagros no empaña la simpatía que Trump dice tenerle.

Donald Trump y Delcy Rodríguez
Donald Trump y Delcy RodríguezANDREW CABALLERO-REYNOLDS - AFP

El violeta (o el púrpura), utilizado a veces para distinguir al centro político casi no se gasta. Si viniera en pomo se conservaría lleno. Ningún gobierno sudamericano se autopercibe socialdemócrata, heredero de Raúl Alfonsín, de Fernando Enrique Cardoso, de Ricardo Lagos.

publicidad

Al gobierno del uruguayo Yamandú Orsi se lo pinta siempre en el campo progresista. Lo cual hasta el domingo suponía pegarlo, por ejemplo, con el radicalizado Gustavo Petro, primer presidente colombiano de izquierda, quien acaba de ser desalojado -en rigor, su delfín- por el outsider Abelardo de la Espriella, un admirador del salvadoreño Nayib Bukele. Sin embargo, Orsi pertenece a la vertiente moderada de la izquierda uruguaya. A Bukele para lo único que lo quiere es para estudiarlo, ha dicho él, nunca para copiarlo.

Falta saber qué pasará en Brasil. Lula, que sucedió en 2022 a un Bolsonaro, en las elecciones de octubre podría ser reemplazado por otro Bolsonaro (el hijo, porque el original acumula, como se sabe, inhabilitaciones por golpista).

La cultura política de un país y de otro, junto con las variedades de sistemas presidenciales o con los matices, a veces puede complicar las cosas. Según The Economist, Uruguay es la única “democracia plena” del subcontinente (los demás son democracias imperfectas, regímenes híbridos y regímenes autoritarios). En el Indice Estado de Derecho está 23° a nivel mundial. En el Índice eGovernment de Buen Gobierno ocupa el puesto 18°.

El presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, junto a su par brasileño, Lula, durante una reunión de los líderes del Mercosur
El presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, junto a su par brasileño, Lula, durante una reunión de los líderes del MercosurAgencia AFP - Uruguay's Presidency

Gracias a la cercanía física y a la familiaridad hereditaria, desde la Argentina resulta fácil apreciar los contrastes. Cualquiera advierte que es posible compartir el mate, la lengua rioplatense, el tango, la milonga y el dulce de leche sin por eso tener temor a contagiarse esas virtudes institucionalistas que cultivan allá junto con el termo anclado bajo el brazo: propensión al diálogo, respeto por el disenso, comportamientos republicanos. Los detalles acá esquivos.

publicidad

Falta saber qué pasará en Brasil. Lula, que sucedió en 2022 a un Bolsonaro, en las elecciones de octubre podría ser reemplazado por otro Bolsonaro (el hijo, porque el original acumula, como se sabe, inhabilitaciones por golpista). Si el péndulo repitiera ahora el trayecto de izquierda a derecha, el subcontinente terminaría con un predominio derechista que empardaría la magnitud que alcanzó la izquierda en sus épocas gloriosas, ocho países, cuando se repetía en las tribunas oficiales que “la patria grande” constituía un suceso histórico irreversible. O por lo menos que duraría hasta la victoria siempre.

Las olas tampoco son nuevas. Sudamérica se tiñó de verde oliva en los años setenta, especialmente entre 1976 y 1978. Llegó a haber ocho dictaduras simultáneas (ocho por lo visto es un número recurrente en esta región, que contando a Guyana y Surinam tiene 12 países). Las dictaduras se instalaron en Paraguay, Brasil, Bolivia, Chile, Uruguay, Perú, Ecuador y, la más sangrienta de todas, en la Argentina. Los únicos dos países importantes que mantuvieron por entonces regímenes democráticos ininterrumpidos fueron Colombia y Venezuela. Lejos de ser una mera curiosidad estadística esta sincronización en plena Guerra Fría estuvo relacionada con el auge de la llamada Doctrina de Seguridad Nacional y la centralidad del anticomunismo promovido por Washington, lo cual se tradujo en la vigencia del Plan Cóndor, una alianza internacional abocada a intercambiar inteligencia y operar en la represión ilegal de grupos guerrilleros y disidentes más allá de las fronteras propias.

