Hoy es la edad de oro de la literatura argentina

Por Isidoro Blaisten
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7 de enero de 2001  

Contaba Borges que una señora muy tilinga le dijo una vez: "¿Usted se fijó, Borges, que hasta Victoria Ocampo la mujer no estaba de moda?" Seguramente, debe de ser cuestión de modas porque hasta 1940 la literatura argentina "no estaba de moda".

Yo recuerdo que mis hermanas decían que en todos los libros argentinos se trataban de . Salvo en Don Segundo Sombra y en dos libros de la editorial Claridad que estaban en la biblioteca: Los lanzallamas y Los siete locos . Esos dos libros de Roberto Arlt eran los que yo iba a leer más tarde, pero en ese momento mi madre desaconsejaba totalmente la lectura porque era "muy poco edificante". Tampoco era "para nada edificante" Elías Castelnuovo, cuyas obras Larvas y Tinieblas también estaban en la biblioteca.

Mi madre insistía en la lectura de Juvenilia , pero mis cinco hermanas decían que Juvenilia ya la leían en el colegio. "Bueno, por qué no La gloria de Don Ramiro ." Mis hermanas no contestaban, pero aceptaban la lectura de Don Segundo Sombra , libro que ella adoraba, aunque reconocía que "tiene ciertas expresiones subidas de tono". Después estaba el Martín Fierro , que había que saber de memoria.

En casa se reverenciaba la poesía de Lugones, y mi hermana Rosita, que pronto iba a ser una famosa locutora, leía en voz alta "El solterón". Aún hoy me emocionan esos versos: "Largas brumas violeta/ Flotan sobre el río gris,/ Y allá en las dársenas quietas/ Sueñan oscuras goletas/ Con un lejano país". Recuerdo aquella edición, aquella antología poética de la Colección Austral de Espasa Calpe, y hasta recuerdo la fecha de esa edición: once de junio de 1941. Creo que fue en ese año que uno de los novios de mis cinco hermanas trajo a casa El jardín de senderos que se bifurcan , de Editorial Sur.

Para ese entonces yo había dejado la lectura de los cuentos de Saturnino Calleja y había pasado a los cuentos de la Colección La Abeja, de la editorial Tor, que era argentina, aunque parece que el dueño era un catalán que se llamaba Torrendell. Porque, con la Guerra Civil Española, vinieron al país editores españoles y así se fundan Sudamericana, con Antonio López Llausás; Losada, con Gonzalo Losada, y Emecé, con Mariano Medina del Río y Alvaro de las Casas.

Quizá no se sabe vender

En 1947, y hasta su muerte, en 1994, dirige Emecé el doctor Bonifacio del Carril. Estos tres editores eran gente preparada, con un gusto exquisito, que sabían hacer negocios, pero amaban la literatura.

Y así, a través de los sucesivos novios de mis hermanas, que eran todos cultos , empezaron a llegar a casa Mujica Lainez, Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Luisa Mercedes Levinson, Beatriz Guido, Silvina Bullrich y Marta Lynch. Después, mis hermanas se casaron.

Esos años fueron para mí de deslumbramiento. Descubrí a Guillermo Enrique Hudson, Marco Denevi, Haroldo Conti, en las impecables ediciones de Peuser, Kraft y Fabril.

La Argentina comenzó a irradiar por toda América de habla española las excelentes traducciones hechas por Borges, Cortázar, Enrique Pezzoni, Pepe Bianco, Amaro Villanueva, Lysandro Galtier, Alberto Girri.

En esos años del cuarenta al setenta, entre otras grandes novelas, aparecieron La invención de Morel , Adán Buenosayres , La casa , Zama , Rayuela y Boquitas pintadas . Y surgieron muchas editoriales nuevas que apostaban a los escritores argentinos. Recuerdo las editoriales Futuro, Galerna, De la Flor, Orión, Ediciones del Sol, Falbo (que publicó por primera vez a Briante), Jorge Alvarez (que publicó por primera vez a Manuel Puig y a Rodolfo Walsh), Schapire.

Y también surgió lo que para mí fue el máximo común denominador de los editores: Boris Spivacov. Spivacov consiguió lo imposible: lograr que con muy poco dinero la gente tuviera acceso a la mejor literatura del mundo. Por medio de Eudeba y del Centro Editor, supo rodearse de lo más destacado de la intelectualidad de nuestro país; los que hace poco más de veinte años fueron directores de colecciones, hoy son figuras importantísimas de la crítica literaria de la Argentina.

Gracias al talento de Spivacov, y a tiradas semanales que llegaron a alcanzar los 120.000 ejemplares, muchos pudieron conocer a escritores como Moyano, Costantini, Jobson, Wernicke, Germán Rozenmacher o Roger Plá.

Como el lector se habrá dado cuenta, he hablado de toda gente que ya no está. Sé que faltan muchos nombres, pero, a mi manera, esta enumeración es un homenaje. Y si sumamos los excelentes narradores actuales, más la estupenda juventud que hoy está escribiendo, y si agregamos a los poetas y los ensayistas y los dramaturgos, comprenderemos que la época de oro de la literatura argentina es hoy.

La crisis, aunque esté de moda, no es cosa de los escritores. Los buenos libros han sido escritos. Los buenos libros se siguen escribiendo. Si no se saben vender, es otra cosa.

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