
Universidades y Adorni: lo que Milei no puede ver
Nadie ve el mundo, ni a las personas como son, sino como somos desde nuestros propios filtros, como los de Instagram. De ahí que quien confunda su mirada con la verdad debería interpelar sus propias ideas. Lo demás es fanatismo o inmadurez emocional. ¿Y cómo ve el mundo un fanático? En blanco y negro. No distingue grises, matices, modulaciones o sutilezas. Se siente tocado personalmente por la crítica o el bullying que sufre toda persona pública –mucho más un presidente– y desde allí ataca, interpreta o analiza. Se encierra en quienes le dan la razón para defender su visión del mundo (su refugio emocional), la única que él o ella consideran válida.
Y, lo peor, suele rodearse de quienes le dan la razón. En el fondo, es un adulto niño o niña. Cocidos por fuera, cruditos por dentro. Como dicen las neurociencias: en los ataques de ira que marcan la identidad de esos adultos niños que son los fanáticos, el neocórtex prefrontal –es decir, la parte más evolucionada del cerebro, la que regula los impulsos– deja de funcionar. Es importante incluir este paradigma de la psicología, la psiquiatría y las neurociencias para analizar los fenómenos políticos.
Amplía la comprensión porque no todo es una estrategia política pensada. A veces, las declaraciones son puro impulso o reactividad. O, como diría Patricia Bullrich, fruto de “una emocionalidad importante”. Un rasgo novedoso en Patricia esta semana: la sutileza en el lenguaje. En una palabra, un buen presidente no solo debería saber sobre economía o política, sino –y sobre todo– sobre la vida. El equilibrio emocional, del que se habla poco en política, es tan importante como el equilibrio fiscal.
Tal como afirma Juan Mayol, director de la consultora Opinaia, la universidad pública es una de las instituciones más valoradas en la sociedad y aún sigue siendo vista por los argentinos como un instrumento de movilidad social ascendente: el núcleo identitario de nuestra inmigración.
La UBA, sobre todo, y todo el ecosistema de la universidad pública tocan una fibra emocional profunda de la argentinidad que también, como es obvio, cala entre los votantes de Milei. La Marcha Federal Universitaria de este martes, es cierto, fue menos contundente que las anteriores, pero siguió manteniendo una fuerte asistencia y se replicó en todo el país. Un ejemplo para mirar: en Córdoba, bastión del mileísmo, fue especialmente importante.
Incapaz de percibir la fibra que toca, inmediatamente después de la Marcha Federal Universitaria, Milei se encerró en la interpretación chicanera que le dispararon las movilizaciones anteriores: “defienden sus cajas”, “es una manifestación de la oposición”, “es una extorsión”. En una palabra, el reclamo por el financiamiento de la educación superior se enmarca en una extorsión usada por la oposición para voltear a su gobierno. Más allá de esa interpretación sesgada, es cierto también que el PJ y la CGT básicamente usan esta bandera para reposicionarse. Hay que decirlo todo.
Pero hay una batalla cultural que el Gobierno podría dar. Sería más inteligente. Y, sin embargo, no la está dando. Por ejemplo, una pregunta básica y profunda: ¿qué modelo de universidad necesitamos para el siglo XXI? Además de la chicana, Milei no impulsa un debate genuino sobre la educación superior, que tampoco se da en el Congreso, devenido una de las instituciones más tóxicas de la Argentina, en la que cada cual busca su minuto de estrellato para TikTok.
Y aquí, hay más preguntas que respuestas. ¿Cuánta universidad necesitamos? Si pedimos más financiamiento, hay que tener en cuenta que todos lo pagamos con más impuestos. Y ese “todos” también abarca a sectores vulnerables que, probablemente, nunca podrán llegar a la universidad.
Ese costado de la batalla cultural interpelaría el falso chip que nos instaló el populismo sobre los recursos ilimitados: a la UBA también la financia el IVA que paga la señora o el señor que compra los fideos en el súper y que jamás estudió ni estudiará una carrera.
Otras preguntas. ¿Es justo que el Estado deba financiar a un estudiante crónico, que tarda 15 años en egresar? ¿Cuántas carreras debería financiar el Estado? ¿Una, dos, tres? ¿Qué tipo de carreras deberían impulsarse? ¿Podría ser viable el sistema de vouchers mediante el cual el Estado financia al alumno –y no a la universidad– solo 36 materias para que termine su carrera en tiempo y forma? Son ángulos novedosos que exceden el reclamo de “dame más plata”.
Adorni es otro ejemplo de lo que Milei no puede ver. Un estudio de la Universidad Di Tella exploró en profundidad las razones del voto a Milei. ¿Qué motivó realmente a los argentinos a elegirlo para desplazar al kirchnerismo? No fueron sus ideas libertarias, tampoco la promesa de bajar la inflación (aunque esa bandera fue importante). Lo decisivo fue su convicción y promesa de acabar con “la casta”. Por eso, el presunto enriquecimiento ilícito de su jefe de Gabinete y la vida de nuevo rico de un funcionario que llegó desnudo al poder son un tiro en el pecho a la narrativa mileísta.
El fanatismo de una “emocionalidad importante” puede ser tanto o más corrosivo que la corrupción, la inflación o el resguardo del equilibrio fiscal. La prueba más contundente es el dato del descenso de la imagen presidencial, que hoy está en su piso histórico. Puntos ciegos de Milei que pueden salir muy caros.