Evo Morales (Bolivia), José Mujica (Uruguay), Dilma Rousseff (Brasil), Cristina Kirchner (Argentina) y Rafael Correa (Ecuador), en un encuentro del Mercosur, en 2012
Evo Morales (Bolivia), José Mujica (Uruguay), Dilma Rousseff (Brasil), Cristina Kirchner (Argentina) y Rafael Correa (Ecuador), en un encuentro del Mercosur, en 2012Reuters

La primera marea rosa (llamada así para suavizar el rojo habitualmente asociado al comunismo) sucedió entre 2009 y 2011. En la Argentina Cristina Kirchner cursaba la segunda mitad del primer mandato. En Venezuela seguía Chávez, cuyo peso regional también determinó que a la expansión de gobiernos de izquierda se le dijera ciclo bolivariano. En Brasil estaba Lula; en Chile, Michele Bachelet; en Bolivia, Evo Morales, en Ecuador, Rafael Correa; en Uruguay, Pepe Mujica y en Paraguay, Fernando Lugo. Excepciones: Colombia, con Alvaro Uribe; y Perú, con Alan García. Fue la década de oro del precio de las materias primas (2003-2013), que benefició a la mayoría de los países.

publicidad

Después, cuando Macri ganó en la Argentina y más tarde Piñeira ascendió en Chile vino una derechización, que sin embargo dio lugar entre fines de 2022 y noviembre de 2023 a una imperfecta reposición de ocho países simultáneamente de izquierda, la segunda marea rosa. Remake en verdad un poco forzada. No tanto por considerar a Alberto Fernández como un líder de izquierda (el peronismo siempre exige elasticidades taxonómicas) sino por tratar a la Venezuela de Maduro como una democracia cuando no lo era y también por contabilizar a Surinam, país periférico gobernado por un partido que es miembro de la Internacional Socialista. En Bolivia gobernaba Luis Arce; en Chile, Gabriel Boric; en Colombia, Petro; en Brasil, de nuevo Lula; Perú pasaba de Pedro Castillo a Dina Boluarte. Y a Uruguay, donde la alternancia no es pecado, le tocó ser la excepción porque habían preferido tener un gobierno de centroderecha, el de Luis Lacalle Pou.

La polarización ideológica extrema podría ser considerada una anomalía que conlleva importantes costos políticos no solo en el campo doméstico -algo que para cualquier argentino del siglo XXI es fácil de dimensionar- sino en lo que se refiere a la integración regional, sencillamente porque los gobiernos de derecha se llevan a las patadas con los gobiernos de izquierda y viceversa. Y a las patadas nada se construye. Con ultraideologización espejada tampoco.

La “patria grande” que entusiasmaba a Néstor Kirchner y a Hugo Chávez dependía en realidad de un alineamiento ideológico coyuntural. Esta vulnerabilidad quedó demostrada con la parálisis de la Unasur y el ALBA tras el cambio de ciclo político. El error se repitió a la inversa con la creación de Prosur por gobiernos de signo opuesto. De modo que la integración regional, afectada también en sus bloques comerciales históricos como el Mercosur y la Comunidad Andina, quedó atrapada en un vaivén político. Al final asociaciones ideológicas como el Foro de Puebla o sus contrapartes pretendieron reemplazar a las verdaderas políticas de Estado. Nada duradero ni sólido salió de todos eso.

Siempre fue la relación con Estados Unidos lo que organizó las divergencias. Ahora, a la luz de lo ocurrido en estos días en Perú y Colombia, donde las derechas ganaron elecciones de polarización extrema y las sociedades quedaron partidas en dos, el liderazgo de Milei se ve favorecido, pero las democracias no. Al invertirse el antimperialismo es probable que la disputa se traslade al liderazgo regional y haya una competencia entre países sudamericanos derechizados por consolidar el mayor respaldo posible de Estados Unidos.

publicidad

La principal incógnita tal vez sea la reacción política del progresismo latinoamericano frente al nuevo mapa, una vez superada la etapa de la perplejidad.

Pablo Mendelevich
Por Pablo MendelevichPARA LA NACION
LA NACION

Conforme a
The Trust Project
Tipo de trabajo:
opinión