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Cada primavera, miles de viajeros emprenden peregrinajes botánicos hacia destinos que durante unas pocas semanas al año se convierten en catedrales naturales. No buscan construcciones de piedra ni obras de arte en museos, sino el espectáculo efímero de calles que estallan de color cuando la naturaleza se viste de gala. Estos caminos urbanos han logrado algo extraordinario: han convertido el acto de caminar en una experiencia que despierta todos los sentidos.




