
Reformada, esta casa incorporó una pileta (como la mayoría actualmente) en el auténtico claustro que forman sus gruesas galerías.
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“De chiquita viví en Cartagena, porque mi padre era marino y estuvo unos años apostado aquí. La ciudad evolucionó hacia algo turístico, pero a mí me queda arraigado el recuerdo de ir a comprar dulces a la droguería, el cine a cielo abierto. Vivo el presente, pero sintiendo el pasado”, nos contaba María, la dueña de esta casa de envidiable ubicación, dentro de la muralla y a una cuadra del mar.

