
World Press Photo 2007: la perturbadora belleza del dolor
Las fotos premiadas que se exhiben en el Centro Cultural Borges destacan las imágenes de horror y sufrimiento, cuya potencia estética muchas veces deja la tragedia en segundo plano. Entre el compromiso de dar testimonio y la búsqueda de impacto, el fotoperiodismo encuentra sus mejores logros y también algunas contradicciones
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Cinco jóvenes libaneses de clase media avanzan en un auto convertible a través de un devastado barrio de Beirut luego de los bombardeos selectivos de las fuerzas de defensa israelíes. A su alrededor, la gente va y viene, inexpresiva, en medio de la destrucción. Esta fotografía es el símbolo de los tiempos que corren. La gente común y corriente puede convivir con el horror de la guerra, atravesarla y volver a sus casas; incluso llevarse algún souvenir. La escena no es dramática salvo por la expresión angustiada de la joven que va en el asiento trasero del auto y mira en la pantalla de su teléfono celular mientras fotografía los destrozos. La visión mediatizada de la realidad parece más espantosa que la realidad misma.
Con esa foto, el norteamericano Spencer Platt, de Getty Images, ganó el premio a "La foto del año 2007" del World Press Photo, la distinción más prestigiosa del mundo para la fotografía de prensa.
Cuando el espectador recorra el Centro Cultural Borges, donde se exhibe en este momento la muestra del World Press Photo 2007, tendrá ante sí imágenes de horror y dolor, esa clase de horror y dolor que el hombre se causa a sí mismo desde que el mundo es mundo. Tal vez también salga aliviado al comprobar que esos horrores no corresponden a los de su propia realidad, si no que son ajenos, están en otras latitudes, son desastres con los que está familiarizado sólo a la distancia, a través de los medios de información. Estas imágenes, además, tienen una estética tan atractiva, que uno puede, sin ruborizarse ante tanto drama, apreciar la voluptuosidad de una nube de polvo gris negro causada por una explosión o la delicada línea de un brazo escuálido, el de un refugiado que implora por un poco de agua.
¿Es fotogénica la guerra?
Desde que fue creado, en 1955, hasta hoy, el premio máximo (La foto del año) fue otorgado casi sin excepción a imágenes que retratan hechos de extremo dramatismo: hambrunas, poblaciones desplazadas, heridos de guerra, prisioneros, soldados en combate, muertes en terremotos, niños famélicos en campos de refugiados, la niña con el cuerpo incendiado por bombas de napalm en Vietnam, inmigrantes ilegales mexicanos, ejecuciones sumarias, etcétera. Si bien la muestra abarca muchas otras categorías (vida cotidiana, deportes, naturaleza, espectáculos) los premios importantes están siempre vinculados con el registro de los hechos más terribles del año.
¿Corrección política, búsqueda de impacto, empatía o aprovechamiento del dolor de los demás? ¿Es fotogénica la guerra? La fotografía ha debido responder más de una vez a estos cuestionamientos que, muchas veces, vienen de afuera y, muchas otras, del corazón mismo del debate sobre la fotografía contemporánea. ¿Por qué son tan atractivas las imágenes del dolor? ¿Es una estrategia de los fotoperiodistas para conseguir premios prestigiosos? ¿Es el reflejo directo de un genuino interés por denunciar estas iniquidades para que algo cambie? ¿La belleza que encontramos en estas imágenes del infierno en la Tierra no terminan por insensibilizar la mirada del espectador? ¿O, por el contrario, como lo sugirió Susan Sontag, son, pese a todo, el modo de fijar una conciencia general sobre lo que está pasando en el mundo?
Los fotógrafos que participan del World Press Photo son profesionales al servicio de los más diversos medios de prensa en todo el mundo. Durante una mesa redonda que tuvo lugar esta semana en el Centro Cultural Borges y que reunió a Carlos Guyot (director de arte de LA NACION), Roberto Guareschi (ex secretario general de Clarín ), Gastón Roitberg (editor general de LNonline) y al fotógrafo argentino Diego Goldberg, que ha sido jurado y presidente del jurado del World Press Photo, el debate ético sobre el poder de las imágenes tuvo un lugar destacado. Desde la perspectiva del fotógrafo, Goldberg explica la lógica de los premios: "La foto del año" (el máximo galardón) destaca el trabajo sobre un tema que haya marcado la agenda mundial y además que sea una fotografía extraordinaria. Esa es la razón por la cual, explicó, las grandes catástrofes, las guerras, los conflictos mundiales, son los temas que inevitablemente figuran a la cabeza de los posibles premios.
Desde la perspectiva de los medios de comunicación, la lógica tiene otros ingredientes. La evocación emocional, dijo Carlos Guyot, es fundamental en los medios de prensa: "La conexión sensible con el lector se logra en primer lugar desde la fotografía, que permite acercar, humanizar, transmitir de una manera directa el amplio repertorio de las emociones humanas. Todos los estudios realizados para saber cuáles son los puntos de interés de un lector medio frente a una página de un diario o revista revelan el mismo resultado: los lectores primero miran las fotos, luego leen los epígrafes y luego los títulos". En sintonía con esa reflexión, Roberto Guareschi sostiene que la imagen del sufrimiento o del conflicto es algo que está genéticamente implantado en la mente del ser humano. "Queremos que nos cuenten historias y, si esas historias contienen conflictos, más interés tenemos en ellas. Por otra parte, los periodistas tenemos la idea de que debemos ser los voceros de los que no pueden hablar. Eso nos justifica ante la sociedad y ante nosotros mismos. Aunque en los últimos años, el periodismo está perdiendo esa facultad que se arrogaba de determinar aquellos temas que tenían un valor noticioso y, paulatimente, fue relegando esa elección en la opinión de los lectores."
