Venezuela, el bien superior y la vigencia del realismo en las relaciones internacionales
La extracción de Nicolás Maduro y su esposa de Venezuela es uno de los hechos de mayor impacto global de los últimos años. No solo por su espectacularidad, sino también por lo que revela: el modo en que se está reconfigurando el orden internacional y la forma en que las grandes potencias ejercen hoy el poder. Lo ocurrido en Venezuela no es un episodio aislado; es una señal de época.
No hay discusión posible sobre la naturaleza del régimen venezolano. Venezuela fue y es una dictadura en el sentido más elemental del término: concentración del poder, represión sistemática, violaciones masivas de derechos humanos y anulación de libertades individuales. Ese diagnóstico no admite matices ni relativismos. Por eso, la primera reacción –emocional, humana y política– es de alegría y alivio. Un dictador menos en el ejercicio del poder es, sin duda, una buena noticia.
Esa alegría se expresó en Caracas, en Buenos Aires y en muchas ciudades del mundo. Y es comprensible. Venezuela protagonizó el mayor éxodo de la historia moderna junto con Siria: más de 8 millones de personas expulsadas de su país, privadas de su hogar, de su trabajo, de su vida cotidiana. Pensar en el “bien superior” implica, necesariamente, pensar en ellos. En su derecho a volver, a reconstruir su vida y a recuperar la dignidad que les fue arrebatada. Sin embargo, la celebración no puede anular la reflexión. El interrogante central no es el qué, sino el cómo. Y allí es donde el episodio venezolano interpela de lleno al sistema internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial.
El multilateralismo basado en reglas –con la ONU y el Consejo de Seguridad como pilares– estableció principios claros: no intervención, integridad territorial, autorización colectiva para el uso de la fuerza. Ese marco fue vulnerado. No hubo aval del Consejo de Seguridad ni consenso multilateral. Estados Unidos actuó de manera directa, explícita y unilateral, justificando su intervención en razones de seguridad, narcotráfico y control de un recurso estratégico clave: el petróleo venezolano, el mayor reservorio probado del mundo.
Este punto es central. Venezuela no es solo un drama humanitario y político; es una pieza estratégica en el tablero global. Durante años, su petróleo alimentó a China en condiciones preferenciales y fortaleció una alianza con actores que disputan la primacía estadounidense, como Rusia e Irán. En este sentido, lo ocurrido expresa el retorno explícito de una lógica realista en las relaciones internacionales. Un mundo donde las reglas ceden frente al poder, y donde reaparece con fuerza la noción de áreas de influencia. EE.UU. reafirma su control sobre el hemisferio occidental –una versión actualizada de la doctrina Monroe– mientras negocia con Rusia y China un reparto tácito de espacios de predominio.
Este giro deja al multilateralismo en una crisis profunda. Las instituciones que durante décadas intentaron –sin éxito– promover una transición democrática en Venezuela fueron superadas por una intervención directa, eficaz y rápida. Una verdadera tecnología política alternativa: no institucional, no tradicional, pero claramente efectiva para alcanzar el objetivo inmediato. El dilema es evidente. Si el resultado es el fin de una tiranía y la posibilidad de reconstrucción democrática, ¿cómo se evalúa la vulneración de las reglas? ¿Puede el bien superior justificar métodos que el propio sistema internacional declara ilegítimos? No hay respuestas simples. Pero sí una certeza: las reglas que conocíamos ya no ordenan el mundo como antes.
El desafío ahora es el después. La calidad del bien superior alcanzado dependerá de lo que ocurra en los próximos meses: la restitución de derechos, la reconstrucción institucional, el regreso progresivo a la democracia y la inclusión de una oposición hoy dispersa y en el exilio. Sin ese horizonte, el alivio inicial puede transformarse en una nueva frustración. Venezuela marca un punto de inflexión. No solo para América Latina, sino para el sistema internacional en su conjunto. La pregunta ya no es si el mundo cambió, sino si las instituciones serán capaces de reinventarse para no quedar definitivamente al margen de la historia.
Director del Centro de Estrategias Internacionales de Gobiernos y Organizaciones de la Universidad Austral


