La respuesta no es tan simple como parece: cuándo funciona, cuándo no y qué errores evitar para no perjudicar a la fauna
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Cuando colocamos un bebedero para aves en el jardín ¿estamos ofreciendo un oasis urbano o fabricando problemas sin querer?
Quienes los defienden protegen la imagen de las calandrias bajando a chapotear al atardecer, de los zorzales bebiendo después de revolver la tierra húmeda, pero quienes los cuestionan remarcan enfermedades, mosquitos, gatos al acecho.
En ese ring polémico se dirime una iniciativa aparentemente bienintencionada y, como suele suceder en jardinería, la verdad se mueve en una zona intermedia, donde la sensibilidad convive con la técnica.

Ignacio Van Heden, especialista en planificación y diseño del paisaje, advierte que la profundidad del recipiente, por ejemplo, define gran parte de la seguridad: si va más allá de los “dos a cinco centímetros de agua” que él recomienda, el riesgo de ahogamiento de aves jóvenes crece de manera absurda.
Por otra parte, las aves necesitan apoyos firmes, superficies que no las obliguen a maniobras circenses para beber. Por eso Van Heden insiste en que el material no sea liso: “Tiene que ser rugoso o tener piedras para que se posen bien.”
La ubicación, en cambio, pertenece más al territorio de la estrategia que al del diseño. Un bebedero expuesto al sol directo se recalienta, pierde calidad y se vuelve una tentación para mosquitos.

Ubicarlo “a media sombra y protegido de depredadores” no es un capricho, sino una estrategia de resguardo. Lo mismo sucede con la altura, ya que un bebedero demasiado bajo queda a merced de gatos y otros cazadores, mientras que uno demasiado alto desalienta a las especies más pequeñas.
La recomendación técnica es ubicarlo a una altura de “entre uno y uno y medio metros, siempre sobre una base estable” para encontrar un equilibrio sano
La higiene del bebedero
Mantener un bebedero en buenas condiciones no se parece en nada a dejar un plato con agua y olvidarlo. Requiere disciplina: cambiar el agua con frecuencia, sobre todo en verano, y limpiarlo “con cepillo y vinagre blanco, sin detergentes ni lavandina”, en palabras de Van Heden.
Al limpiarlo se evitar que la acumulación de material orgánico se vuelva un caldo de cultivo.

Las precauciones espaciales completan el mapa. Van Heden es claro cuando señala que los bebederos no deben convivir con comederos, porque la mezcla entre agua y excrementos abre la puerta a enfermedades.
Tampoco deberían instalarse bajo ramas bajas o arbustos densos: ahí es donde los gatos acechan con más éxito. Hay decisiones que parecen amistosas con la fauna y resultan, sin quererlo, un atajo para los predadores.
En zonas frías aparece otro desafío: que el agua no se congele. La solución que propone Van Heden es simple y efectiva: sumar “una bolita de corcho para mantener el agua líquida”.

¿Sí o no al bebedero?
La respuesta depende menos del entusiasmo inicial que de la constancia. Un bebedero bien diseñado, bien ubicado y bien cuidado puede ser un alivio real para las aves en épocas críticas. Uno descuidado, en cambio, se transforma rápido en un problema sanitario.
El jardín es un lugar donde cada intervención, por pequeña que parezca, modifica una trama ecológica. Un bebedero es una responsabilidad que aparenta ser diminuta pero es intensa. Y asumirla, o no, es lo que finalmente decide de qué lado cae este debate.
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