Una rima de la Historia
Para los mayores, la República es una amorosa nostalgia, un sueño íntimo cultivado en silencio, casi en secreto
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En la noche del 12 de abril de 1931, tras conocer la victoria de las fuerzas republicanas en las elecciones municipales, el almirante Aznar, presidente del último gobierno de la monarquía de Alfonso XIII, declaró: "España se ha acostado monárquica y se ha levantado republicana". Era mentira, y él lo sabía.
El 12 de abril de 1931, a escasas horas de la proclamación de la II República Española, existía en el país una poderosa corriente republicana que ya había conseguido derrocar a la monarquía en 1873 y que se había ido fortaleciendo, sumando apoyos en todas las clases sociales, durante más de medio siglo, hasta cristalizar en realidades tan prestigiosas e influyentes como la Institución Libre de Enseñanza. Nada de eso impidió que los monárquicos, con Aznar a la cabeza, declararan entonces que la República era una ilusión, una idea extranjera sin verdadero arraigo entre los españoles, una maquinación perversa de cuatro revolucionarios sin escrúpulos para engañar a los pobres españolitos que no sabían lo que querían ni lo que pensaban ni, muchísimo menos, lo que votaban. Era mentira, mentira, mentira, y lo sabían, pero a base de repetirlo lograron convertirlo en un simulacro de verdad. No lo habrían conseguido sin la inestimable ayuda de una sangrienta dictadura militar que se prolongó durante casi cuatro décadas. El franquismo, consciente en todo momento de su ilegitimidad, se empleó a fondo para presentar a la República, víctima de la Guerra Civil, como culpable de aquel conflicto.
En la actualidad, España es un país completamente distinto del que se desgarró por la mitad en 1936 pero, como decía Mark Twain, aunque la Historia no se repita, a veces rima. Riman los colores y los apellidos, riman los sentimientos y las ilusiones, rima la memoria consigo misma. El 2 de junio de 2014, en una Puerta del Sol abarrotada de sonrisas, de banderas tricolores y brazos en alto, decenas de miles de madrileños sentimos que estábamos rimando, como dos versos pareados, con los madrileños que abarrotaron la misma plaza con las mismas sonrisas, las mismas banderas, los mismos brazos alzados, el 14 de abril de 1931. ¿Qué ha pasado? Nada grave. Sólo que el republicanismo español nunca ha muerto, por muchas veces que hayan pretendido enterrarlo vivo.
Como España es hoy un país distinto, los republicanos del 2 de junio no se parecen a los del 14 de abril. Para los mayores, la República es una amorosa nostalgia, un sueño íntimo cultivado en silencio, casi en secreto, como un ideal que nos ha parecido inalcanzable durante mucho, demasiado tiempo. Para los jóvenes, y son muchísimos, y son muy jóvenes, es una reivindicación actual, urgente, vinculada a la crisis institucional que atraviesa el país, a la profunda desafección que les inspira el estado nacido de la Transición. Ellos, que pretenden arrasar con lo viejo para fundar una España nueva, están demostrando a gritos lo evidente: que la democracia que tenemos ya no es moderna ni asombrosa ni ejemplar, por más que la clase política que la fundó siga pretendiendo lo contrario.
Ésa es la clave de lo que ha sucedido. Los resultados de las elecciones europeas han desordenado el panorama español hasta tal punto que es posible que, tras las próximas generales, los diputados republicanos -de Podemos, de Izquierda Unida, de Esquerra Republicana de Cataluña, de Bildu, e incluso del PSOE, que afronta en estos momentos un proceso de renovación transcendental, que puede llegar a convertirlo en un partido irrelevante si no gira hacia la izquierda- sumen la mayoría de los escaños del Congreso. Entonces, la abdicación de Juan Carlos sería imposible, porque ninguna ley de sucesión saldría adelante.
Así estaban las cosas el lunes, cuando una amiga mía se encontró en la Puerta del Sol con Marcos Ana, el preso republicano, comunista, que más tiempo pasó encerrado en las cárceles de Franco.
-¡Qué suerte tenéis! -le dijo-, porque la vais a ver...
Ella sonrió antes de responderle como si no tuviera 94 años.
-¡Huy!, Marcos, no creas. Yo diría que la vas a ver tú también.
-A mí, con que la vean mis hijos...
Entonces me di cuenta de que hablábamos sin pronunciar la palabra "República", guardándola para nosotros mismos como un tesoro, una contraseña, un sabor delicioso que pudiera evaporarse al escapar de nuestros labios. Mientras tanto, los adolescentes encaramados en todas las farolas gritaban ¡Viva la República! una y otra vez, como si les fuera la vida en ello.
Por la noche, mi hija Elisa, de 17 años, llegó a casa completamente afónica.
La autora, española, es novelista
Almudena Grandes