Un estudio sobre las preferencias visuales de los editores y los lectores realizado hace unos años por la Agencia AP permite entender ese giro. Se trabajó con un grupo de editores fotográficos y un grupo de lectores de medios. Se les pidió que eligieran de un mismo grupo de fotos las imágenes que, a su juicio, eran las mejores para publicar. Mientras que los editores profesionales seleccionaron en primer lugar las imágenes de conflicto, los lectores prefirieron claramente las fotos de la vida cotidiana, las noticias más positivas, las que no reflejaban dolor o destrucción.
Verdadera encrucijada para el periodismo actual, ese punto de encuentro y desencuentro con los lectores sobre aquello que se quiere ver publicado o no -sean fotos o textos escritos- es claro signo de una época en la que la demanda del consumidor tiene más fuerza a veces que muchas verdades. "Si la libertad intelectual tiene algún significado -escribió George Orwell en 1945- es que toda persona tendrá el derecho de decir y de imprimir lo que crea que es la verdad, siempre que no lesione al resto de la comunidad en alguna forma que sea inconfundible. Si la libertad tiene algún significado, es precisamente el derecho de decirle a la gente lo que no desea escuchar."
Más de sesenta años después, puede decirse que los medios no han dejado de mostrarle a su público el horror de la guerra, las consecuencias de la desnutrición, el destino incierto de los desplazados. Pero parecería que esas imágenes deben ser dosificadas y estetizadas de manera de hacerlas más digeribles o menos corrosivas para el público. Las guerras no pueden ser cubiertas por la prensa independiente si no es bajo el control y censura previa de las fuerzas de ocupación, el horror tiene que ser "el del otro" no el que encontramos en la puerta de nuestras casas.
El Primer Premio en la categoría Spot News Singles de Akintunde Akinleye, de la agencia Reuters en Nigeria, es un buen ejemplo de este fenómeno. Es la descripción de un hombre que corre desesperado luego de la explosión de una tubería de petróleo en Lagos. La imagen es de una belleza tal que supera el drama. Incluso el balde azul que lleva es imprescindible para realzar la ominosa oscuridad del humo en el horizonte. La visión mediatizada de ese instante hace de la imagen del horror un hecho estético. En cierto sentido, ése es parte de su mérito... ¿y también su riesgo?
A principios del siglo XX el periodista y fotógrafo de origen holandés Jacob Riis, que hizo un vasto trabajo sobre los marginados en los barrios pobres de Manhattan, decía: "Si la realidad es horrible, las fotos deben ser horribles".
Los resultados de esta tensión entre la necesidad de llegar a la emoción del lector pero no contradecir sus aparentes preferencias o molestar con noticias desdichadas su sensibilidad, sumados a la presión de los anunciantes que no quieren ver sus avisos rodeados de hechos dolorosos, están a la vista: seguramente, si se le preguntara a un grupo cualquiera de personas que habitualmente leen los diarios y revistas cuál fue la foto que más los impactó, no recordarían ninguna: producto de ese "cuidado" por la sensibilidad y el requerimiento del lector, cada vez se publican más y más fotos, pero su capacidad de permanecer en la memoria de los lectores disminuye proporcionalmente.
De hecho, hoy el trabajo de los fotoperiodistas más prestigiosos del mundo encuentra mejor recepción en forma de libro, en algunos casos en ediciones muy costosas, y hasta llega a las paredes de los museos y las galerías de arte. Este fenómeno es, en algunos casos, la consecuencia inevitable del desplazamiento de los temas conflictivos en los medios. El fotoperiodista busca nuevas fuentes de recursos y al mismo tiempo un canal válido para una vocación sincera: seguir denunciando una realidad dolorosa. Mientras, el mercado del arte descubre que una imagen documental trasladada al contexto de una galería adquiere el status de una obra artística. También la reducción de costos en los medios de prensa tradicionales condiciona las posibilidades del fotoperiodismo: cada vez se ven más fotos, pero éstas son provistas por los grandes bancos de imágenes. Lograr imágenes inolvidables y exclusivas es extremadamente costoso.
En ese sentido, las imágenes del Wold Press Photo nos muestran, a pesar de las diferentes interpretaciones ideológicas que se puedan hacer de algunos de sus premios o de los cuestionamientos estéticos, los hechos más relevantes del año; una sobredosis de realidad que impacta y emociona. Un mensaje compacto y sumariado de la actividad del hombre en el mundo que bien pude tomarse como un contrapeso saludable ante el avance imparable de la industria del entretenimiento en los medios de información masiva y su poder neutralizador sobre las noticias.
"El conjunto de imágenes incesantes (la televisión, el video continuo, las películas) es nuestro entorno, pero a la hora de recordar, la fotografía cala más hondo -escribió Susan Sontag en Ante el dolor de los demás -. En una era de sobrecarga informativa, la fotografía ofrece un modo expedito de comprender algo y un medio de memorizarlo. La fotografía es como una cita, una máxima o un proverbio. Cada cual almacena mentalmente cientos de fotografías, sujetas a la recuperación instantánea."
Y volvemos entonces a esa fotografía de los jóvenes libaneses recorriendo en un auto convertible los destrozos ocasionados por un bombardeo. Cada vez se hace más difícil soportar la visión de la realidad y sobre todo, comprenderla. Es probable que la fotografía, como una herramienta de la memoria, tal como dice Sontag, sea el medio más duradero para saber en el futuro qué hemos hecho de nuestras vidas y por qué estamos como estamos.
El autor es editor jefe de fotografía de suplementos y revistas de LA NACION.




