
Después de años de sequía, el fenómeno puede mejorar la humedad de los suelos y beneficiar a los cultivos, aunque también aumenta el riesgo de anegamientos y complicaciones productivas
El Niño y La Niña son las dos fases de un mismo fenómeno, conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), que se origina en el Pacífico ecuatorial. Cuando los vientos alisios se debilitan, el agua cálida que normalmente se acumula frente a Asia se desplaza hacia el centro y el este del océano. Ese cambio modifica la circulación de la atmósfera y puede alterar el clima a miles de kilómetros de distancia.

En Argentina, una de las consecuencias más conocidas de El Niño es el aumento de las lluvias en buena parte del centro y el noreste del país, especialmente durante la primavera y el verano. Después de los últimos años de sequía, la perspectiva puede parecer una buena noticia. Y en buena medida lo es. Pero también tiene un costado menos amable: cuando el suelo ya está saturado, una lluvia adicional no necesariamente significa más agua disponible para los cultivos. Puede terminar en los ríos, los bajos y las zonas urbanas.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo de nuestra región. Se conoce desde hace siglos y su nombre está asociado a los pescadores peruanos, que habían observado el calentamiento periódico del mar cerca de Navidad. Lo que ocurre en el Pacífico, sin embargo, puede sentirse muy lejos de allí. Un cambio en la temperatura de la superficie del océano modifica patrones de presión y circulación atmosférica que afectan las lluvias y temperaturas en distintas partes del mundo.

Para el sudeste de Sudamérica, la señal más habitual durante un episodio de El Niño es una mayor disponibilidad de humedad y un aumento de las precipitaciones. Argentina, Uruguay, Paraguay y el sur de Brasil suelen estar entre las zonas donde ese efecto se hace más evidente. Los pronósticos de los principales organismos meteorológicos apuntan a que el fenómeno podría mantenerse durante la primavera y el verano, aunque la intensidad y los efectos concretos siempre dependen de cómo evolucione el episodio.

Para quienes producen en el campo, después de varias campañas condicionadas por la falta de agua, el cambio puede ser un alivio. La recuperación de la humedad del suelo puede favorecer los cultivos de soja, maíz y trigo y mejorar la disponibilidad de pasturas para la ganadería.
Pero más lluvia no siempre es sinónimo de mejores condiciones. Las cuencas de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, así como las zonas bajas y las riberas, son particularmente vulnerables cuando las precipitaciones se acumulan. El problema puede no ser una tormenta excepcional, sino una sucesión de lluvias que deje poco tiempo para que el suelo drene el agua.
Eso puede complicar desde la siembra hasta la cosecha. Un lote demasiado húmedo no siempre permite entrar con maquinaria, y las ventanas para fumigar o levantar un cultivo pueden achicarse. Buenos Aires, el Litoral y el noreste son algunas de las regiones que deberán seguir con atención la evolución de las lluvias y los niveles de los ríos.
En una escala mucho más pequeña, algo parecido puede ocurrir en el jardín o en la huerta. La humedad persistente tampoco es necesariamente una buena noticia para las plantas. Cuando el sustrato permanece mojado durante demasiado tiempo, las raíces tienen menos oxígeno y aumenta el riesgo de pudrición, sobre todo en especies acostumbradas a suelos secos, como cactus, suculentas, lavanda o romero.
Las hojas mojadas durante varios días también favorecen la aparición de enfermedades causadas por hongos. Y después de las lluvias suelen aparecer otros visitantes menos deseados: caracoles y babosas, especialmente durante la noche, que pueden hacer bastante daño a los plantines.

La buena noticia es que buena parte de estos problemas se puede prevenir. En el campo, el INTA recomienda prestar atención desde ahora al estado de los suelos y a la capacidad de drenaje de los lotes. Revisar canales y desagües, identificar las zonas que suelen acumular agua y ajustar las decisiones de siembra según las condiciones de cada lote puede evitar problemas más adelante. Si el perfil del suelo ya está cerca de la saturación, una lluvia intensa tiene mucho menos margen para ser absorbida.

En casa, las medidas son bastante más sencillas. Conviene revisar que las macetas tengan agujeros de drenaje y no dejar agua acumulada en los platos. Si llueve con frecuencia, probablemente haya que regar menos o directamente dejar de hacerlo durante algunos días. También ayuda retirar hojas y restos vegetales acumulados, mejorar la circulación de aire entre las plantas y poner bajo techo, cuando sea posible, aquellas especies más sensibles al exceso de agua.

No hace falta convertir el jardín en un laboratorio. Muchas veces, observar es suficiente: si la tierra sigue húmeda varios días después de una lluvia, la planta probablemente no necesita más agua. Y si aparecen manchas o signos de hongos, conviene actuar temprano y retirar las partes afectadas antes de que el problema se extienda.
Hay, de todos modos, una cautela importante. Un pronóstico estacional es una probabilidad, no una predicción exacta de lo que ocurrirá con la lluvia de un día específico. El Niño puede aumentar las probabilidades de determinadas condiciones, pero no permite saber de antemano dónde caerá cada tormenta ni cuánto lloverá en un lugar específico. Por eso, los pronósticos de temporada deben complementarse con la información de corto plazo del Servicio Meteorológico Nacional y el INTA.
Después de años en los que el problema fue que no llovía, volver a hablar de exceso de agua puede parecer extraño. Pero el desafío es justamente ese: aprovechar la recuperación de las lluvias sin olvidar que demasiada agua, demasiado rápido o en el lugar equivocado, también puede convertirse en un problema.

